El triunfo de Clío

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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Teoría de la Historia.

03/03/2004

Ejemplificando que es gerundio

galdos.jpgBueno, ya les he aburrido en demasía con la teoría (necesaria, pero tan apasionante como un programa doble con películas de Antonioni y de Bertolucci) así que pasemos a la práctica. Ya saben que el rigor metodológico no debe relajarse por el nombre del autor, porque compartamos las conclusiones de una obra... ni por ningún otro motivo.

Tomemos, por ejemplo, el comienzo de una obra recién aparecida, con un autor muy conocido en España, sin ninguna vinculación con el esoterismo... es decir, con todas los predicamentos para que nadie proteste por ella, para que nadie señale que es tan pseudohistoriográfica como un texto del Sr. Benítez (por citar a un autor que no es santo de mi devoción) ya que hace el mismo caso a los requerimientos del método historiográfico que el ufólogo navarro:

"En los márgenes de aquella obra teatral que Galdós estrenara en 1901, Electra de tempestad y ceniza, Electra de rayo y melancolía, resuenan aún los gritos no temperados, los vivas, los mueras, las creencias indomables extendidas sobre los corazones, la prensa incendiada de progreso y sotana, los parlamentarios disfrazados de frailes y demonios, los edificios, años después, atravesados de llamas, agonizantes... Aquella obra, Electra de cabellos de fuegos, Electra de primavera y de humo, tenía, como los libros canonizados por los jóvenes intelectuales de la época, un ala de moralidad y otro de caos." ("Los mitos de la historia de España" por Fernando García de Cortázar. Ed. Planeta. Barcelona, 2003. Pág. 15.)

Pos fale, pos mu potito; pero ¿dónde están las fuentes para hacer todas esas afirmaciones? ¿Dónde el análisis documental...? ¿Dónde, en suma, todo eso que convierte la historiografía en una disciplina metódica y no en una de las Bellas Letras? Misterio. Debe haber sido abducido todo ello en el Triángulo de las Bermudas o en el Cuadrado de las Bahamas.

Decía Moore en sus Principia Ethica que ante las afirmaciones contenidas en una obra de ética le impostaba un bledo quién lo dijera o lo que dijera, que lo que le interesaba es comprobar la argumentación que sustentara sus juicios. Esa máxima es perfectamente aplicable a las demás disciplinas, historiografía incluida. Pues no hay manera de que algo tan sencillo les entre en la cabeza a algunos historiadores. Como ellos conocen las fuentes para asegurar algo lo hacen, se comen la argumentación para sustentar sus afirmaciones y esperan que sus lectores acepten su palabra y den por bueno lo que tengan a bien escribir, que para eso son historiadores serios (no me río lo más mínimo con ellos) y conocidos (lo de reconocidos es harina de otro costal). El que con esas mañas, la historiografía retroceda a los tiempos de Herodoto les importa un bledo aunque después no pierdan ocasión de asegurar que la Historia es una ciencia.

Obviamente, así está la historiografía española como está, con textos que parecen las Cuentas del Gran Capitán en vez de una publicación rigurosa. Después, cuando los lectores son incapaces de saber si una obra es histórica o pseudohistórica que no se quejen porque son estos polvos lo que traen aquellos lodos.
03/03/2004 01:03 Enlace permanente. Tema: Teoría de la Historia

02/03/2004

¿Conoces mi método, Watson? (y III)

historiografia.jpgFinis coronat opus decían los antiguos romanos unos tipos que eran tan cultos que hasta hablaban en latín y realizaban aforismos que los políticos en campaña se empeñan en trabucar diciendo disparates tan gloriosos como "Un funeral de coitus interruptus" o "Mens sana in corpore insepulto"; pero dejemos a los animales políticos (que suelen hacer honor a la primera parte de la expresión y mucho menos a la segunda) y vayamos a lo nuestro, a poner punto y final (pueden manifestar su alegría de la forma que consideren más conveniente) a esta Introducción (y sin vaselina ni nada) al método historiográfico.

"El fin corona la obra" es la traducción literal del aforismo latino citado más arriba aunque sería quizás más correcto emplear en su lugar un refrán castellano "Bien está lo que bien acaba". No vean en ello ninguna referencia autoonfálica a esta serie de artículos que podrían optar al premio "Tostón plúmbeo" de la Blogocosa si alguien tuviera la buena idea de crear tal galardón y que, posiblemente, hayan conseguido reducir el consumo de válium de las personas que, cosas del Google y de su pastelera madre, hayan dado con ellos para su desgracia. No, cito ese latinajo (además de para presumir, claro) porque lo que hemos visto (o dormido) hasta el momento es una preparación para la escritura de un discurso historiográfico. Las fuentes y su crítica permiten la obtención de los mimbres con los que tejer el cesto (el proceso de escritura que determinará que éste esté bien construido o sea un cesto perero es el final que coronará -o desgraciará- el trabajo metodológico anterior).

Cualquier obra historiográfica tropieza con una serie de obstáculos, uno de ellos es si la representación corresponde a la realidad (pueden no existir fuentes fundamentales, haberse realizado un mal análisis documental...). Otro es que cualquier obra limita la Historia. Ésta no es una serie de acontecimientos puntuales inconexos (Revolución Francesa, colonialismo, Revolución de Octubre...) sino un continuo. No obstante (y por obvias razones) cualquier discurso historiográfico establece unos límites de espacio, de tiempo o de ambos simultáneamente que interrumpen ese continuo. Así es difícil que nos encontremos con una historia de ámbito mundial y extensión temporal universal. Lo frecuente es que topemos con discursos sobre la historia del País Vasco (límite espacial), sobre la Alta Edad Media (horrorosa traducción del alemán que ya se ha hecho tan clásica como la de Tabla Redonda) o la Prehistoria (límite temporal) o la Guerra Civil Española de 1936-1939 (límite espacial y temporal). No obstante, ese establecimiento de límites tiene su límite (valga la redundancia). Cualquier obra historiográfica debería exponer la situación histórica previa, el desarrollo de los acontecimientos que se quieren estudiar y la situación histórica posterior a ellos. Dicho de otra forma, en la situación histórica previa están contenidas las causas que motivarán esos acontecimientos que transforman esa situación previa en la situación histórica posterior que a su vez contiene las causas... Por eso hablamos del continuo histórico, porque unos acontecimientos tienen una causa y unas consecuencias que, a su vez, son causa de nuevos acontecimientos que tienen unas consecuencias que...

Sin embargo, y durante siglos, la Historia se consideraba como una exposición de hechos ordenados cronológicamente (véanse las Crónicas medievales, por ejemplo). Según esto, la historiografía sería una narración, parte de la literatura. Hoy, esta concepción es obsoleta e insuficiente porque la historiografía como narración ha quedado como patrimonio de la novela histórica que tiene la misma relación con la Historia que la música militar con la música. Hoy se considera que la historiografía no es un género narrativo sino asertivo. Su función no es enumerar una serie de acontecimientos sino explicarlos. No es decir "El 14 de julio de 1789 el pueblo de París tomó la Bastilla" sino explicar el proceso por el que se llegó a esa situación.

Este carácter explicativo obliga a que haya constancia expresa de un serie de elementos como identificación de las hipótesis, de las fuentes empleadas (indicando los datos que permitan comprobar desde su existencia a que el contenido es el que se indica en la obra historiográfica), cómo se ha procedido al análisis de las fuentes, hipótesis alternativas señalando las razones por las que esas otras hipótesis tienen menor validez que las suyas, es decir, el porqué las fuentes se aquilatan mejor a sus hipótesis que a las de otros historiadores que mantengan tesis contrarias... En resumen, el discurso historiográfico no es una narración, es una argumentación sujeta a las mismas obligaciones que las demás argumentaciones sobre cualquier otro tema.

