El triunfo de Clío

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Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2004.

04/02/2004

Razón para una ausencia

hijo_prodigo.jpgEl pensamiento crítico no admite la "ley del embudo". Por ello la crítica como la caridad debe empezar por uno mismo. Cuando inicié la aventura (o la osadía) de comenzar a escribir este blog sabía que era absolutamente inútil. No iba a convencer a nadie de nada, ninguna persona iba a cambiar su forma de pensar por lo que aquí pudiera leer. Una bitácora (ni aunque fuera buena -que no es el caso que nos ocupa-) no es una persona, no es ni siquiera algo importante. No es más que un conjunto de textos más o menos desafortunados sobre una trama más o menos infeliz. Como dijo Shakespeare de la vida, "es una historia llena de ruido y furia contada por un imbécil y que nada significa." Ello significa que ante cualquier problema, un blog es algo fácilmente prescindible sin que eso suponga ninguna pérdida lamentable para la humanidad.

No me engaño (ni quiero engañarles a Vds.), el criticar, por ejemplo, los contenidos de Planeta Encantado no sirve más que para calmar la propia conciencia. Ninguna de las personas que esté convencida de que el Sr. Benítez es un autor serio y digno de crédito modificará su criterio por lo que yo pueda escribir. No interpreten esto como un lamento jeremíaco. Me causaría pánico el pensar que alguien pueda aceptar como palabra de Dios lo que aquí escribo hasta el punto de que la lectura de un artículo supusiera una revelación semejante a la de Pablo camino de Damasco. Me bastaría con despertar alguna duda aunque ni siquiera eso me lo creo porque nadie puede variar el parecer de alguien que está convencido de algo.

Les pongo un ejemplo. Si están más o menos al tanto de las historias de la pseudohistoria supongo que conocerán la historia del pilar de hierro hindú. Por si no fuera el caso, les aclaro que el Sr. von Däniken en una de sus obras presentó como una de las pruebas para su teoría de los astronautas en la antigüedad el que en la India existía una columna de hierro que, incomprensiblemente, no se oxidaba lo que sería una evidencia de los grandes conocimientos metalúrgicos revelados por viajeros extraterrestres a los pueblos... El resto se lo pueden suponer. Así las cosas, un periodista de la revista Playboy se dio un paseillo por la India y se encontró con que el pilar inoxidable estaba oxidado en los puntos en los que los fieles no lo frotaban con sus manos. Aunque en un principio el Sr. von Däniken negó este extremo, terminó reconociendo su error. No obstante, podrán encontrar de nuevo la historia de la columna inoxidable en la obra del Sr. Cardeñosa "100 enigmas del mundo" como si nada hubiera pasado.

No es éste más que uno de los ejemplos que podría citar y que conformarían una historia interminable de cómo tropezar cien veces en la misma piedra. Por ello, ya desde un principio sabía la inutilidad de esta bitácora. No obstante, cuando comencé a repasar las historias antiguas se me planteó una nueva duda, la de si además de inútil no sería contraproducente. Cualquier intento de divulgación tiene un peligro, el de caer en la vulgarización del tema que se trate (lo que en los EEUU llaman saganización en referencia nada elogiosa a la obra de Carl Sagan). No sé si en ocasiones no habré dado la impresión de que la Historia es una disciplina jocosa en detrimento de su rigor metodológico. Ya, ya sé que divertido no es el antónimo de profundo sino el de aburrido, pero me queda la duda y ante la duda opté por guardar silencio.

¿Por qué, entonces, regreso? Porque sin haber dilucidado si lo que escribo entra en la categoría de malo, en la de peor o en la de pésimo, la situación está cada vez más jodida. Los indocumentales del Sr. Benítez no son más que una anécdota sin demasiada trascendencia mal que le pese a su autor. En ellos la pseudohistoria quedaba tan patente que tampoco iban a convencer a nadie que no lo estuviera ya de antemano. No. El verdadero peligro está en lo que publican revistas aparentemente rigurosas o se emite en documentales con marchamo de supuesta calidad. Cosas como que Shakespeare no escribió las obras de Shakespeare, que existió la papisa Juana o que hay un esqueleto de un niño que es fruto de un cruce entre Cromagnon y Neandertal.

Así las cosas, por lo menos es necesario que alguien diga porqué no se cree esas historias aunque no sepa hacerlo de forma que me convenza a mí mismo de que la crítica está bien realizada. Parafraseando a Arniches: "Mi cortedad es muy larga." Así que en próximos días les iré mostrando otras caras de esas monedas, la de que Shakespeare escribió las obras de Shakespeare, la de que la papisa Juana es una mera leyenda o que no hay tal mezcla de Neandertal y Cromañón. Si les place el menú, siéntanse libres de sentarse a la mesa. En caso contrario, hay muchos blogs donde elegir y alguno de ellos son muy recomendables. Feliz singladura.
04/02/2004 03:24 Enlace permanente. Tema: Escepticismo

El caballo blanco de Santiago

shakespeare.jpg¿De qué color es el caballo blanco de Santiago? parece una pregunta absurda y lo semeja por una buena razón, porque lo es. La versión inglesa de esta interrogación idiota podría ser ¿Quién escribio las obras de William Shakespeare? Curiosamente, algunos intelectuales que, al parecer, no tienen mejor cosa que hacer se dedican a ofrecer distintas respuestas a esa cuestión. Por una época se hizo famosa la tesis de que William Shakespeare era un pseudónimo de Francis Bacon. La más extravagante es, quizás, la de que Shakespeare era el heterónimo literario de Isabel I.

La verdad es que nunca me había preocupado en exceso la autoría de las obras de Shakespeare (personalmente, me importa un testículo de simio -hoy estoy eufemístico- que Hamlet, el Rey Lear, Macbeth... lo escribiera William Shakespeare, John Doe, Fu-Manchú o Tarzán de la Mona Chita -¿o era la Mona Lisa? No, que ésa es la de los Simpson-) hasta que comenzaron a preguntar en listas de correos dedicadas al escepticismo por las teorías oxfordianas. Fue así como me enteré de que la moda de hoy en día consiste en atribuir la paternidad (y la maternidad) de las obras de William Shakespeare a Edward de Vere, XVII conde de Oxford.

Pese a estar avisado, no pensaba que la cosa llegara a mayores hasta que me eché a la cara el número 333 (si el 666 es el número de la Bestia, el 333 debe ser, al menos, el de la Bestezuela Parda) de la revista Historia 16 correspondiente al mes de enero de 2004. En su portada aparecía "El hombre que escribió las obras de Shakespeare" junto a una reproducción de un supuesto retrato de Shakespeare -con su pendiente de oro y todo. Nada nuevo bajo el sol- y otro del conde de Oxford. Temiéndome lo peor, pagué los 3,91 Euros de rigor y me encontré con la confirmación de mis peores presagios. En las páginas 8-22 de la publicación antedicha pueden leer un artículo de D. José Carrillo de Albornoz Fábregas dedicado a la defensa de las tesis oxfordianas.

No puedo decir que me soprendiera demasiado. Historia 16 ya ha metido la pata hasta el corvejón un par de veces al publicar artículos disparatados como "Los reyes europeos descienden de la casa de David" por Joaquín Javaloys (nº 275 Pág. 8-29) o "El Grial secreto de los Cátaros" por Joaquín Javaloys (nº 313 Pág. 8-19) y ya se sabe que no hay dos sin tres. Supongo que una revista de Historia debe tener un Consejo Asesor así que busqué los componentes del de Historia 16. Entre otros está formado por Raymond Carr, Stanley Payne, Paul Preston, Hugh Thomas, Javier Tusell, Julio Valdeón, Pierre Vilar... por citar sólo a los historiadores más conocidos y que, sospecho, no tienen ni idea de lo que se publica en la revista a cuyo Consejo Asesor pertenecen. Se me hace muy cuesta arriba el creer que si hubieran conocido previamente el contenido de este artículo le hubieran dado el placet.

No se trata de que se tengan más o menos conocimientos sobre William Shakespeare, Edward de Vere o el periodo isabelino, es que el método histórico resulta maltratado por el autor hasta dejarlo irreconocible porque no aporta ni una sola prueba de lo que afirma. Se limita a realizar el panegírico de los autores oxfordianos como Looney y Ogburn y a considerar de los stratfordianos "Y los primeros (los stratfordianos), a falta de argumentos sólidos, optaron por la vía fácil de ignorar a los contrarios o, peor aún, de recurrir al argumentum ad hominem, a la descalificación personal. Muestra de ello son las lindezas que se pueden leer en obras aparentemente académicas como las de Harold Bloom o Samuel Schoenbaum. El sabio (en cursiva en el artículo) A. L. Rowse no se une a estas voces críticas, ya que ignora la existencia de esos minúsculos adversarios que se atreven a disentir de las certidumbres incontestables que él estableció .
Nos encontramos pues, una vez más, ante la constitición de hecho de una cofradía que, en lenguaje actual, podría calificarse como fundamentalista, que en aras de una dignidad, ortodoxia y hasta un patriotismo supuestamente ofendidos busca cerrar filas entre sus adeptos con argumentos tan irracionales como patéticos." (Págs. 21-22). Sólo falta la manida referencia a Galileo para parecer un texto calcado de la pseudociencia más delirante.