Esto tiene un problema obvio. El común de la gente encontraría que esto convierte a la historiografía en un peñazo de consideración, pero, esa dificultad (que nunca debe caer en la ininteligibilidad del discurso) supone, también, una mayor tranquilidad para el lector ya que deja de funcionar el argumento de autoridad ("Si esto lo dice el profesor Peranganito es que debe de ser cierto.") ya que al haber indicado las fuentes y el proceso de análisis sus aseveraciones son falsables. Cualquier persona puede comprobar las fuentes y seguir la argumentación basada en ellas para ver si detecta errores en ese proceso.

Ya que esta serie de artículos comenzó como una reflexión sobre la obra "La investigación histórica: Teoría y método." por D. Julio Aróstegui (Editorial Crítica. Barcelona, 2001), lo lógico es que sea el profesor Aróstegui el que ponga el punto y final a la pregunta ¿cómo debe escribirse un discurso historiográfico?

"- El discurso historiográfico es el análisis de un proceso bien delimitado, con unos límites de sentido y espacios de inteligibilidad claros. Es un discurso, por tanto, analítico.

- Ese discurso analítico contiene indudablemente en sí mismo descripciones, narraciones. Se compone, en cuanto resultado de un método para explicar la realidad, tanto de descripciones de situaciones en su proceso temporal -relatos- como de hipótesis sobre su curso y de argumentaciones explicativas." (Op. cit. Pág. 322)

Es así de sencillo (o así de complicado). Volvamos al ejemplo que les puse en el comienzo de este artículo, los dos libros sobre los moais de la isla de Pascua. Sin desdeñar ninguna hipótesis a priori, ahora que conocen las herramientas del método historiográfico relean algunos de los libros sobre extraterrestres escultores y comprueben si en ellos se hace una identificación de las fuentes, un análisis documental, una contraposición entre su hipótesis y las hipótesis alternativas (como la de escultores perfectamente terrestres) indicando el porqué su hipótesis es más digna de crédito... y si lo encuentran no dejen de decírmelo porque será, para mí, una sorpresa del copón de la baraja.
02/03/2004 00:04 Enlace permanente. Tema: Teoría de la Historia

29/02/2004

¿Conoces mi método, Watson? (II)

critico.gifBueno, supongamos que ya tenemos un montón de fuentes históricas localizadas y ordenadas. ¿Qué hacemos ahora? Proceder a la crítica fontal (no me he comido una "r", es fontal de fuente no frontal de frente), al análisis documental que debe tener una doble orientación, análisis de fiabilidad y análisis de adecuación.

Como casi siempre, esto queda muy bonito sobre el papel (o sobre la pantalla con sus electrones cien por cien reciclables), pero hay algún problema que no debe ser olvidado. El primero es que los hechos históricos son inferidos desde los restos (materiales, culturales...) que haya dejado, es decir, que inferimos los hechos desde las fuentes pero las fuentes pueden presentar una versión distorsionada (voluntaria o involuntariamente) del hecho (por eso la necesidad de la crítica fontal). Un segundo problema que ya habrán podido advertir por el anterior artículo es la pluralidad de las fuentes (documentos de todo tipo, restos materiales, tradiciones orales, creaciones artísticas...) muchos de los cuales presentan problemas específicos, emplean convenciones propias que no debemos perder nunca de vista. Añadamos que, como fruto de ambos problemas, es muy frecuente que nos encontremos con fuentes que apuntan en direcciones contrarias para comenzar a comprender las dificultades que plantea el análisis fontal.

Dificultad que, no obstante, no es insalvable puesto que es superable con conocimiento y sentido común. Comencemos con el análisis de fiabilidad o lo que es lo mismo ¿hasta qué punto es fiable una fuente histórica? Esta pregunta plantea un doble problema ¿la fuente es auténtica? Si lo es ¿es creíble? En la contestación a la primera pregunta la Ciencia ha echado una mano importantísima a la historiografía. No sólo por las técnicas de datación como el Carbono 14 o la Termoluminiscencia sino también por los análisis químicos de tintas, pigmentos... que han permitido que algunas fuentes históricas hayan pasado a la categoría de falsificaciones. No obstante, permítanme una advertencia. Durante mucho tiempo se ha considerado que el objetivo de la crítica fontal era extraer de las diversas fuentes sólo aquéllas que reunieran criterios de autenticidad, veracidad y objetividad. Hoy no subscribiría esa opinión. Entiéndanme, no es que el investigador histórico se pueda permitir el lujo de comulgar con piedras de molino (notoriamente indigestas), de confundir a Dios con un zapato (según un dicho popular que me encanta), de equiparar falsificaciones y tergiversaciones con fuentes auténticas, veraces y objetivas; sino que de las tergiversaciones y falsificaciones también pueden extraerse conclusiones válidas en forma de respuesta a las preguntas ¿por qué alguien se molestó en falsificar y/o tergiversar una fuente? ¿Por qué la falsificó y/o tergiversó en ese sentido determinado y en no en otro de los posibles?

La respuesta a la segunda pregunta ¿hasta qué punto es creíble una fuente? debe contestarse desde la coherencia interna y externa. Coherencia interna porque en una fuente auténtica puede haber interpolaciones posteriores (un ejemplo de ello lo vimos, si lo recuerdan, cuando revisamos las fuentes para la leyenda de la papisa Juana; otro, fue el desopilante error de Íker Jiménez con su "investigación" sobre el llamado hombre-pez de Liérganes). Coherencia externa porque, con frecuencia, las fuentes no son coincidentes y ello supone que hay que establecer una jerarquización, pero ¿cómo determinar qué fuentes son las que ocuparán los puestos más altos en la jerarquía? Pues muchas veces es una mera cuestión de sentido común. Pongamos un ejemplo ficticio. Supongamos que encontramos una estela del rey neobabilonio Nabucodonorsocito IX "Zampabollos" con la narración de su gran victoria sobre el ejército asirio de Salsipuedes IV "Bestiajo" lo que plantea el problema de que ya era conocida otra estela asiria coetánea en la que Salsipuedes IV conmemoraba su victoria sobre los ejércitos neobabilonios. Supongamos, también, que en la misma época en que se erigen ambas estelas, se documenta una destrucción rápida y violenta de diversas ciudades neobabilonias y un florecimiento de las asirias, que en ellas se encuentran diversos objetos preciosos de factura neobabilónica... Si fueran Vds. historiadores ¿a qué fuente considerarían fiable y a cuál no? La respuesta está bastante clara. Puesto que la estela asiria es coherente con los demás hechos conocidos mientras la neobabilónica no lo es, es aquélla la que es fiable y ésta la que es mendaz. No obstante, en otros casos la jerarquización de fuentes no es tan clara por escasez de fuentes, por falta de investigaciones que conformen un marco de referencia para evaluar la coherencia de una fuente en concreto...

En resumen, el análisis de fiabilidad de las fuentes debería contemplar procesos como:

"Autenticidad:
Técnicas de datación (estratificación, radiactividad, comprobación de dataciones explícitas).
Técnicas lingüísticas (lexicografía, análisis del de la lengua), erudición literaria y crítica histórica.
Análisis de la historia de la fuente.

Depuración de la información:
Coherencia interna de la fuente (rastreo de interpolaciones).
Comprobación externa de la información.
Investigación por encuesta o cuestionarios comparativos.

Contextualización:
Técnicas de clasificación documental.
Análisis de o de documentos.
Comparación de fuentes diversas." (Cita del Sr. Aróstegui, Op. cit. Págs. 394-395).