En realidad, todo parte de dos cosas, las escasas referencias a Shakespeare que hacen de su biografía una sucesión de enigamas y la falsa consideración de que las obras de Shakespeare debieron ser escritas por alguien con una educación extraordinaria que no coincide con lo que sabemos de William Shakespeare. ¿Hasta qué punto se puede mantener que hubo dos Shakespeares, uno el William Shakespeare -o Shakspere según otra forma de escribir su apellido- nacido en Stratford-upon-Avon y que no pasó de ser un actor de éxito, y otro el dramaturgo que era un mero psudónimo de Edward de Vere?

Comencemos por el principio, por los documentos contemporáneos que citan a William Shakespeare con las diversas grafías de su apellido y que pueden encontrar aquí (por supuesto en inglés). Vemos como entre ellos e incluso en los relacionados con la actividad del actor aparecen diversas grafías. En el documento de 15 de marzo de 1595 aparece como William Shakespeare y formando parte de la Compañía del Lord Chambelán y cobrando por unas representaciones que tuvieron lugar ante Su Majestad. En 1598 Shakespeare es uno de los actores que representan Every Man In His Humour de Ben Jonson. En 1599 Shakspere es uno de los miembros de la Compañía del Lord Chambelán que se hace cargo del teatro El Globo, en 1603 Shake-Speare es uno de los actores que estrenan Seianus his Fall de Ben Jonson, el 15 de marzo de 1604 Shakspere es uno de los actores que participan con capas escarlatas en la procesión real por Londres... Vemos como varía la grafía, pero está claro que se refieren a la misma persona salvo que queramos pretender que había tres personas con el mismo nombre o muy similares en una misma época y en la misma ciudad de Londres relacionados con la Compañía del Lord Chambelán primero y de la Compañía del Rey después.

Queda demostrado que sí existe un William Shakespeare real y relacionado con el teatro en esa misma época. Defender que éste Shakespeare actor es un pseudónimo del conde de Oxford es ridículo si pensamos que actuó para Isabel I y su corte lo que haría risible el uso de un alias ante unas personas que lo conocían perfectamente. Supongamos, no obstante, que sí existe un William Shakespeare actor y empresario teatral nacido en Stratford-upon-Avon pero eso no significa que sea el mismo William Shakespeare dramaturgo y poeta. Por de pronto (y dado que Billy Shakespeare como actor de la Compañía del Lord Chambelán no era un desconocido en la Corte) resulta difícil explicar porqué fue William Shakespeare el pseudónimo elegido por Edward de Vere, conde de Oxford para ocultar su actividad como poeta y dramaturgo. También resulta difícil de explicar porqué Edward de Vere había de ocultar sus actividades literarias... cuando era un conocido poeta y dramaturgo (se conservan algunas de sus poesías publicadas con su nombre aunque de su actividad como dramaturgo nada se ha conservado).

No se trata de ninguna confusión inintencionada ya que en la publicación de los poemas Venus y Adonis (1593) y El Rapto de Lucrecia (1594) aparecen sendas dedicatorias al Conde de Southampton firmadas por William Shakespeare y redactadas en el estilo habitual para agradecer el mecenazgo económico de un noble (lo que resulta incomprensible si William Shakespeare fuera en realidad el conde de Oxford, notorio mecenas él mismo). Por cierto, el editor de ambos trabajos fue Richard Field, natural de una localidad inglesa cuyo nombre les dejo que adivinen (por si necesitan una pista, empieza por Stratford).

En las ediciones conservadas de la dramaturgia shakespiriana conocidas como "los malos cuartos" por su descuidada factura y por ser de formato en cuarto hay tanto obras anónimas como firmadas por William Shakespeare (con distintas grafías). Por ejemplo (y citando sólo alguna de las publicadas en vida de Edward de Vere) Ricardo III en la edición de 1597 aparece como obra anónima, en 1598 aparece como obra de William Shake-speare y en la de 1602 como obra de William Shakespeare. Romeo y Julieta en la edición de 1597 y de 1599 como anónimas. Trabajos de Amor Perdidos en la edición de 1598 como obra de William Shakespeare. Hamlet en la edición de 1603 como obra de William Shake-speare... (Pueden encontrar una relación de las publicaciones de William Shakespeare aquí nuevamente en inglés). Resulta difícil explicar tanto el que se hubiera producido una confusión y que no hubiera sido aclarada por el conde de Oxford, como el que si quería emplear un pseudónimo, a veces lo usara y a veces prefiriera el anonimato.

Robert Greene en una obra publicada en 1592 se refiere a un "grajo arribista" cuyo nombre oculta con un juego de palabras "Shake-scene" (Sacude-escenas) a la vez que dice tiene "corazón de tigre envuelto en piel de cómico" y que "se supone capacitado para improvisar en verso blanco". Es una clara referencia a Shakespeare y a su obra estrenada anónimamente Enrique VI. Que Greene pudiera tratar al conde de Oxford de "grajo arribista" entra en los terrenos de lo inconcebible.

En 1598 Robert de Mere elogia y hace una relación de las obras de Shakespeare en su Palladis Tamia. En esa misma obra elogia a Edward de Vere por sus comedias. No establece que uno y otro sean una misma persona (y de paso demuestra que el conde de Oxford era conocido como autor teatral).

Por el antedicho conocemos las obras de Shakespeare escritas hasta 1598. Dado que Edward de Vere fallece en junio de 1604 eso supone que en seis años tuvo que escribir El Rey Lear, Macbeth, Antonio y Cleopatra, Julio César, Como Gustéis, Troilo y Crésida, Otelo, Bien está lo que bien acaba, Timón de Atenas, Coriolano, Pericles, Cimbelino, Cuento de Invierno y La Tempestad. Supongamos que aunque Robert de Mere está tan bien informado que incluso acierta con la atribución de dramas que nunca fueron publicados con el nombre de Shakespeare como Tito Andrónico o Romeo y Julieta, se le pudo olvidar relacionar obras que ya existieran. Aunque la datación de las obras de Shakespeare dista de ser un tema resuelto, hay ciertas cosas que debemos aclarar. No existe ninguna mención a El Rey Lear anterior a 1606 (para entonces Edward de Vere llevaba dos años de cuerpo presente) cuando se representó en la noche de San Esteban dentro de las fiestas navideñas de la Corte. En su Acto I, Escena II hace mención a unos recientes eclipses de sol y luna que, casualidad de las casualidades, acontecieron en 1605. Las frases empleadas copian casi literalmente las de una obra publicada en 1606 sobre los extraños acontecimientos que tuvieron lugar en Croacia. Macbeth posiblemente fue escrita también en 1606 por una referencia a los equívocos jesuíticos que se entiende mejor si pensamos en que el padre Garnet fue condenado en ese año por su supuesta complicidad en la "conspiración de la pólvora" de 1605. La tempestad posiblemente fue escrita en 1611 ya que fue en esa fecha cuando llegó a Londres la noticia de una gran tempestad sucedida en las Bahamas.

Así que ¿que nos queda? La supuesta incapacidad de Shakespeare para escribir unas obras tan portentosas cuando su educación no consta en parte alguna. Por de pronto, lo primero que habría que considerar es si las obras de William Shakespeare reflejan esos conocimientos intelectuales tan elevados. Siempre se olvidan cosas como el Acto II, Escena I de Julio César en la que no vacila en introducir un reloj que da las horas (las tres para ser exactos) en plena Roma clásica o la mención a los jesuítas en Macbeth. Dijimos en un principio que la biografía de Shakespeare tiene inmensas lagunas, una de ellas es la de su educación. Consta que en esa época había en Stratford una escuela de gramática y que John, el padre de William pese a ser un guarnicionero como no dejan de señalar los oxfordianos, prosperó hasta llegar a ocupar un cargo equivalente al de alcalde (esto se les suele olvidar a los oxfordianos). No tendría nada de extraño que Willian hubiera estudiado en la citada escuela aunque no tenemos la certeza porque no se conservan los registros escolares de esos años. Su trato posterior con la nobleza y con la gente del teatro pudo ayudarle a mejorar su cultura.

Por si faltaba algo más, recuérdese que en la primera edición en formato in-folio de las obras de Shakespeare en 1623 hay un poema de Ben Jonson (recuérdese que Shakespeare había representado varias de sus obras) en las que se refiere al autor teatral como "Dulce cisne de Avon". Después de esto ¿apostarían algo a que William Shakespeare no escribió las obras de William Shakespeare? Si creen Vds. en otra posibilidad tienen tantas posibilidades de acertar como si juegan a que el caballo blanco de Santiago era alazán.

05/02/2004

Habet duos testiculos...

papisa.jpg...et bene pendentes, es, según algunos, lo que anunciaba el cardenal más joven a la multitud reunida para celebrar el nombramiento de un nuevo papa después de haberlo comprobrado por sí mismo mediante el sencillo procedimiento de tocarle los co... genitales a Su Santidad. Los allí reunidos celebraban la noticia con un "Laus Deo" y se quedaban tranquilos sobre la identidad sexual del Papa.

La "historia" es muy buena y se presta a tada suerte de chanzas y chirigotas, pero no es cierta como tampoco el episodio histórico del que derivaría esta extraña costumbre de andar toquiteando los atributos varoniles al papa electo, y que no es otro que el de la Papisa Juana.

No suelo sorprenderme de los contenidos sobre Historia en los medios de comunicación (normalmente me espero lo peor y acierto más que Octavio Aceves -lo que tampoco es decir mucho, claro-) pero alguno sí me merece respeto por una trayectoria intachable caso de RNE-5 que incluye microespacios de divulgación de diversas materias desde música a ciencia. El contenido suele ser interesante, intachable... pero está visto que el mejor escribiente puede echar un borrón y éste fue de tamaño catedralicio.

Ante mi sorpresa, el responsable del microespacio aceptó como real la historia de la Papisa Juana según está recogida en la Crónica de Martín Von Troppau más conocido como Martín Polonius. Según Polonius, Juan Anglicus nació en Maguncia y llegó a ser Papa como sucesor de León IV durante dos años, siete meses y cuatro días. Había sido elegido de forma unánime por su inteligencia ya que destacaba en todas las ramas del saber. Un día, cuando iba en procesión desde San Pedro a San Juan de Letrán se sintió indispuesto y dio a luz a un niño en un callejón entre el Coliseo y la iglesia de San Clemente. Quedó así claro para el pueblo de Roma que el Papa era una Papisa y el supuesto Juan era una Juana. Para evitar que se repitiera la farsa, desde entonces se procedió a la comprobación de la virilidad que antes relatamos.

Ésta es la historia básica a la que otros autores han ido colocando detalles. Mariano Scoto la ubica en sus Historiographi también como sucesora del Papa León IV (855 D. de C.). Jean de Mailly en su Crhonica Universalis Mettensis sitúa a la Papisa como sucesora de Urbano II (1099 D. de C.) y asegura que el pueblo de Roma, enfurecido por el engaño, ató a la parturienta a la cola del caballo y la lapidaron mientra era arrastrada. Fue enterrada en el lugar en el que murió y se colocó en ese lugar una placa que rezaba "Petre, Pater Patrum, Papisse Prodito Partum" (¡Pedro, Padre de los Padres, denuncia el parto de la Papisa!). Otros autores como Van Maerlant confirman la existencia de tal inscripción. En la catedral de Siena figura una galería de los Papas. Hasta 1600 uno de los bustos esculpidos era una mujer y la inscipción decía "Giovanni VIII, donna inglese". (En esa fecha se le convirtió en el retrato del Papa Zacarías). Adán de Usk asegura que en el callejón junto al Coliseo se conservaba una escultura de la Papisa y que en la proclamación de Inocencio VII (1404) el Papa se sentó en una silla de pórfido con el asiento perforado para que el cardenal más joven pudiera atestiguar su virilidad. William Brewyn describe dos sillas de pórfido rojo con el asiento perforado que se encontraban en la basílica de San Juan de Letrán.

¿Me he vuelto loco para negar la historicidad de esas descripciones que engañaron al experto de RNE? Ya he dicho que el método histórico se articula en tres pasos. El primero es la heurística o recopilación de fuentes (lo que hecho hasta el momento), pero ahora debemos proceder a su crítica. Polonius murió en 1278, es decir, más de 400 años después de sucedidos los supuestos hechos ¿cuál fue su fuente? Los pocos historiadores que aceptan que la Papisa es algo más que una leyenda no dejan de indicar que un manuscrito del Liber Pontificalis, obra de Anastasio el Bibliotecario (mediados del S IX y, por tanto, contemporáneo del supuesto hecho) conservado en la Biblioteca Vaticana, se encuentra un párrafo casi idéntico al citado por Polonius. Dado que Polonius vivió y trabajó en El Vaticano ya está resuelto el problema de la fuente y podemos mantener la historicidad de la Papisa Juana ¿No? Pues no. Lo que se les olvida a los defensores del episodio de la Papisa es que el manuscrito de la Biblioteca Vaticana no es la única copia existente de la obra de Anastasio el Bibliotecario y en ninguna de las demás aparece esta mención a Juana. Por otra parte, el hecho de que el texto en el manuscrito de la Biblioteca Vaticana esté escrito en el margen inferior, con una caligrafía distinta al resto y con un tipo de letra típico del S XIV hace que debamos considerarlo como una interpolación posterior. No es que Anastasio el Bibliotecario sea la fuente de Polonius sino que Polonius es la fuente de la persona que introdujo ese pasaje en el manuscrito de Anastasio.

Otro tanto puede decirse de Mariano Scoto. Las copias tempranas de su obra no contienen ninguna mención a la Papisa. Sólo aparece en las copias tardías. Jean de Mailly es un autor del S XIII como Polonius, Adán de Usk lo es del S XV... con lo que la pregunta sigue en pie ¿cuál es la fuente de esas informaciones? Ninguna que se conozca. Si unimos a ello las diferencias entre unas versiones y otras (difieren las fechas de acceso al Papado, la duración de éste, el sexo del recién nacido, la suerte posterior de la Papisa -muerta en el parto, asesinada por la multitud enfurecida, relegada a prisión de por vida-) todo hace pensar en una historia de transmisión oral y sólo puesta por escrito en los S XII-XIII.

Si esto ya arroja serias dudas sobre la historicidad de las Crónicas medievales (que pueden llegar a ser una pesadilla para el historiador por la mezcla constante de elementos reales, cuentos, leyendas...) la sucesión de León IV es bien conocida. Le sucedió Benedicto III que fue encarcelado por el cardenal Anastasio que había sido excomulgado por León IV por su apoyo al Emperador frente al Papado. No obstante, Anastasio fue expulsado por los seguidores del Papa electo y Benedicto III pudo ocupar la silla de Pedro hasta el 858. El cardenal Anastasio fue perdonado y pasó a la historia como Anastasio el Bibliotecario. No hubo tal pontificado de dos años entre ambos con un Papa (ni Papisa) llamado Juan VIII ya que no existe ninguna mención, ningún documento, nada que haga mención a tal denominación hasta el 872 en que sí hubo un Papa de tal nombre (ocupó el solio pontificio hasta el 882).

Sí se conservan textos que hacen referencia a Benedicto III ya como Papa en el 855 (recuérdese que de ser cierta la historia de la Papisa ésta hubiera debido serlo hasta el 857) como una carta enviada por Benedicto III al monasterio de Corbie el 7 de octubre de 855. Hinemar, arzobispo de Reims, informa a Nicolás I de que un mensajero que había enviado a León IV se enteró de la muerte de este Papa y por lo tanto dirigió su petición a Benedicto III, quien la resolvió. También existen monedas que representan a Lotario I y a Benedicto III. Dado que Lotario I falleció en septiembre de 855, demuestran que Benedicto III era Papa con anterioridad a esa fecha.

No hemos hecho mención a la estatua en el callejón de Roma, a la lápida... porque estos elementos no demuestran la existencia real de la Papisa y tal vez sean el origen de la misma. La localización de una escultura de una mujer con un niño en brazos unida a las leyendas comunes sobre mujeres que se disfrazan de varones pudo ser el detonante del mito. Dölinger especula con que la lápida pudo ser en origen una dedicatoria sepulcral en la que apareciera la bien conocida fórmula P.P.P. (proprie pecunia posuit) -lo erigió de su propio caudal- junto con un nombre con prefijo que dijera: Pap. pater patrum. Fuera así o bien se crearan ex-profeso para ilustrar la leyenda cuando ésta ya estaba extendida, no demuestran la existencia real de la Papisa.

El busto de la Catedral de Siena no sirve tampoco más que como demostración de que la leyenda era aceptada ya que la Catedral se comenzó a construir a finales del S XII y se levantó durante el S XIII.

Sobre la ceremonia de comprobación del sexo papal, los supuestos testigos no contemplan tal cosa sino que repiten lo que les dicen. Jacopone Angelo di Scarparia lo deja bien claro al indicar antes de su descripción que "El vulgo cuenta la fábula...".

Las sillas de pórfido rojo, que probablemente es lo único real de la leyenda, posiblemente procedieran de unas termas romanas donde se han encontrado objetos semejantes y que eran meras tazas de retrete más artísticas y ricas que las elaboradas por Roca pero dedicadas al mismo menester. El asiento horadado no era, pues, para comprobar el sexo de nadie sino para defecar.

Se nos ha caído un mito, pero no lo lamento porque la mezcla de elementos que confluyeron para darle forma no me parecen menos interesantes que la leyenda en sí.

BIBLIOGRAFÍA:
García Atienza, Juan. Juana la Papisa. Historia 16 nº 275. Marzo de 1999. Madrid.
J.P. Kirsch. Entrada Juana, Papisa en la Enciclopedia Católica Traducción de Eladio Megchún.