El análisis de adecuación supone la respuesta a otra pregunta bien distinta ¿qué puedo inferir y qué no de las fuentes históricas tanto de forma directa como indirecta? Cualquier búsqueda de fuentes viene precedida por un deseo del investigador histórico de estudiar unos procesos sobre los que formula una hipótesis previa. El investigador debe establecer un mínimo de fuentes (mínimo tanto en términos cualitativos como cuantitativos) que le permitan seguir manteniendo la hipótesis de partida y que, en caso de no alcanzar, debe ser desechada. Estas fuentes deben poder ser contrastadas y comparadas con otras fuentes. Es decir, las fuentes son adecuadas "cuando pasado ese umbral mínimo a que aludimos de relación entre lo que se pretende preguntar y a qué o a quién se le pregunta , hay de ellas suficiente calidad y variedad -formal y de contenidos- y cuando han superado una suficiente evaluación de su fiabilidad" (Cita del Sr. Aróstegui, Op. cit. Pág. 396).

Ya tenemos un criterio para saber si una obra determinada puede ser calificada como historiográfica, como historiografía patológica o como pseudohistoria: ¿El autor ha efectuado una correcta crítica fontal tanto por análisis de fiabilidad como por análisis de adecuación (en cuyo caso sería una obra historiográfica), no incluye más que la fuentes que confirman su hipótesis excluyendo injustificadamente las que la niegan (en cuyo caso sería una muestra de historiografía patológica) o, sencillamente, se pasa las crítica fontal por el "arco del triunfo" (en cuyo caso estaríamos ante una obra pseudohistórica)?

No obstante, no debemos detenernos aquí porque la necesaria crítica fontal no es la escritura de una obra historiográfica sino su paso previo. Dado que ya les he aburrido bastante por hoy, la pregunta ¿cómo se debe escribir una obra historiográfica? será contestada en el siguiente artículo de la serie.
29/02/2004 03:25 Enlace permanente. Tema: Teoría de la Historia

27/02/2004

¿Conoces mi método, Watson? (I)

historiador.jpg¿Por qué es fundamental el conocimiento del método historiográfico? Tomemos dos libros sobre Historia. En uno de ellos se pretende (por poner un ejemplo) que los moais de la isla de Pascua fueron construidos por extraterrestres del planeta Raticulín de Abajo. En otro, que son fruto de la civilización humana que floreció en esa isla entre los siglos XI-XIV. Evidentemente y a priori pueden estar ambos equivocados (por ejemplo, si los moais los hubieran erigidos, en realidad, atlantes del XI milenio A. de C.), tener razón uno u otro; pero no pueden tener razón ambos de forma simultánea. Así pues, imaginemos un lector completamente libre de prejuicios que se pregunta ¿cómo puedo saber cuál de estas dos hipótesis es más digna de crédito?

Por supuesto, lo que no deberíamos hacer es pensar "¿Extraterrestres escultores? Este autor debe haberse escapado del pabellón psiquiátrico Hannibal Lecter o fumarse toda la María de West Side Story." ni "¿Extraterrestres escultores? Sí, esta es una teoría que me gusta, heterodoxa, rompedora..." (y digo que no deberíamos porque soy demasiado viejo como para ignorar que eso es, precisamente, lo que suele hacerse incluso en los "respetables" ambientes académicos). La prueba del nueve consiste en ver cuál de esos autores ha escrito su obra de acuerdo con el método historiográfico. Para ello, claro, hay qué saber qué es eso.

Prescindamos del primer paso del investigador histórico que es, por supuesto, determinar qué tema va a tratar, qué teoría tiene en principio, qué considera necesario para probar su teoría (o para olvidarla)... ya que lo que nos interesa es la capacidad como lectores para juzgar si uno de esos dos libros es un discurso histórico o si ninguno cumple con esa calificación.

Una vez que el autor ha considerado esos puntos preliminares, debe ponerse manos a la obra. Su paso inicial es la búsqueda de fuentes (y olvídense de contratar a un zahorí porque no van por ahí los tiros). En metodología histórica una fuente es: "Todo aquel objeto material, instrumento o herramienta, símbolo o discurso intelectual, que procede de la creatividad humana, a cuyo través puede inferirse algo acerca de una determinada situación social en el tiempo." (La definición es de D. Julio Aróstegui en la obra citada en el anterior artículo, Pág. 380).

Como vemos, dentro de esa definición entra casi cualquier cosa (y eso aconseja que la formación de un historiador debiera ser plural tanto en contenidos de lo que popularmente llamanos "letras" como de "ciencias". Al menos se lo aconseja a cualquier persona que tenga un poco más de inteligencia que los ministros de Educación españoles). Para poner algo de orden, se proponen diversos criterios para su ordenación, para su taxonomía, entre los que hay cuatro criterios básicos, posicional, intencional, cualitativo, formal-cuantitativo.

El criterio posicional divide las fuentes históricas en directas e indirectas. Todo ello parece bastante complicado, pero en realidad es bastante sencillo. Supongamos que estamos ante un texto que describe la ejecución en la guillotina de Luis XVI. Será una fuente directa si procede de un testigo presencial del hecho e indirecta si no es ése el caso.

El criterio intencional divide las fuentes históricas en testimoniales y no testimoniales. Las primeras serán aquéllas que nacen de la voluntad de pervivencia, de ser un testimonio para el presente y el futuro. Las segundas son las que nacen fruto de un acto inintencionado (por supuesto, entiéndase que inintencionado para que constituyan un testimonio). Nuevamente, parece esto más complejo de lo que es. Pensemos en el político X que escribe un artículo titulado "El chapapote del Prestige embellece las costas de Finisterre" en el que defiende su propia actuación en el caso. Estamos ante una fuente histórica testimonial (por cierto, y si no lo sabían, el que algo sea considerado "fuente histórica" no implica que sea cierto, pero esto lo veremos en el siguiente artículo. De momento, valga el apunte). Pensemos, por contra, en un escribano de la Edad Media que señala que el 16 de agosto de 1357 el precio del pan en Medina del Campo era de medio madaverí la hogaza grande. Estamos ante una fuente no testimonial aunque parezca lo contrario (recuérdese que hablamos de intencional e inintencional en el sentido de que constituya o no un testimonio de cara al presente y al futuro). Dentro de cada una de estas categorías de fuentes testimoniales y no testimoniales se distinguen dos subcategorías, materiales y culturales. Por ejemplo, son fuentes testimoniales materiales las estelas conmemorativas y funerarias, las esculturas erigidas en recuerdo de un hecho... son fuentes testimoniales culturales las crónicas, las memorias, las epopeyas, las tradiciones orales... son fuentes no testimoniales materiales los útiles, el menaje, las monedas no conmemorativas, la arquitectura no suntuaria... son fuentes no testimoniales culturales los documentos administrativos, económicos y jurídicos.

El criterio cualitativo divide las fuentes históricas en materiales y culturales. Por ejemplo, una raedera paleolítica es una fuente material, un documento jurídico es una fuente cultural. Simplificando, si en la fuente lo importante es el objeto estaremos ante una fuente material. Si lo significativo es lo que dice, estaremos ante una fuente cultural (y es una simplificación porque hay fuentes que participan de ambas consideraciones). Dentro de las fuentes culturales se distinguen fuentes culturales narrativas (por ejemplo, una biografía) y no narrativas (por ejemplo, un documento económico).

El criterio formal-cuantitativo divide las fuentes históricas en seriables y no seriables. Por fuente históricas seriable se entiende aquellas que: "está compuesta de muchas unidades o elementos homogéneos, susceptibles de ser ordenados, numéricamente o no." (Nuevamente, la definición es del Sr. Aróstegui. Op. cit. Pág. 389). Ojo, por criterio cuantitativo no se entiende tanto el que haya varias fuentes como el que los datos dentro de la fuente sobre un mismo hecho sean coherentes entre sí.

Bueno, ya tenemos localizadas y organizadas las fuentes históricas (lo que se conoce como heurística) ¿Qué hacemos ahora con ella? La respuesta, después de la publicidad, digo, en el próximo artículo.
27/02/2004 03:44 Enlace permanente. Tema: Teoría de la Historia

24/02/2004

Todo lo que Vd. siempre quiso saber sobre el método histórico...

arostegui.jpg... y nunca se atrevió a preguntar podría ser el título de esta magnífica obra de Julio Aróstegui. El autor, no obstante, ha optado por algo más académico y sin tantas resonancias allenianas: La investigación histórica: Teoría y método. (Ed. Crítica. Barcelona, 2001. 455 Pág.).

En estos tiempos de Historia en potitos (es decir, en la que toda obra histórica parece que debe ser escrita para tontos por aquello de facilitar su digestión mental -si lo dudan. observen lo que están publicando La esfera de los libros, Planeta...-) ya era hora de que alguien rompiera esa baraja de simplificaciones excesivas. "La investigación histórica..." no es una obra de fácil lectura ni tampoco es aconsejable para quién no tenga ni idea de la metodología de la Historia. Por el contrario, es una obra ardua, que obliga a ir pensando en cada momento qué es lo que ha querido expresar el autor (si desean un texto de carácter más divulgativo pueden empezar con Introducción a la Historia Antigua por J. M. Roldán Hervás. Ed. Istmo. Madrid, 1975. 296 Págs.)

El Sr. Aróstegui divide su obra en tres secciones, Teoría, Historia e historiografía (La naturaleza de la disciplina historiográfica); La teoría de la historiografía (La construcción del conocimiento historiográfico); y Los instrumentos del análisis histórico (El método de la Historiografía) de complejidad creciente. Partiendo de una cita demoledora de Henri Berr: "La crisis de la Historia... el estado inorgánico de los estudios hitóricos... proviene de que un excesivo número de historiadores jamás reflexionaron sobre la naturaleza de su ciencia." algo que es tan cierto hoy como en la fecha en la que lo escribió el autor francés (en la década de 1950), D. Julio pretende paliar esa ignorancia extendida incluso entre sus propios profesionales sobre el método histórico (si me permiten un apunte personal, un servidor no llegó a tener conocimiento en sus años de estudiante ya no de la metodología histórica sino, ni siquiera, de que tal cosa existiera) partiendo desde el principio, la compleja definición de Historia. Compleja porque un mismo término tiene dos significados distintos, la Historia es tanto la realidad en la que el ser humano vive (o ha vivido); pero también la disciplina que intenta el conocimiento y explicación de esa realidad.

Esta ambivalencia del término puede parecer trivial pero crea problemas epistemológicos porque un mismo término no debe hacer referencia al objeto estudiado y a su estudio. Por ello, se emplea para lo primero el término Historia y para el segundo el término historiografía.

Aclarados los términos generales, el autor reflexiona sobre el lenguaje historiográfico. Si cualquier disciplina emplea (en mayor o menor medida) un lenguaje específico, la historiografía no lo hace. El uso, además, de metáforas como "ocaso" o "florecimiento" crea una confusión entre la literatura y la historiografía a la que no es ajeno el origen de ésta como una forma literaria más. No obstante, cuando ese origen común evolucionó en dos formas muy distintas, el nacimiento de un lenguaje historiográfico específico hubiera debido ser una necesidad que, no obstante, jamás se ha cumplido. Sólo ahora (y más por una influencia de las demás "ciencias sociales" que por creación propia) aparecen términos como "microhistoria".

Si esto sucede con el lenguaje, no es de extrañar que la propia metodología (para algunos historiadores) siga anclada en el pasado de la historiografía concebida como una narración cronológica en medio de un desinterés epistemológico que ha sido denunciado, entre otros por Carlo Cipolla: "los historiadores se han preocupado muy pocas veces de explicar, no sólo frente a los demás, sino también para sí mismos, la teoría a partir de la cual recomponían los datos básicos recogidos." Como señala correctamente el Sr. Aróstegui esa despreocupación metodológica tiene una explicación en la manipulación de la historiografía. Si ésta es el discurso creado para complacer a una élite, para pretender demostrar la superioridad de una ideología social, religiosa, política o de cualquier otro tipo, si la historiografía era interesada no tenía ningún sentido buscar una justificación teórica desinteresada. No obstante, y frente a esta consideración tradicional de que la Historia la escriben los vencedores, ya desde finales del S XIX se defendió que al igual que la Ciencia es el empleo del método científico, la historiografía es el empleo del método histórico.

Como vemos, muchas propuestas para la reflexión, muchas llamadas a la autocrítica y estamos sólo en la etapa inicial de plantear los problemas (todo esto está contenido en el primer capítulo de la primera sección). La respuesta a estos problemas, las posibles soluciones que se han dado históricamente, las distintas corrientes, tendencias... son, a continuación, analizadas en profundidad. La diferencia entre ciencias naturales y ciencias sociales, las dificultades derivadas de la aplicación del método histórico, los problemas de fuentes, la cronología, la globalidad, la influencia de las diversas corrientes filosóficas desde el marxismo a la postmodernidad en la Historiografía... llenan la primera sección para dar un marco histórico a la sección segunda ¿cómo se construye un discurso historiográfico? y a la tercera ¿qué es el método historiográfico?.

Un libro difícil, complejo, pero muy necesario que, por desgracia, ni va a ser conocido por muchos estudiantes ni, pero aún, por demasiados historiadores. Así nos va la fiesta como nos va, con libros de Historia que parecen novelas de caballerías y documentales históricos que parecen "peplum" de serie B.
24/02/2004 20:05 Enlace permanente. Tema: Teoría de la Historia

15/02/2004

Cosas que hacer en Dallas cuando estás muerto

kennedy.jpg¿Recordamos lo que realmente sucedió o recreamos lo que hubiéramos querido que pasara? La respuesta a esta sencilla pregunta marca, en gran medida, la diferencia entre una Historiografía metódica y la Historia Patológica y la Pseudohistoria (que no se crean que se da sólo en pirámides construidas por extraterrestres, atlantes viajeros y la humanidad conviviendo con los dinosaurios).

Siempre he considerado que el lema de la Historia debería ser: "La verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero", incluso si esa verdad levanta ronchas, si duele o si jode profundamente. Pongamos un ejemplo. Supongamos que preguntamos a los españoles de cuarenta y tantos o más años cuál era su actitud con el régimen del general Franco. Nos encontraríamos con que una gran mayoría aseguraría que estuvieron en la oposición política al dictador. Podemos creernos tales afirmaciones o contraponerlas al hecho de que el general murió en la cama de un hospital, junto a la reliquia del brazo amojamado de Santa Teresa, en plena posesión del poder político y sin que la oposición le inquietara en demasía. Falleció creyendo que había dejado todo "Atado y bien atado" para que su régimen dictatorial se prolongase. La verdad es que la oposición interna fue casi siempre inexistente y siempre ineficaz sin que eso suponga minusvalorar el ejemplo que dieron (con grave riesgo personal) las personas que realmente se opusieron a la dictadura franquista.

No es el único caso que podríamos citar y no se limita sólo a España. Por ejemplo, muchos franceses que vivieron la II Guerra Mundial se sentirían muy molestos si les preguntásemos por cosas como el gobierno colaboracionista de Vichy, la división Carlomagno de las SS -formada por voluntarios franceses-, sus compatriotas que agitaban banderitas en las aceras mientras Hitler paseaba por las calles de un París conquistado...