07/02/2004

La II Batalla de los Huesos

lapedo.jpgPocos lugares resultan más improbables para una contienda intelectual que las Bad Lands (Malas Tierras) de los EEUU. Pocos soldados, a priori, menos predestinados a la liza que Edward Drinker Cope, que fue enviado por su padre (cuáquero y, por tanto, opuesto a la violencia) a Europa para que no tuviera que combatir en la Guerra de Secesión, y Othniel Marsh, sobrino del millonario George Peabody. Difícil resulta imaginar una causa más prosaica para iniciar una guerra intelectual que una leyenda sioux y un telegrama trabucado, pero todo esto sucedía en los EEUU de finales del S XIX, un tiempo y lugar en lo que casi todo era posible, hasta que Marsh fuera protegido y adoptado (le llamaban Wiscasa-Pahi-Huhu, el Hombre que Desentierra los Huesos) por los sioux que, simultáneamente, tenían una cierta "discrepancia de pareceres" con otro blanco, un megalómano apellidado Custer en un lugar que llevaba el improbable nombre de Little Big Horn.

En un tiempo y lugar adecuado para el nacimiento de mitos, el enfrentamiento de Cope y Marsh conocido como The Battle of Bones pasó a la Historia y no sólo por sus resultados científicos (popularización de la Paleontología, del nombre de Dinosaurios y ochenta nuevas especies descubiertas) sino también porque fue un escándalo público por las artimañas a las que recurrieron los dos científicos. Si esto fuera una película de Hollywood, el luchador Cope se hubiera impuesto a su competidor que contaba con los millones (y las influencias políticas) de su familia. Como es una historia real, el "Poderoso Caballero" inclinó desvergonzadamente la balanza hacia Marsh aunque el contrataque de Cope empleando la prensa (en concreto, al New York Herald)consiguió que ambos acabaran perdiendo cuando el gobierno estadounidense "cortó el grifo" del dinero público para financiar expediciones paleontológicas. Veinte años después de comenzar, la Battle of Bones concluyó con la muerte de Cope en 1897. Dos años después le siguió su rival. Ambos acabaron prácticamente arruinados aunque la Paleontología se había enriquecido extraordinariamente. En una suerte de justicia poética, el gran paleontólogo de la siguiente generación fue el discípulo de Cope, Henry Fairfield Osborn.

En otra ocasión les contaré con mayor detenimiento tanto las historias de la Batalla de los Huesos como los despropósitos del coronel Custer (es curioso como unos temas se imbrican en otros), pero sirva este preámbulo como aviso de hasta qué punto las disputas científicas pueden alcanzar una virulencia extraordinaria. Si en lugar de hablar de huesos de Dionosaurios hablamos de restos humanos, pueden hacerse una idea de los extremos que podemos alcanzar. En realidad, la Batalla de los Huesos se reproduce cada cierto tiempo. Las discusiones sobre qué ejemplares corresponden a no a una especie, a las relaciones entre especies, a la "humanidad" o no de las especies, a lo que eran o no capaces de hacer los individuos de esas especies... se encuentran a la orden del día. Como además es un tema que interesa, esas disputas académicas suelen acabar en los medios de comunicación. Pocas veces un descubrimiento científico es noticia de primera plana pero, por ejemplo, lo fue Toumaï, los restos con siete millones de años de antigüedad encontrados en Tchad y que presentan una extraña mezcla de características humanas y simiescas. Algunas veces, esos descubrimientos se ven envueltos en agrias polémicas que, en ocasiones, han acabado ante los tribunales.

¿A que viene todo esto? Pues a suministrar un marco adecuado al primer capítulo de "Memoria de España" emitido el pasado 3 de febrero en la primera cadena de TVE. Antes de seguir, me permito hacer una declaración personal. Me siento muy feliz de que la televisión pública dedique sus esfuerzos a una serie de documentales de contenido histórico (después de la emisión de Planeta Encantado con sus contenidos pseudohistóricos y esotéricos, lo menos que se podía pedir era que también se diera voz a la Historia con rigor metodológico). También me siento feliz de que la audiencia fuera amplia, con picos de 4,5 millones de espectadores que viene a suponer el mentís a que la divulgación histórica o científica no interesa al gran público. Espero que la emisión mañana de la nueva serie documental Atlantis de la mano del conocido divulgador científico Miguel Toharia se vea coronada con el mismo éxito y que como fruto de esas experiencias positivas, las diferentes televisiones se planteen dar más cancha a la divulgación y muchos menos a los cotilleos sobre la sexualidad de Fulanito o Peranganita. Por todo ello estoy muy satisfecho, por desgracia no puedo decir lo mismo de la realización y de algunos aspectos del contenido del programa.

Por descontado, la divulgación es difícil. Es complejo encontrar el punto medio entre rigor metodológico y espectáculo. Si falla lo segundo tendremos un buen producto que, sin embargo, no divulgará nada porque nadie lo verá. Si falla lo primero, tendremos que se estará divulgando algo que no es Historia, Ciencia... Tal vez por esa dificultad es por lo que muy pocos científicos de renombre han intentado hacer divulgación (por supuesto, hay gloriosas excepciones como Stephen Jay Gould, Richard Leakey, Edward Osborne Wilson o Juan Luis Arsuaga) y por lo que algunos intentos de divulgación han acabado en fracaso comercial o, peor aún, en divulgación de conceptos erróneos. Sólo cuando los dos términos consiguen estar en equilibrio se produce el pequeño "milagro" de hacer sencillo y atractivo lo que ha costado tiempo y esfuerzo descubrir.

La serie "Memoria de España", en mi opinión, no lo ha logrado y temo que la audiencia no logre alcanzar las mismas cifras por los fallos que presentó. En un documental que va a ser emitido por televisión no se pueden descuidar los aspectos visuales. Ya que se optó por la dramatización, en este tiempo en la que puede hacerse casi cualquier cosa gracias a las técnicas de creación de imágenes por ordenador, cuando hemos visto a un T-Rex y a unos Velocirraptores (muy creciditos ellos) perseguir a su comida humana con aspecto de total realidad, no parece de recibo que el tigre de dientes de sable fuera un tigre de Bengala disfrazado o que los Homo Heildelbergensis parecieran los paisanos del pueblo de al lado mal caracterizados. El maquillaje tiene sus límites y uno de ellos quedó patente, no puede hacer que un Homo Sapiens Sapiens parezca un Homo Heilderbergensis por mucho que se pueblen y eleven las cejas y por mucho relleno que se pongan en la boca. Por descontado que la opción de creación por ordenador es más cara y exije más tiempo, pero al menos no da la mala impresión de estar viendo a unos actores disfrazados con los dientes llenos de mugre pero, por lo demás, muy limpitos ellos (de verdad que los baños de agua caliente, los geles, las lavadoras y los detergentes al jabón de Marsella vinieron mucho después...).

Pero esto pueden atribuirlo sin demasiado miedo a equivocarse a mi personalidad perfeccionista, a mi forma de ser de tiquismiquis total o a mi vocación de moscón cojonero. Más grave, me parece, la facilidad con la que se aceptó el bifaz Excalibur como prueba de ritos funerarios, de que un único útil lítico proviene de una deposición voluntaria y no de una deposición accidental. Me explico. En la Sima de los Huesos hay restos de treintaytantos individuos (al menos 32) y un único útil lítico. ¿Se depositó voluntariamente o se le extravió a uno de los que condujeron allí los cadáveres? Si aceptamos la primera opción ¿por qué en un caso sí se depositó un bifaz y en los traeintaytantos casos restantes no se documentan ajuares de ningún tipo? Ojo, por descontado que podrá sostenerse esa interpretación si, por ejemplo, resultara que Excalibur no fue empleado nunca, si se puede demostrar que su colocación en el yacimiento impide la opción de una deposición accidental y, por tanto, tuvo que dejado allí a propósito; pero nada de esto se dijo. Fue un mero "como hemos encontrado esta bifaz (se estuvieron todo el documental hablando de los bifaces en femenino aunque sea más frecuente hablar de un hacha bifaz que de una hacha bifaz) queda demostrado que se depositó intencionadamente." Pues no. Así no se puede sostener esa afirmación.

Pero cuando se me pusieron los pelos como escarpias es cuando la locutora dijo (minuto 43 del programa y hablando sobre las relaciones entre los Sapiens Sapiens y los Neandertales): "Un hallazgo sí parece probar su efecto. En Lagar Velho (la locutora lo pronunció como Lagarbel) una tumba muestra los restos de un niño cuyos rasgos son mixtos de Neandertal y de Sapiens Sapiens." Las bucólicas imágenes mostraban a una mujer Neandertal acercándose a un grupo de cuatro cazadores Sapiens Sapiens. Afortunadamente la imagen no fue más allá porque el resto no hubiera sido apto para menores.

¿Qué hay de cierto en ello? Pues que en 1999 Joao Zilhao (el teclado en castellano no me deja escribir bien su nombre, pongan mentalmente una raya ondulada encima de ambas aes), Erik Trinkaus y otros publicaron el hallazgo en Lagar Velho (Portugal) del conocido como "Niño de Lapedo" al que describían como un híbrido de Sapiens Sapiens y Neandertal porque tenía características comunes a ambos. En el mismo número de la revista, Tatersall y Schwartz contestaron negando tal carácter de híbrido. Dado que tanto Trinkaus como Tatersall son dos de los más eminentes expertos mundiales en Neandertales lo que siguió fue una reedición de la Batalla de los Huesos, con acusaciones a nivel personal de falta de ética, de incompetencia científica...