Todo ello debe ser tenido en cuenta ante, por ejemplo, las Memorias de un político que, con mucha frecuencia, son una autojustificación, un intento de afirmar lo bueno que era uno y lo malos que eran los otros (y "los otros" pueden ser los correlegionarios, los adversarios políticos o, más frecuentemente, ambos). Cuando, además, lo que se puntualiza o ataca es una invención grata a la mayoría de la gente, el historiador no se convierte, precisamente, en santo de la devoción ajena.

No hay mejor manera de que le cuelguen a uno el letrerito de "facha" o de ser descalificado por sectores de la autocalificada "progresía" que recordar que si Franco pudo mantenerse en el poder no fue sólo por su mando del ejército, la policía... sino también por la no-oposición o la colaboración de muchos civiles. Hoy, cuando esa etapa negra de la historia de España está, felizmente, superada, hay la tentación de reescribir el pasado. La mayoría de los españoles estuvieron en la oposición al franquismo de igual forma que la mayoría de los franceses eran, en secreto, seguidores del general de Gaulle o que la mayoría de los alemanes no tuvieron nada que ver con el nazismo. Mitos, por supuesto, pero mitos tan extendidos que han llegado a ser convenientemente aceptados por una gran cantidad de gente.

Tal vez haya quién se crea que un antiguo ministro franquista, hoy presidente electo de unas de las comunidades autónomas españolas, era un "demócrata de toda la vida", que una soprano de fama mundial apoyó la huelga de Barcelona (una de las pocas muestras de oposición real al general Franco) o que el conocido humorista gráfico de un periódico de izquierdas siempre se opuso al franquismo pese a haber ilustrado publicaciones del Ministerio de Información y Turismo en las que, entre otras cosas, se encarecía a los visitantes extranjeros a que no hablaran de la situación política española a los españoles; pero los demás haríamos muy bien en poner esas afirmaciones en solfa por la sencilla razón de que contradicen lo realmente sucedido. No se trata, por supuesto, de negar a esas personas (y a muchísimas otras) el derecho a la evolución política sino a no dejar que reinventen la Historia.

Cuando esa recreación, además de ser aceptada por mucha gente, está extendida por los modernos medios de comunicación, el resultado puede ser demoledor hasta el punto de que cuestionar la veracidad de ese mito parece que fuera la afirmación extraordinaria en vez de ser al revés. Pongamos un ejemplo, la leyenda que comenzó en Dallas el 22 de noviembre de 1963, fecha del asesinato del presidente John F. Kennedy.

Según Oliver Stone en su mentirosa (y magnífica) película JFK la cuestión era muy sencilla. El presidente Kennedy era una "paloma" que iba a retirar a las tropas estadounidenses de Vietnam por lo que fue asesinado por un contubernio de anticastristas, servicios secretos, mafiosos... bajo instigación de los miembros del lobby de fabricantes de armamento que veían como esa decisión iba en contra de sus intereses económicos. Por supuesto, el vicepresidente Lyndon B. Johnson era completamente diferente porque, en caso contrario, el asesinato hubiera sido una pérdida de tiempo.

La realidad era completamente distinta. Vayamos por partes, si el lobby industrial y militar de los EEUU hubiera tomado una actitud con el presidente Kennedy, ésta no hubiera sido la de asesinarle sino la de levantarle un monumento ecuestre en alguna plaza de la capital. Las cifras, al contrario de las personas, tienen una buena costumbre, no reinventan el pasado. El demócrata Kennedy venció al anterior presidente, el republicano Ike Eisenhower, acusándole no de militarista sino de haber mostrado tal debilidad ante la URSS que los EEUU estaban en un inmenso peligro por ser inferiores en submarinos lanzamisiles, en cohetes estratégicos... Por supuesto, cuando Kennedy llegó al poder multiplicó las partidas de fondos dedicadas a Defensa... pese a que no existía tal supuesta inferioridad. Kennedy no dejó nunca de jactarse en sus discursos públicos de la cantidad de misiles estratégicos, de submarinos nucleares, de bombarderos de largo radio de acción´... que se habían construido bajo su mandato. Reconozcámoslo, como "paloma" el presidente Kennedy "sale rana".

¿John F. Kennedy iba a retirar a las tropas estadounidenses de Vietnam del Sur lo que hubiera evitado el desastre que terminó suponiendo? Pues queda muy bonito sobre el papel, pero la verdad tampoco es ésa. Por de pronto, la mayoría de los "asesores" militares estadounidense que estaban entonces en Vietnam del Sur habían sido desplegados por orden del propio Kennedy (el cómo enviar más tropas es la manera de retirar tropas escapa de mi comprensión). Los defensores de tal afirmación se basan en un memorándum de Defensa y en las declaraciones de algunos miembros del gobierno como el Secretario (ministro) de Defensa McNamara. No obstante, tal memorándum sólo contempla la retirada de 1.000 hombres porque supuestamente el ejército sudvietnamita podía hacerse cargo de las tareas que desempeñaban. Otros miembros del Gobierno como Robert Kennedy, hermano del propio John F. más tarde también asesinado, negó en abril de 1964 que su hermano pensara en una retirada de Vietnam ya que tal hecho hubiera supuesto la caída de Vietnam del Sur bajo el gobierno comunista de Vietnam del Norte y, por efecto dominó, de todo el Sudeste asiático.

McNamara continuó siendo Secretario de Defensa con Lyndon B. Johnson y, como tal, apoyó el aumento de la escalada militar en Vietnam (no sólo la apoyó, sino que fue uno de sus principales responsables) hasta 1968 fecha en la que dimitió cuando la guerra se había convertido ya en un desastre que los EEUU no podían ganar. Si hubiera tenido la certeza de que Kennedy sabía en 1963 que los EEUU no debían involucrarse más en Vietnam y debían, por tanto, retirarse ¿por qué hizo él lo contrario? Nuevamente, la autojustificación a posteriori aparece.

Más sobre los mitos del nuevo Camelot. ¿Kennedy se oponía a las intervenciones militares en el extranjero? Pues el que defienda esto va a tener algunos problemas para explicar qué demonios pasó en la Bahía de Cochinos. Recordemos, grupos anticastristas con entrenamiento y financiación de los EEUU invadieron Cuba. Supuestamente, iban a contar con el apoyo aéreo de la USAF pero Kennedy se negó a ello en el último minuto. Posiblemente la invasión hubiera sido un desastre de todos modos, pero así se convirtió en un suicidio, en una matanza que los anticastristas no perdonaron nunca a Kennedy. No obstante, la CIA con conocimiento de Kennedy se dedicó a planear el asesinato de Fidel Castro (con nulo éxito, evidentemente). Pretender que la presidencia de Kennedy fue un periodo de limpieza democrática entre presidentes que emplearon la guerra sucia es para descojonarse de risa.

Kennedy, por los norteamericanos siempre será recordado como el gran defensor de los derechos civiles (y esto sí es completamente cierto) mientras su sucesor, el tejano Lyndon B. Johnson siempre será el presidente de la Guerra de Vietnam. Sobre la Guerra de Vietnam (que oficialmente no fue tal porque nunca existió una declaración de guerra) ya hemos hablado. Sobre los derechos civiles, los problemas que tuvo Kennedy con el Congreso le impidieron hacer todo lo que hubiera deseado (tuvo que recurrir a los decretos presidenciales para paliarlo) y fue Johnson el que consiguió en 1964 que se promulgara como ley, con el inmenso respaldo moral de que ésa era la voluntad del presidente asesinado. En realidad, Johnson, tanto para lo bueno como para lo malo, siempre aseguró que él era el continuador de la política de Kennedy. No parece, por tanto, muy justo que para el recuerdo de los estadounidenses uno sea el bueno y otro el malvado de una opereta bufa.