Como suele suceder, con el tiempo transcurrido se pueden ver las cosas con más calma. Los restos del "Niño de Lapedo" tienen dos problemas intrínsecos y otros dos extrínsecos. Los problemas intrínsecos son: es el esqueleto de un niño lo que siempre resulta complejo por las diferencias anatómicas entre niños y adultos (más aún cuando la "prueba" consistía precisamente en las proporciones de los huesos) y, por desgracia, el cráneo quedó destruido por la excavadora que cavaba la zanja en la que se encontró. Así pues, lo que más hubiera contribuido a establecer la supuesta hibridación entre Neandertales y Sapiens Sapiens había desaparecido. Los problemas extrínsecos son que la datación por C-14 de restos orgánicos relacionados con el esqueleto arrojó un resultado de 24.500 A. de C. (los restos de H. Neanderthalis más recientes, los del Boquete de Zafarralla están datados en 28.000 A. de C. por lo que ni siquiera hay pruebas de que en ese momento existieran Neandertales que pudieran haberse reproducido con Sapiens Sapiens) y el problema genético. En 1997 Krings et alii lograron obtener ADN de unos restos óseos Neandertales. En 2000 Ovchinnikov et alii hicieron lo propio con otro ejemplar. El resultado de ambos es que dentro de los Neandertales había una gran diversidad genética, pero si bien ambas muestran eran diferentes entre sí, lo eran aún en mayor medida (y más de lo esperado) con los Sapiens Sapiens. Somos especies diferentes que divergieron más tempranamente de lo que se creía. Como especies diferentes, no había hibridación posible.

Después de la desagradable polémica, Juan Luis Arsuaga en un reciente libro dice: "Pocos autores aceptan hoy tal interpretación (la de la hibridación) de la morfología del niño, que consideran más bien totalmente moderna sin influencia neandertal." (El enigma de la esfinge. Círculo de Lectores. Barcelona, 2001. Pág. 453).

En esto se quedó el "hallazgo revolucionario" que ahora "Memoria de España" ha vuelto a poner de actualidad. Esperemos que mejoren en los próximos capítulos lo que siempre sería un motivo de alegría.

La etimología creativa de Don Sabino

Arana.jpgClaro que en estos días no todo ha sido negativo como lo comentado en las tres últimas entradas. También ha habido lugar para el disfrute ante diversas noticias, ante la edición de nuevos libros (alguno realmente maravilloso, pero esto se lo comentaré en los próximos días) e incluso para la carcajada. Como últimamente he estado muy serio, permítanme compartir con Vds. una auténtica perla, la etimología de diversos lugares según Don Sabino Arana, fundador del PNV.

Alejandría no obtiene ese nombre de haber sido fundada por Alejandro Magno (suposición que sólo deben mantener los maketos que no conocen la divina lengua vasca) porque D. Sabino descubre que, en relidad, deriva de ale-andi-era-a (enfermedad de grano grande).
Francia no se llama así por ser el país de los Francos sino que viene de farre-arrantzia (el rebuzno risible).
Zaragoza no es una corrupción de su nombre latino de César Augusta sino que viene de zara-gozoa (eres dulce y agradable).
Burgos no tiene su nombre de que es un burgo sino que viene del vasco buru-gose (mayor hambre).
León no se llama así por haber sido el campamento de la Legio Septima sino del esukera legi-on (buena ley).
Oporto no se llama así por ser un puerto sino que su nombre deriva de gopor-to (toma un vaso).
Guadalajara no se llama así por las palabras árabes wadi al jiraya (río pedregoso) sino por el vasco gu-adarrak-gara (nosotros somos cuernos)
El Guadalquivir no tiene ese nombre por las palabras árabes wadi al kabir (el río grande) sino del euskera gu-eder-ibili (nosotros andar magníficamente).
D. Sabino incluso explica topónimos que no necesitan ninguna explicación:
Ciudad Real ziur-da-erre (seguro que puede quemarse)
Extremadura iister-ba-da ura (¡ya es jamón aquél!)
Aunque la peor parte de estas creativas etimologías (con perdón de Francia y Guadalajara que tmbién van bien servidas) le toca a Asturias que no se llama así por ser el territorio de los astures sino asto-uri-ats (fétido país de burros).

Tan magnífica muestra de la auténtica estatura intelectual de D. Sabino, la pueden encontrar Vds. en un muy buen artículo (aunque un poco más farragoso de lo que es habitual en su autor) de D. Armando Besga Marroquín titulado "Derechos históricos del pueblo vasco" en Historia 16 nº 333. Enero 2004. Págs. 24-55). Éstas y otras "etimologías" de topónimos las pueden encontrar en la nota 9 de la página 53. La fuente original es un artículo de D. Sabino Arana titulado "El Vaskuence en toda África" de 1902 contenido en la Antología de Sabino Arana por J. Eyara. Ed. Roger, Zarauz 1999 Págs. 427-453). Como pueden comprobar, la Historia puede llegar a ser muy divertida.
07/02/2004 19:47 Enlace permanente. Tema: Cajón de sastre

09/02/2004

Satisfacción

hawass.jpgDecía Ortega aquello de que "Yo soy yo y mis circunstancias". En mi caso, yo soy yo y los libros de los demás. Las razones para comprar un libro son tan variadas como los seres humanos, desde los que quieren enciclopedias que ocupen tantos metros (para que quepa en la balda ésa que está vacía en el salón) y que estén encuadernadas en un color determinado (para que vaya a juego con el tapizado del sofá) a los que somos casi capaces de leer las Páginas Amarillas o el Ulysses de Joyce.

No obstante, los ratones de biblioteca y archivo también tenemos nuestro corazoncito. Vale que por obligación tenga que leer cosas como "La muerte y su misterio" de Camilo Flammarion (Biblioteca de "El Pueblo". Valencia, 1923), pero eso no me hace, precisamente, feliz. Como cualquier otra persona, tengo que llegar a un compromiso entre lo que debo leer y lo que quiero leer. Que, además, lo que lea me deje satisfecho es una rara avis que merece comentario porque, desgraciadamente, mis lecturas suelen dejarme con un cierto regusto a decepción, sentimiento que, para más INRI, suele ser directamente proporcional a las espectativas creadas a priori (mañana les contaré un caso de libro que se prometía muy interesante antes de su lectura y que me resultó decepcionante a posteriori).

Por ello, la lectura del primer libro publicado en español (salvo error por mi parte) del egiptólogo Zahi Hawass era un enigma. ¿Sería tan bueno como el prestigio de su autor me hacía pensar o sería una mera operación de mercadotecnia, disciplina que el arqueólogo egipcio domina a la perfección? Afortunadamente ha sido lo primero.

"Tesoros de las pirámides" (Zahi Hawass et alii. Traducción de Sonia Fernández Afuera. Círculo de Lectores. Italia, 2003. 400 Págs.) es una maravilla que no debe faltar en ninguna biblioteca de un enamorado de los temas histórico (siempre que pueda permitirse su precio que no es nada reducido).

Desde el primer momento sorprende su aspecto de edición de lujo con un formato extraordinario de 36x26 Cms. con pastas duras y papel de calidad superior. En el interior, las magníficas y abundantes fotografías de Araldo de Luca enamoran desde un principio (no creo que, por ejemplo, la estatua de diorita de Kefrén haya sido nunca mejor captada que en la reproducción de la Pág. 129), realzadas por una maquetación tan clara como impactante.

Los textos, afortunadamente, no desmerecen de los aspectos visuales. Estamos ante una recopilación de artículos de los mejores especialistas y, además, están totalmente actualizados. Además del propio Hawass (coordinador de la edición y autor de la Introducción y de los artículos: Desarrollo arquitectónico de las tumbas reales egipcias (Cap. 4), Componentes arquitectónicos del complejo de la pirámide (Cap. 5), Las pirámides de las reinas de la IV dinastía en Gizeh (Cap. 11), La pirámide satélite de Keops (Cap. 12) El misterio de Hetepheres (Cap. 13), Las puertas secretas en el interior de la Gran Pirámide (Cap. 14), El Piramidión (Cap. 15), Las barcas reales de Gizeh (Cap. 16), El programa decorativo en los complejos de pirámides del Imperio Antiguo (Cap. 23) y en co-autoría con Misroslav Verner de Los sorprendentes bloques de Abusir (Cap. 21) ) aparecen también Mark Lehner (autor de los artículos: Construir una pirámide en el Imperio Antiguo (Cap. 3) y La Esfinge (Cap. 17) ), James P. Allen (¿Por qué una pirámide? La religión de las pirámides (Cap. 1) ), Vassil Dobrev (Administración de la pirámide (Cap. 2) ), Renée Friedman (El periodo Predinástico (Cap. 6) ), Günter Dreyer (Las tumbas de las dinastías I y II en Abydos y Saqqara (Cap. 7) ), Matthew Adam y David O´Connor (Los recintos funerarios reales de Abydos y Hieracómpolis (Cap. 8) ), Ali Radwan (Las pirámides escalonadas (Cap. 9) ), Rainer Stadelmann (Las pirámides de la IV dinastía (Cap. 10) ), Peter der Manuelian (las tumbas de los altos oficiales en Gizeh (Cap. 18) ), Michael Valloggia (Las pirámides inacabadas de la IV Dinastía (Cap. 19) ), Miroslav Verner (Las pirámides de la V dinastía (Cap. 20) y de la co-autoría con Hawass ya señalada) ), Audran Labrousse (Las pirámides de la VI dinastía (Cap. 22) ), Karol My´sliwiec (Tumbas de las dinastías V y VI en Saqqara (Cap. 24) ), Dieter Arnold (Las pirámides del Imperio Medio (Cap. 25) ), David P. Silverman (Las tumbas de los nobles en el Imperio Medio (Cap. 26) y Hourig Sourouzian (La estatuaria real y privada en los Imperios Antiguo y Medio (Cap. 27) ).