En fin, documentos sobre Kennedy y la participación estadounidense en Vietnam los tienen aquí y aquí.
15/02/2004 20:49 Enlace permanente. Tema: Teoría de la Historia

27/12/2003

¿Es objetiva la Historia?

historia.jpgRecojo la propuesta de debate que formulan en DialBit para dar respuestas varias desde diversos blogs a la pregunta que pueden encontrar como título de este post y que es tan fácil de plantear como difícil de contestar.

¿Es objetiva la Historia? Antes que nada hay que diferenciar que cuando estamos hablando de Historia podemos entender dos cosas diferentes, una, lo que sucedió en el pasado y dos, la construcción que se hace para relatar esos hechos exponiendo tanto su desarrollo como sus causas y consecuencias. La Historia en su primera acepción es una, única. Pudo suceder de otras formas, pero aconteció así. En su segunda acepción, es plural. Basta, por ejemplo, con leer los libros dedicados a la descripción de la Guerra Civil española de 1936-1939 de Thomas y de Moa para ver hasta qué punto pueden ser divergentes los discursos históricos.

La respuesta, por tanto, parece ser que en la primera acepción de Historia estaríamos hablando de objetividad y en la segunda de subjetividad. Sin embargo, no es así. Parece que tendemos a confundir unidad con objetividad y pluralidad con subjetividad, pero eso es un error. Este blog es único (afortunadamente para los sufridos lectores) y, sin embargo, es subjetivo. Refleja mis escritos, sobre los temas que me interesan, tratados de la forma que considero conveniente... De igual forma, hubo una Revolución Francesa de 1789, los reyes Luis XVI y María Antonia fueron guillotinados... y las causas y las consecuencias de ello fueron humanas, subjetivas. Cuando hablamos de los hechos históricos sucedidos en el pasado, estamos hablando de motivaciones, actuaciones... de hombres con sus virtudes, sus defectos, su cultura, su forma de ver el mundo, en suma, con toda su subjetividad.

La segunda acepción de Historia, la construcción del discurso histórico, puede y debe ser objetiva. Por supuesto, es una construcción que va a hacer un hombre o un grupo de hombres con lo que siempre hay un porcentaje de subjetividad. Por ejemplo, las razones por las que X decide especializarse en un periodo histórico (o no especializarse en ninguno) son suyas. El que dentro de ese periodo elija tratar un hecho en concreto o dar una visión de conjunto es, así mismo, una cuestión personal. Sin embargo, cuando comienza la construcción del discurso la subjetividad debe quedar al margen. Al igual que la Ciencia, la Historia tiene su método y éste está pensado para reducir la subjetividad al mínimo. Los pasos que sigue el método histórico son: recopilación de todas las fuentes posibles, crítica de fuentes, ensamblaje dentro de la Historia.

Recopilación de fuentes porque las visiones de los hechos divergen según el espectador. No es lo mismo la visión que da un revolucionario francés de 1789 con la que da un aristócrata del mismo periodo. No coinciden las interpretaciones de un político republicano de 1936 con las de un militar de los nacionales. Todas ellas son visiones sesgadas y la misión de un historiador es superar la subjetividad de los espectadores y, para ello, debe conocer una y otra visión. Incluso dentro de cada bando, no es igual la visión de un republicano anarquista, de un comunista, de un socialista o de un miembro de la izquierda republicana.

Crítica para determinar cuál de esas fuentes diversas son fiables y en qué medida lo son. Éstas pueden coincidir en determinados aspectos, pero en otros no lo harán. Éste es el proceso más complejo y el que determina si el discurso histórico es digno de tal nombre o se queda en mera historia patológica (es decir, la que justifica aquello que el autor quería demostrar desde un principio) o incluso en pseudohistoria. Los criterios de selección de fuentes no son las de esto está de acuerdo con lo que yo creo o esto me gusta, sino criterios objetivos como la adecuación a los hechos reales.

Ensamblaje porque la Historia no es una sucesión de hechos inconexos sino un continuum en los que unos hechos provocan unas consecuencias que, a su vez, son causa de otros hechos que generan unas nuevas consecuencias que son causas de nuevos hechos... Por ejemplo, la I Guerra Mundial tiene una de sus causas en la antigua rivalidad franco-prusiana tanto por motivos económicos como políticos (reclamación de territorios que ambos sentían como propios como Alsacia y Lorena) e incluso históricos como fue el enfrentamiento durante las campañas napoleónicas. El tratado de Versalles que supuso el final de la I Guerra Mundial impuso condiciones tan duras a los alemanes que la humillación que les ocasionó es una de las causas que explica el auge del nazismo que provocaría la II Guerra Mundial. La nueva división de Europa después de este conflicto abonaría la llamada Guerra Fría entre la URSS y sus aliados y los EEUU y los suyos que supondría una sucesión de enfrentamientos (procesos descolonizadores, guerras de Corea y Vietnam...) cuyas consecuencias han llegado hasta nuestros días.

¿Por qué, entonces, podemos encontrar libros tan diversos como el de Thomas y el de Moa? Cuando tal cosa sucede, alguno (o ambos) de los historiadores no ha hecho bien sus deberes (entiéndase, ha cometido errores al aplicar los pasos del método histórico). No ha realizado una buena recopilación de fuentes o la selección que ha hecho de ellas no ha sido objetiva. Todos somos humanos y todos tenemos la tentación de arrimar el ascua a nuestra sardina, de convertir un conflicto en un enfrentamiento entre el bien (que será la postura que esté conforme a la nuestra) y el mal (los otros); pero los humanos somos capaces de una complejidad mucho mayor y con frecuencia esa simplificación maniqueísta oculta una vulgar manipulación de lo realmente sucedido (y por si les interesa, en este caso concreto el Sr. Moa es parcial y el Sr. Thomas también lo es. La gran obra historiográfica sobre la Guerra Civil aún está por escribir); pero la ventaja del método histórico (como del científico) es que permite detectar y corregir esos errores.

La escritura de la Historia es el intento, el difícil y complejo intento, de explicar objetivamente lo que nace de la subjetividad humana. De esa dificultad y complejidad nace inevitablemente el error, pero podemos aprender a reconocer y superar esas equivocaciones.
27/12/2003 13:32 Enlace permanente. Tema: Teoría de la Historia

08/09/2003

La falsificación de la Historia

Reconozcámoslo. A lo largo de la historia, pocas disciplinas han tenido que habérselas con los falsificadores con mayor frecuencia que la Historia. Al hablar de mixtificaciones históricas se nos presentan dos grandes conjuntos, la de los falsificadores por amor al dinero y la de aquéllos que pretenden justificar algo (una ideología, unos derechos...) con unos ficticios antecedentes históricos.

Por descontado ambos conjuntos tienen una zona de intersección ya que esos derechos pueden llevar aparejados unas prebendas económicas que aúnen ambos tipos.

El estudio de estas falsificaciones, además de ser interesante por sí mismo suele resultar muy divertido ya que viene a ser algo similar a la "Historia Universal de la Imbecilidad" si me permiten el homenaje-recuerdo al maestro Borges, además de ser un aviso a navegantes para que recordemos que el sentido crítico nunca está de más.

Si hoy tenemos cercanos asuntos como los falsos diarios de Hitler por los que una revista alemana pagó una fortuna o el falso diario de Jack el Destripador que fue publicado con bastante éxito de ventas, en cada época han existido sus propios ejemplos que hoy suelen movernos a risa.