Como vemos, una representación plural de egiptólogos (y egiptólogas, que diría Ibarretxe) de diversas generaciones, de distintas procedencias y de diversas tradiciones culturales que podría haber dado lugar a una sucesión de capítulos deslavazados e inconexos. Esto se ha evitado mediante una cuidadosa planificación de la obra con unos capítulos generales de introducción al tema (los cinco primeros) para, a continuación iniciar la secuencia cronológica que nos conduce desde el periodo predinástico hasta el Imperio Medio para concluir con el estudio de la estatuaria egipcia durante este mismo periodo.

Por descontado, al haber distintas autorías hay alguna repetición y también divergencias sobre algunos puntos (por ejemplo, Stadelmann sostiene que La Esfinge es parte del complejo funerario del rey Keops mientras que Lehner afirma que es parte del complejo funerario de Kefrén), pero ello aumenta el interés de la obra al plantearnos polémicas que aún no están definitivamente resueltas. Sin embargo, haríamos mal en pensar que es una obra académica, farragosa y perdida en las nebulosas del debate intelectual. Los autores han tenido muy claro que no debían hablar para académicos sino para gente normal, explican los términos específicos que emplean, en la obra se incluyen diagramas que contribuyen a aclarar los puntos más dificultosos y no se les han caído los anillos (cosa por desgracia infrecuente) en responder las afirmaciones pseudohistóricas sobre Egipto como la correspondencia de las pirámides de Gizeh con las estrellas del Cinturón de Orión o la antigüedad de La Esfinge.

La obra se completa con un índice analítico y una bibliografía por capítulos no exhaustiva, pero sí más que suficiente.

Tanto acierto borra los pequeños errores cometidos. Uno es la difícil manejabilidad del volumen al que el gran formato empleado, la extensión y el papel empleado confieren un peso capaz de cansar los brazos del más pintado. Obviamente, Círculo de Lectores quiso hacer coincidir su publicación con la Navidad y quiso elaborar una obra de gran calidad que sirviera como regalo para esas fechas. Lo segundo, como ya he dicho, lo convierte en una obra de difícl manejo. Lo primero se ha hecho con prisas y eso se nota. La obra tiene errores de traducción (incluso se han "colado" palabras en inglés en la edición es español) y adolece de una apresurada revisión (Por ejemplo, "que yo u mismo he escrito" (Pág. 14) "La entrada actual de la pirámide fue creada en el S XIX por Al Mamoun, hijo de Haroun Al Rashid..." (Pág. 156) -en realidad, fue en el S IX y no en el XIX-) que hubiera debido corregir éstas y otras erratas. Tal vez más grave es que uno de los capítulos sobra, el dedicado a los pasajes secretos de la pirámide de Keops que se convierte en un intento de autojustificación de Hawass por el "fiasco" de su documental sobre el tema (por si no lo recuerdan, se vendió a bombo y platillo la apertura en vivo y en directo de la primera puerta mediante un robot sólo para encontrar una segunda puerta detrás). Hawass asegura que estaba convencido de que no se iba a encontrar nada de importancia detrás de la 1ª puerta, pero entonces no sugería eso. En realidad, no fue más que una operación de imagen.

En suma y pese a estas pequeñas objeciones, un libro magnífico y que además (y por una vez) se publica en español sin retraso. Considerando que hasta el 2003 no se publicó en España el clásico (ya superado por obras más recientes) de I. E. S. Edwards "Las pirámides de Egipto" (Ed. Crítica. Barcelona, 2003. 317 Págs.) cuya primera edición es de 1946, algo hemos avanzado, claro.
09/02/2004 12:57 Enlace permanente. Tema: Divulgación

10/02/2004

Decepción

Polidoro.jpgCuando me encontré con Los grandes misterios de la historia por Massimo Polidoro (Ed. Robinbook. Barcelona, 2003. 267 Págs.) me llevé una alegría por partida doble, primero porque sabía de la pertenencia del autor al CICAP (es decir, el equivalente italiano del CSICOP) y, segundo, por el hecho de que el miembro de una organización escéptica escriba un libro prestando especial atención a las cuestiones históricas cuando en esos ambientes predominan los expertos en cuestiones científicas.

El interés me pudo y adquirí el carísimo libro sin prestar demasiada atención a la horrorosa portada que parece perpetrada por un niño de cuatro años que sepa manejar (o algo así) un programa de edición de imágenes. El libro es su aspecto formal es, digámoslo, un engendro sin paliativos. La calidad de los papeles para imprimir deben tener una escala semejante a la de: buen papel-papel regular-papel económico-papel malo-papel pésimo-papel higiénico-papel para Robinbook. La traducción (perpetrada por D. Mario Lamberti) es digna de figurar al lado de la de aquel genio que afirmó que un personaje femenino tenía seis manzanas (el original estaba en inglés y les dejo que supongan qué decía en realidad) o de aquel otro que aseguró que los marineros habían tirado la tinta al agua (el original estaba en francés y les dejo que supongan...). El encontrar un capítulo titulado "Cercos en el grano" [sic] me ha dejado con una estupefacción de la que aún no me he repuesto (por si no se han percatado, el capítulo va sobre los círculos en los campos de cereales). ¿Puede empeorar la cosa? Puede (sospecho que hay un tal Murphy encargado de las ediciones de Robinbook). Por ejemplo, ¿no consideraron conveniente en la editorial la revisión del texto? También es posible que sí la hicieran y que encomendaran esa tarea a un estudiante de la ESO, porque entre errores de mecanografía y faltas de ortografía hay un carro (por ejemplo, hay un "espiritus" [sic] en la página 101, una "catástorfe" [sic] en la página 226...)

Tampoco se aprecia un criterio en la bibliografía. Hay referencias en inglés, en italiano y en español. Parece, a primera vista, que se citan en inglés los originales sin traducción a ninguna de las otras lenguas, en italiano (además de algunos textos originales en esa lengua) los que están traducidos a ese idioma y en español los que también están traducidos. Obviamente para que una bibliografía sea útil para un lector español lo lógico es publicar la referencia bibliográfica en castellano cuando el texto esté traducido... pero nadie se ha tomado esa molestia. Si lo hubieran hecho, habrían descubierto que el libro de Kusche sí tiene edición en nuestro idioma (El Misterio del Triángulo de las Bermudas Solucionado por Lawrence David Kusche. Traducción de Carme Collell. Ed. Sagitario. Barcelona, 1977. 320 Pág.) al igual que Fraudes paranormales por James Randi. Traducción de Alejandro G. Tiscornia. Ed. Tikal. 348 Pág; El mundo y sus demonios por Carl Sagan. Traducción de Dolors Udina. Ed. Planeta. Barcelona, 1997. 493 Pág; Astronautas de la antigüedad por William Stiebing. Traducción de Alberto Coscarelli. Ed. Tikal. 198 Pág... entre unos pocos ejemplos. Por desgracia, para muchas editoriales, la bibliografía es algo que no merece la menor atención dificultando, con ello, que cumpla su doble misión de comprobación de lo que se atribuye a un autor y de ampliación del tema tratado.

Por si faltara algo, las ilustraciones son pocas y su calidad de reproducción es pésima; pero todo esto que puede parecerles más o menos divertido (reconozco que no me hace ninguna gracia cuando pienso en lo que cuesta el libro de marras) no es, evidentemente, lo que importa que es su contenido.

No voy a decir que el contenido está a la misma altura (a la misma profundidad) que el continente porque no es así, pero no me ha dejado una buena sensación. No es que contenga errores, que el tratamiento de los temas sea incorrecto... sino algo bastante personal, que el libro del Sr. Polidoro me parece que tenga muchos años de antigüedad en vez de los dos que realmente tiene. En el campo de la Pseudohistoria y la Pseudociencia hay modas y el Sr. Polidoro elige unos temas que, en su mayoría, están olvidados o, al menos, no son los que ahora están de rabiosa actualidad. A estas alturas, el Triángulo de las Bermudas, los poderes de las pirámides egipcias, el Titanic, la maldición de Tutankhamon o el monstruo del lago Ness están bastante pasaditos. Otros capítulos no sé demasiado bien a qué vienen (salvo a que es un tema que evidentemente interesa al autor) como el de Houdini y el de la cripta de Barbados. Otros son clásicos como la Atlántida, Nostradamus o la Sindone y como tema de auténtica actualidad sólo aparece el de los "cercos en el grano".

Tampoco las argumentaciones me parecen originales. Todo me suena a déjà lu. El capítulo sobre el Triángulo de las Bermudas es deudor de la obra de Kusche antes citada, el de la Sindone (obra de Luigi Garlaschelli y no de Polidoro) de Inquest on the Shroud of Turin de J. Nickell, el de Nostradamus de The Mask of Nostradamus de J. Randi... por lo que el autor añade poco de su propia cosecha más allá de la labor de recopilación y actualización. Poco bagaje para justificar un libro aunque, por descontado, si no tienen Vds. conocimiento previo de las obras citadas, su opinión sobre el libro del Sr. Polidoro será muy diferente a la mía.