¿Qué otra cosa podríamos hacer ante las Cartas adquiridas por el matemático y astrónomo Philaretes Chasles en el S XIX? Embaucado por un charlatán, Vrain-Lucas, el científico adquirió la correspondencia entre Pascal y Newton de las que se desprendía la idea de que el francés había sido el verdadero descubridor de la gravitación universal. El único problemilla es que estaban fechadas en 1654 y entonces Newton tenía la tierna edad de once años lo que hacía un poco difícil el explicar porqué Pascal se carteaba con un niño inglés que, si entonces destacaba por algo, era por ser un pésimo estudiante. No obstante, monsieur Chasles aceptó encantado la idea de que el sabio francés era el auténtico descubridor de la gravitación y el británico un copión. A partir de entonces se dio el paso que separa lo sublime lo de lo ridículo y el científico galo fue adquiriendo cartas cada vez más peregrinas. Entre aquéllas cuyos "autores" y "destinatarios" son conocidas por haber sido citadas durante el juicio a Vrain-Lucas (fue condenado a dos años de reclusión) figuran una carta de Alejandro Magno a Aristóteles, otra de Pitágoras a la poetisa Safo, una de Julio César al jefe galo Vercingetórix y mi favorita, una de Lázaro a Jesús después de la resurrección de aquél. Por si fuera poco, cuando Vrain-Lucas fue detenido se disponía a vender a Chasles ¡¡¡una carta de Caín a Abel!!! Guau.

Si en este caso estamos ante un mero móvil económico (ya dijo Quevedo aquello de que "Poderoso caballero es Don Dinero") no podemos decir lo mismo del "Hallazgo de la Torre Turpiana" en Granada. Supuestamente se localizó en este lugar una caja de plomo en la que se encontró un pergamino que decía ser obra de Juan Evangelista. El único problemilla es que estaba escrito en castellano y árabe lo que es un tanto difícil de explicar considerando que el autor del Evangelio de Juan vivió en el S I de nuestra era. En este caso, parece que el autor quiso "romper una lanza" en beneficio de los moriscos españoles, mal vistos por los españoles cristianos. De poco les sirvió a aquéllos, claro, considerando que fueron expulsados en la segunda gran "metedura de pata" de los monarcas españoles (la primera, obviamente, fue la expulsión de los judíos). Tampoco existió un afán de lucro en la "Historia Universal" de Flavio Marco Dextro, obra en realidad del padre Jerónimo Román de la Higuera, S. J., que pretendió presentar como un hecho histórico la legendaria visita del apóstol Santiago a la Hispania romana.

También para legitimar pretensiones religiosas (aunque en este caso con consecuencias económicas y políticas) se produjo la, quizás, más famosa falsificación histórica de todos los tiempos, la llamada "Donación de Constatino" por la que el Emperador hacía donación al Papado de lo que, pasado el tiempo, fueron los Estados Pontificios; los territorios sobre los que los Papas ejercieron una soberanía temporal a la vez que espiritual. Tal donación no existió nunca sino que se trató de un intento de legitimación a posteriori de una situación de facto.

La lista de falsificaciones sería interminable. Con sus grados mayores o menores de sofisticación y sus diversos motivos, lo único que tienen en común es enseñarnos la importancia de la crítica especialmente cuando nos enfrentemos a hallazgos maravillosos que parecen demasiado bonitos para ser verdad y que, precisamente por ese motivo, tal vez no lo sean.

Para saber más: Godoy Alcántara, José. "Historia crítica de los falsos cronicones" Editorial Universidad de Granada. Granada, 1999.
08/09/2003 13:51 Enlace permanente. Tema: Teoría de la Historia

05/09/2003

El señor Rajoy ha hablado

Durante el informativo de las doce de Radio Nacional de España han emitido un fragmento del discurso que el Sr. Rajoy, próximo número uno en la candidatura electoral del Partido Popular, estaba pronunciando en el País Vasco.

La brevedad de lo emitido me impide poner esta cita en su contexto, pero me temo que, incluso así, su afirmación seguiría siendo igualmente disparatada y candidata a figurar por mérito propios en la página de PozíQue.

Lo afirmado por el Sr. Rajoy es: "No podemos ir contra la Historia." Obviamente me he quedado anodado. Pase la confusión entre "Poder" y "Deber" que ya se ha hecho tan frecuente que todo el mundo parece haber olvidado la sentencia atribuida al torero El Gallo: "Lo que no pué ser, no pué ser y además es imposible"; pero, incluso corrigiendo el verbo, ¿la frase es cierta? ¿No debemos ir contra la historia?

No sé que historia habrán estudiado algunos para que eso les parezca un delito de lesa majestad. Supongo que una versión tan edulcorada que cualquier parecido con la realidad será mera coincidencia o, al menos, tan difícil de encontrar como entre la vida de un pastor y las Égoglas de Garcilaso. La Historia es la descripción de unos procesos humanos, sus protagonistas son hombres y sus motivaciones tan sublimes o tan abyectas como podemos apreciar en nosotros mismos y, con frecuencia, ambas cosas van íntimimante unidas. La misma Revolución Francesa que generó uno de los textos más hermosos e influyentes que jamás se hayan escrito, "La Proclamación de los Derechos del Hombre y del Ciudadano", que consagró el lema de "Libertad, Igualdad, Fraternidad", degeneró en el Terror como medio para mantener esos sublimes ideales. Presentar lo uno sin lo otro es una traición a la veracidad histórica. Esta disciplina no admite el mirar sólo una de las caras de la moneda.

Recientemente un amigo me enviaba un artículo sobre gastronomía medieval. El autor quería quitar hierro a la concepción caduca de esta era como "la Edad Oscura"; pero la verdad es que se pasaba en ese afan de desmitificación para caer en la hagiografía. Que la situación habitual no fuera de hambruna generalizada, no quita para que sí existieran periodos de penuria, para que las diferencias entre clases sociales, entre zonas geográficas... no permita pintar un cuadro bucólico.

Unido a una cierta forma de entender el Ecologismo se ha idealizado la vida natural y, con ella, el pasado. El mito de la Edad de Oro no ha perdido atractivo. Periódicamente se escucha publicidad de productos anunciándolos como iguales a los de nuestras abuelas, pollo que sabe a pollo como los de antes... olvidando que para nuestras abuelas el comer carne era un lujo asiático, comida de domingos, fiestas y bodas.

Mortalidad infantil, baja esperanza de vida, enfermedades endémicas, mala alimentación, trabajo con horarios esclavistas y, sobre todo, falta de libertades públicas y privadas. Todo eso forma parte de la historia de la humanidad junto con su capacidad para mejorar, para no conformarse con un mero dejarse ir y vivir como nuestros padres. ¿Esto es contra lo que no debemos ir? No, Sr. Rajoy. Podemos y debemos ir contra la historia, al menos contra todo lo negativo que hay en ella. Lo contrario sería un mero repetir errores, tropiezos en la misma piedra.
05/09/2003 14:06 Enlace permanente. Tema: Teoría de la Historia

22/08/2003

Las películas (marca ACME) de Fu-Manchú

¿Recuerdan las películas de Fu-Manchú, el diabólico genio científico? Aparte de sus valores cinematográficos más que discutibles, resultaron en su día tan populares que alguna expresión derivadas de ellas acabó por formar parte de la cultura popular como la frase: "Más trampas que en una película de chinos." Por supuesto, hacía referencia a las complejas añagazas con que el científico chino intentaba inútilmente eliminar a su enemigo, Nayland Smith, y que acabaron integrándose (ya como parodia) en los dibujos animados del Coyote y el Correcaminos y sus cachivaches marca Acme.