Así las cosas, aparte de "los cercos en el grano", lo único que realmente me satisfizo fue la introducción titulada En busca de los misterios y la conclusión titulada Cómo examinar lo increíble, dos capítulos sobre el escepticismo y su aplicación a la vida real. La pena es que entre uno y otro, poco hay que resulte interesante. Una lástima.
10/02/2004 00:19 Enlace permanente. Tema: Escepticismo

12/02/2004

Elogio de la sencillez

governator.jpg¿Recuerdan el comienzo de "La vida es sueño" de Pedro Calderón de la Barca? Por si no fuera éste el caso, les recuerdo que Rosaura, disfrazada de hombre, comienza a caminar porque su caballo la ha descabalgado mientras declama: "Hipogrifo violento/ que corriste parejas con el viento/..." que, como sabe todo el mundo, son las primeras palabras que se le vienen a uno a la mente cuando la montura te tira por los suelos. En la vida real, tanto caballeros como amazonas suelen referirse a su caballo con distintos epítetos que riman con "melón" y con "ruta" (eso en el caso de que sean capaces de decir algo, claro) y dejarse de florituras mítico-literarias que quedan muy bien sobre el escenario, pero que no hacen buena pareja con un cuerpo magullado.

Pocas cosas resultan más complicadas que la aparente sencillez y la aparente espontaneidad. Normalmente, detrás de un texto aparentemente coloquial hay mucho trabajo, un gran esfuerzo para hacer pasar por tal lo que, en realidad, está muy pensado y muy trabajado. En pocas ocasiones ha quedado esto tan patente como en "Conviértase en brujo, conviértase en sabio" por Henri Broch y Georges Charpak (Traducción de Núria Viver Barri. Colección Sine qua non. Ediciones B. Barcelona, 2003. 229 Págs.).

La idea que genera este texto es tan simple como efectiva. Los autores le van a aconsejar cómo convertirse en una persona dotada de poderes parapsicológicos, en definitiva, en un brujo. Claro que, para ello, no le van a recomendar ayunos, peregrinaciones a santuarios marianos, estancias en monasterios tibetanos, lecturas de libros iniciáticos... ni nada que se le parezca. Sencillamente, le van a contar unos sencillos (cuando uno sabe el secreto) trucos de ilusionismo, le van a desvelar el cómo las leyes de la probabilidad y de la física juegan a favor del "brujo" y todo ello de acuerdo con el más eficaz de los procedimientos: "Compruébelo Vd. mismo".

Pensemos en la eficacia de un horóscopo que casi el 70% de una clase considera que describe perfectamente su persona... antes de descubrir que es exactamente igual al horóscopo que la compañera de al lado que también se considera perfectamente reflejada por el texto pese a ser de un signo astrológico distinto (nada como un buen montón de vaguedades para logarar esta proeza), en conocer los fallos en el funcionamiento de la memoria y de la percepción visual (aún no me he repuesto de ver la imagen de Jesús en la pared en blanco y el cabezón de un extraterrestre verde en la puerta del frigorífico por obra y gracia de la persistencia retiniana), en ser capaz de convencer a una reunión de amigos de mis poderes telepáticos al haber logrado que un amigo lejano recibiera la imagen de la carta extraída de un mazo (esto me permitirán que no les explique como se hace porque alguno de los "engañados" todavía le está dando vueltas a cómo c....s hice el truco), en enderezar clips metálicos (lo de doblar cucharillas está ya muy visto) sin tocar el clip para nada (curiosa propiedad del nitinol)...

Claro que es todavía mejor cuando el "brujo" no tiene que hacer absolutamente nada (salvo echarle teatro y cara al asunto) para que miles de espectadores de un programa de TV sean capaces de fundir bombillas con su poder mental (o eso creerán ellos), de conseguir secuencias de diez caras o diez cruces en diez lanzamientos de monedas... que, sencillamente, es algo que está garantizado por las leyes de la probabilidad.

Una vez completada nuestra iniciación para "brujo", un par de ejemplos bastan para comprobar cómo la gente es capaz de autoconvencerse de la existencia de poderes paranormales cuando la explicación natural es muy sencilla. Las varitas de los zahoríes y el agua milagrosa del sepulcro de Arles-sur-Tech sirven a ese fin.

Por supuesto, a lo largo de ese camino lo que habremos descubierto no es cómo convertirnos en brujos sino en cómo ser capaces de reconocer los errores inconscientes o los fraudes conscientes en afirmaciones del mismo tipo, pero todo ello ¿para qué? Los autores (al contrario que otros en casos similares) no pretenden una demonización de la credulidad. Si alguien necesita creer en algo para ser feliz, mejor es que sea creyente satisfecho que incrédulo desgraciado, pero lo que sí defienden es la necesidad de que ante una toma de decisiones, la gente debe estar bien informada para decidir correctamente. El ejemplo que ponen, es el de la demonización de las radiaciones y, con ellas, de la energía atómica (si los autores fueran españoles, prefiero no pensar lo que podrían decir sobre la "genial" decisión política de paralizar la construcción de nuevas centrales nucleares "gracias" a los esfuerzos de grupos ecologistas tan desinformados como desinformantes que son capaces de inventarse la existencia de peces mutantes para sostener lo malísimas que son las radiaciones). La ignorancia de estos ecologistas es tal que no se enteran (ni quieren enterarse) de cosas como que la radiación cósmica que recibe una persona a nivel del mar es 50 veces mayor que la radiación que recibe esa misma persona como consecuencia de la actividad de las centrales nucleares francesas (y eso suponiendo que no sea el nivel del mar en Bretaña porque entonces sería 100 veces mayor por la radiación natural provocada por la desintegración de elementos como el uranio que forman parte de su composición geológica). A efectos de irradiación, es menor la dosis que se recibe por estar al lado de una central nuclear que por subir a una montaña, pero nada. Se ve que la radiación natural es buenísima y la artificial es mala de toda solemnidad.

Para concluir, una serie de datos como los resultados de la encuesta que Broch hizo a los alumnos de primer ciclo de ciencias de la Universidad de Niza en la que los encuestados (insistimos, universitarios y de "ciencias") consideraron en un 68% de los casos que la afirmación de que es posible doblar cucharas con la fuerza de la mente era un afirmación demostrada y, por tanto, científica mientras que la afirmación de la dilatación relativista del tiempo para la mayoría de ellos (un 52%) era una mera especulación teórica. Éstos y otros resultados de encuestas sobre creencias le sirve a los autores para dar un mentís a la afirmación de que la credulidad es menor cuanto mayor es la formación intelectual (parece que el colectivo menos crédulo es de los agricultores).

Todo ello contado con sencillez, con ideas claras que se exponen con facilidad, con frecuentes llamamientos a que el lector realice una serie de experimentos por sí mismos que demuestren que lo que los autores aseguran es cierto y, además, todo ello contado con una gran dosis de buen humor.

Por poner alguna pega, las fotografías que ilustran el texto tienen una calidad horrorosa y se debería haber cuidado más la corrección del texto lo que hubiera permitido eliminar alguna errata como la datación de la Sindone por C-14: "dio como fecha 1325+-1365, lo cual confirma la datación histórica del siglo XIV" (Pág. 168) (Obviamente, si la datación fuera realmente ésa, la Sindone podría ser auténtica e, incluso, no existir todavía y ser un objeto llegado del futuro (¿la traería consigo Arnold "Governator"?)
12/02/2004 18:44 Enlace permanente. Tema: Escepticismo

13/02/2004

Profesor Holmes

sherlock.jpg¿Qué hacer cuando, como decíamos ayer, el desconocimiento de aspectos científicos es palpable incluso entre los estudiantes universitarios de carreras de Ciencias? Como en este mundo hay gente para todo, las posibles actitudes irán desde encogerse de hombros, pasando por los que clamarán por los desastres de la educación moderna y llegando a los que intentarán hacer algo para cambiar la situación. Que para paliar el desconocimiento no hay mejor solución que divulgar más y mejor parece bastante evidente, pero esto es más fácil de decir que de hacer.

Se alcanzan buenos resultados divulgativos en campos como la Biología que resultan más asequibles para el común de los mortales, pero ¿qué pasa con disciplinas como la Física? Pues que hay dos problemas, el odio por todo lo que implique Matemáticas de una gran parte de la población, y que los conceptos que maneja la Física actual no son precisamente intuitivos.

Algo así parece haber pensado Colin Bruce. ¿Cómo acercar la Física al lector común? Su respuesta es "La paradoja de Einstein y otros misterios de la ciencia resueltos por Sherlock Holmes" (en realidad, el título original no menciona La paradoja de Einstein sino El extraño caso del del gato de la señora Hudson) con traducción de Eduardo Margaretto Khormann. Edita la editorial Granica. Barcelona, 2001. 303 Págs.