Permítanme mezclar la historia personal de un niño que vio mucho cine en sesión continua con la del adulto que ama la Historia y que continúa siendo, en el fondo, aquel enano gafotas que soñaba desde una butaca desvencijada con aventuras erizadas de peligros. Dos temas aparentemente inconexos, dos grandes pasiones y dos conclusiones, la fascinación por la realidad histórica no es menor que la que siento ante una pantalla de cine y, en contrapartida, los peligros que acechan en la investigación histórica no son menos insidiosos que los tejemanejes de Fu-Manchú.

Podría pensarse que puesto que la Historia dispone de un método no hay mayores problemas. Se aplica y se obtienen unos resultados nítidos e incontrovertibles. En la teoría sería posible. En la práctica existen inmensos problemas como pueden ser las fuentes fragmentarias, contradictorias y/o falsificadas, las confusiones de causas principales con causas secundarias o viceversa, el hecho de que al ser la Historia el estudio de las actividades humanas a lo largo del tiempo éstas pueden no obedecer ni a la lógica ni al raciocinio, que las motivaciones pueden cambiar a lo largo del tiempo de forma que pocas cosas existen más inútiles que el pensar que nuestros antepasados actuaban como nosotros lo hubiéramos hecho en su misma situación, o el azar que nos hace preguntarnos muchas veces ¿qué hubiera pasado si un soldado no hubiera reconocido al fugitivo rey Luis XVI o si un soldado apellidado Hitler hubiera fallecido durante la I Guerra Mundial?

Todo ello sin tener en cuenta el factor humano. Cualquier aficionado a la Historia sabe que se pueden encontrar estudios sobre un mismo tema que ofrecen versiones diferentes. La tentación a someter la verdad histórica a las propias creencias previas está siempre presente. La posibilidad de realizar una investigación errónea bien por una mala Eurística, Crítica o Síntesis es real. Por ello la Historia no es diferente a las demás Ciencias y en todas ellas hay una cuota de equivocaciones que nunca debemos olvidar ni silenciar. Nada de ello supone que las Ciencias sean indiferenciables del mito.

Nadie pone en duda que pese a los "patinazos" de los Rayos N, la Fusión Fría o la Memoria del Agua la Física obtiene resultados que permiten una mejor comprensión del Universo así como aplicaciones prácticas extraordinarias. Lo mismo podríamos decir de la Historia. La diferencia entre el pensamiento científico y el esoterismo es que el primero contiene en sí mismo los mecanismos que permiten la corrección de los errores que otros cometen.

En un magnífico (como casi siempre) artículo, S. J. Gould denunciaba la perpetuación de los errores sobre biología en los libros de texto. Alguien realizó una comparación entre el tamaño de los antecesores de los caballos modernos y una raza determinada de perros. Ésta es copiada por otro que a su vez es copiado acríticamente... hasta que a un autor se le ocurre comprobar su veracidad en vez de seguir con el símil. No creamos en todo lo que veamos impreso. Ejerzamos la crítica no como un fin sino como un medio para diferenciar lo cierto de lo falso o dudoso.

En el celuloide, Fu-Manchú estaba siempre condenado a volver a intentar asesinar a Nayland Smith en una nueva película y el Coyote a intentar comer Correcaminos en una nueva entrega. En la vida real, las trampas sí funcionan y la Historia es parte del mundo tangible.
22/08/2003 16:59 Enlace permanente. Tema: Teoría de la Historia

21/08/2003

Historia, paradigmas y diversión

¿La Historia es una Ciencia? Si al hablar de Ciencia consideramos como tal sólo a aquello que podemos reproducir en un laboratorio en condiciones controladas, la respuesta debería ser negativa. No obstante, deberíamos ampliar un poco más la definición, para incluir el concepto de falsación. No debemos considerar como científica a ninguna afirmación que no pueda ser falsada por ningún procedimiento, no sólo en la sala de un laboratorio. Es muy conocida la anécdota de un biólogo al que se le preguntó si la Evolución no era una teoría acientífica por resultar infalsable. La respuesta fue que sí era falsable, para ello bastaría con presentar un fósil de conejo del periodo Cambrico. Por descontado que esa respuesta es también válida para el caso de la Historia.

Con frecuencia se habla de una Historia Oficial, Inmutable en contraste con la Historia Real que, por supuesto, es la que realizan determinados intrépidos investigadores dedicados a echar por tierra todos los paradigmas de la Historia Oficial. Esa afirmación sólo puede provenir de una persona que no tenga ni idea de la historia de la Historia. Veamos un par de ejemplos:

A comienzos del S XX la idea que existía del Homo Neandertalis era la de un bruto deforme, mucho más animal que humano. La razón para esa atribución fue, sencillamente, un error, la descripción de un esqueleto de esta especie sin darse cuenta de que el sujeto había padecido artrosis lo que explicaba las deformaciones que presentaba. Hoy, la concepción que tenemos de esa especie es la de alguien muy semejante a nosotros mismos en todos los aspectos. Incluso se está negando la afirmación tradicional de que el Arte fuera un producto exclusivo de nuestra propia especie. El supuesto paradigma (que no era tal) se vino abajo y nadie se rasgó las vestiduras por ello.

El segundo caso tiene que ver con los megalitos. La opinión más extendida es que los megalitos más complejos de la zona del Egeo y Mediterráneo eran cronológicamente anteriores a los megalitos más sencillos de la fachada atlántica, que serían una degeneración de aquéllos. Fue entonces cuando Colin Renfrew aplicó la técnica del C-14 a los restos orgánicos asociados con el resultado de que era exactamente al revés. Los megalitos más antiguos son los de la fachada atlántica y los mediterráneos son una derivación suya. Nuevamente nadie se lamentó por la destrucción del paradigma.

La descripción de la Historia no es algo cerrado, inmutable. Al contrario, igual que las restantes Ciencias está sujeta a una continua revisión y reescritura, pero para que se adopte una nueva visión sobre un tema determinado existe una condición sine qua non, las pruebas. Y aquí, como iremos viendo en entregas sucesivas, es donde fallan esos intrépidos investigadores a los que hacíamos referencia anteriormente porque lo que presentan como tales no lo son. Oscilan entre la pura y simple falsificación y/o invención hasta las malas interpretaciones de obras de arte, tradiciones...

Ante estas afirmaciones pseudohistóricas, los profesionales de esta materia han solido hacer oídos sordos. Las razones para este silencio van desde la falta de tiempo hasta el no querer verse relacionados con teorías absurdas ni siquiera para refutarlas. Sin embargo, esa postura está cambiando. Conforme avanza el interés de la sociedad por la Historia (y si alguien lo duda sólo tiene que ver la cantidad de revistas a ella dedicadas que existen en cualquer kiosco) se hace necesaria la divulgación seria y responsable.

Nadie debe considerar que, por ello, la Historia sea algo académico (en el sentido de aburrido) ni exclusivista, sólo accesible a un pequeño número de iniciados. Por el contrario, el conocimiento de la Historia es algo divertido y accesible a cualquier persona, sin otro requisito previo que el deseo de querer saber más.

Decimos que es divertida porque pocas hay más gratificantes que el comprender porqué la sociedad en la que vivimos es como es, cómo ha llegado la Ciencia a sus logros actuales, cómo han surgido las distintas teorías políticas, económicas, ideológicas... La Historia no es el aburrido aprendizaje memorístico de la lista de los reyes godos, de las fechas de mil y una batallas. La Historia es la comprensión de los procesos de causas y efectos por los que las cosas fueron como fueron y no de otra manera y la descripción de esos acontecimientos. La Historia no es un viejo libro polvoriento en un anaquel desvencijado, la Historia es dinámica y, pese a los pronósticos de algunos agoreros, no tiene fin. La Historia, en definitiva, también nos habla de nosotros mismos.
21/08/2003 19:58 Enlace permanente. Tema: Teoría de la Historia


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