Siempre ha extrañado la diferencia que puede existir entre la creación literaria y el creador. Es sabido que el racionalista detective inglés fue creado por Conan Doyle, espiritista y crédulo hasta la médula. Sorprende, también, que Sherlock Holmes sea el personaje elegido por el Sr. Bruce para divulgar la ciencia cuando en su primera novela (Estudio en escarlata) Holmes confiesa ignorar que la Tierra gira alrededor del Sol y que, además, le importa un bledo que así sea. Para salvar esta segunda contradicción Colin Bruce comienza sus narraciones con El caso del científico aristócrata en el que la ignorancia sobre aspectos astronómicos de Holmes está punto de costarle la vida a su cliente (lo salva otra creación de Doyle, el profesor Challenger, que seguirá apareciendo a lo largo del libro). A partir de esa revelación en el camino de Damasco, Colin Bruce inventa una serie de casos cuya resolución implica la historia de la Física desde el S XIX hasta la Cuántica. En El caso de la energía perdida explica la importancia de la negación del flogisto y del concepto de transformación de la energía, en El caso del doctor preatómico vemos los comienzos del estudio de los atomística y una negación de la Homeopatía, en El caso del científico saboteado los comienzos del estudio de la radioactividad y a partir de El caso de las balas voladoras entre Sherlock Holmes, Mycroft Holmes (por si no conocen las obras de Conan Doyle, es el hermano listo de Sherlock) y los profesores Challenger y Summerlee irán explicando la teoría de la Relatividad y la discusión sobre la naturaleza de la luz para terminar encontrándose con la Cuántica en El extraño caso del gato de la señora Hudson y con la teoría de los universos múltiples en El caso de los mundos perdidos.

Bruce tiene muy presente a qué público quiere dirigirse y, por ello, prescinde de las Matemáticas en favor de las analogías lo que puede horrorizar a más de uno, pero consigue hacerse inteligible para el público. En ese sentido el esfuerzo ha sido notable aunque, tal vez, el fallo más grave es que al haber pretendido mezclar divulgación con literatura, la primera sale bien parada, pero no así la segunda. Más allá de los nombre comunes, poco tienen que ver estos nuevos casos de Holmes y de Challenger con los originales de Doyle. Aunque el interés de los cuentos sea variable, en demasiados casos se percibe que la literatura está subordinada a la explicación científica. Pese a esos defectos, no cabe duda que estamos ante un meritorio y original intento de divulgación, digno de ser reseñado.
13/02/2004 12:10 Enlace permanente. Tema: Divulgación

15/02/2004

Más etimologías de D. Sabino

Arana.jpgPor si pensaban que los disparates etimológicos de D. Sabino se agotaban con los ejemplos que expusimos el otro día, les copio un mail que me ha enviado el historiador y periodista Julio Arrieta con más citas de tan excelso pensador. La explicación que da al nombre de mi ciudad de Palencia me ha dejado patidifuso (y partido de risa):

Te has quedado corto, José Luis. Este texto es una antología del dislate. ¿Quieren ustedes saber de donde viene el nombre de Palencia? Lean, lean:
"No tuvo seguramente tan pacífica fundación Palencia, cuya primera asamblea general debió de ser tan borrascosa, cuando menos, como la de Tarragona, pues que, si a la etimología de su euskaro nombre nos hemos de atener, los en dicho lugar reunidos debatían acaloradamente acerca de cuál había de ser el arma con que se presentasen ante el enemigo: si la honda o la
lanza:
-¡Aballa!, gritaban los unos como energúmenos.
-¡Lanzia!, les contestaban los otros con no menos robustas voces.
"Nada dicen las historias de cuál de los dos bandos triunfara en la contienda, ni aun si ésta tuvo fin cruento. Pero cabe sospechar que ninguna de las dos opiniones prevaleció, como lo atestigua la concurrencia de ambas en la formación del nombre de aquella ciudad naciente: Palencia".

Me pregunto qué historias deben ser esas que menciona don Sabino... Pero esto no es nada. Resulta que el nombre de Orense también fue fruto de una discusión entre sus habitantes, "grandes amateurs de la zoología" sic!!!!!
"Como un día se hubiese posado a la orilla del agua una ave hasta entonces no vista, reunido el congreso de naturalistas, deliberó acerca del género y la especie a que pertenecía:
-Es ánade.
-Es lechuza.
-Es nueva y grande especie gris de murciélagos -sostenían los más versados en ornitología.
"Mas la opinión que prosperó sobre las otras fue la del congresista que dijo con aplomo de sabio:
-Ori ansar, que significa eso es ganso.
"De donde tomó el nombre la culta ciudad: Orense."

Omitiré los curiosos argumentos que llevan a Arana a concluir que los primeros gallegos caminaban a cuatro patas, para preguntarme si sabrán los habitantes de Braganza que el nombre de su ciudad tiene su origen en un vulgar calzoncillo: "prakaantza". Y qué decir de
Calahorra, que "recibió su nombre por ser la profesión favorita de sus moradores el cultivo del pimiento morrón", cuyo color dominaba las calles: "kale gorria", calle roja. Más raros eran en Segovia, donde gustaban de comer ratones, de ahí el nombre "sagua obia" o el ratón es mejor."Salamanca, por el contrario, debió ser fundada por algún inútil, pues que dio ocasión a que le dijeran zara men-ga, que significa eres sin poder." [Fin del mensaje citado]

No me negarán que, si viviera hoy en día, D. Sabino podría dejar en el paro a "Cruz y Raya" "Faemino y Cansado" y hasta a los mismísimos "Les Luthiers". ¡Qué gracia tenía este buen hombre! (La pena, claro, es que él lo decía en serio).
15/02/2004 01:21 Enlace permanente. Tema: Cajón de sastre

Cosas que hacer en Dallas cuando estás muerto

kennedy.jpg¿Recordamos lo que realmente sucedió o recreamos lo que hubiéramos querido que pasara? La respuesta a esta sencilla pregunta marca, en gran medida, la diferencia entre una Historiografía metódica y la Historia Patológica y la Pseudohistoria (que no se crean que se da sólo en pirámides construidas por extraterrestres, atlantes viajeros y la humanidad conviviendo con los dinosaurios).

Siempre he considerado que el lema de la Historia debería ser: "La verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero", incluso si esa verdad levanta ronchas, si duele o si jode profundamente. Pongamos un ejemplo. Supongamos que preguntamos a los españoles de cuarenta y tantos o más años cuál era su actitud con el régimen del general Franco. Nos encontraríamos con que una gran mayoría aseguraría que estuvieron en la oposición política al dictador. Podemos creernos tales afirmaciones o contraponerlas al hecho de que el general murió en la cama de un hospital, junto a la reliquia del brazo amojamado de Santa Teresa, en plena posesión del poder político y sin que la oposición le inquietara en demasía. Falleció creyendo que había dejado todo "Atado y bien atado" para que su régimen dictatorial se prolongase. La verdad es que la oposición interna fue casi siempre inexistente y siempre ineficaz sin que eso suponga minusvalorar el ejemplo que dieron (con grave riesgo personal) las personas que realmente se opusieron a la dictadura franquista.

No es el único caso que podríamos citar y no se limita sólo a España. Por ejemplo, muchos franceses que vivieron la II Guerra Mundial se sentirían muy molestos si les preguntásemos por cosas como el gobierno colaboracionista de Vichy, la división Carlomagno de las SS -formada por voluntarios franceses-, sus compatriotas que agitaban banderitas en las aceras mientras Hitler paseaba por las calles de un París conquistado...

Todo ello debe ser tenido en cuenta ante, por ejemplo, las Memorias de un político que, con mucha frecuencia, son una autojustificación, un intento de afirmar lo bueno que era uno y lo malos que eran los otros (y "los otros" pueden ser los correlegionarios, los adversarios políticos o, más frecuentemente, ambos). Cuando, además, lo que se puntualiza o ataca es una invención grata a la mayoría de la gente, el historiador no se convierte, precisamente, en santo de la devoción ajena.

No hay mejor manera de que le cuelguen a uno el letrerito de "facha" o de ser descalificado por sectores de la autocalificada "progresía" que recordar que si Franco pudo mantenerse en el poder no fue sólo por su mando del ejército, la policía... sino también por la no-oposición o la colaboración de muchos civiles. Hoy, cuando esa etapa negra de la historia de España está, felizmente, superada, hay la tentación de reescribir el pasado. La mayoría de los españoles estuvieron en la oposición al franquismo de igual forma que la mayoría de los franceses eran, en secreto, seguidores del general de Gaulle o que la mayoría de los alemanes no tuvieron nada que ver con el nazismo. Mitos, por supuesto, pero mitos tan extendidos que han llegado a ser convenientemente aceptados por una gran cantidad de gente.

Tal vez haya quién se crea que un antiguo ministro franquista, hoy presidente electo de unas de las comunidades autónomas españolas, era un "demócrata de toda la vida", que una soprano de fama mundial apoyó la huelga de Barcelona (una de las pocas muestras de oposición real al general Franco) o que el conocido humorista gráfico de un periódico de izquierdas siempre se opuso al franquismo pese a haber ilustrado publicaciones del Ministerio de Información y Turismo en las que, entre otras cosas, se encarecía a los visitantes extranjeros a que no hablaran de la situación política española a los españoles; pero los demás haríamos muy bien en poner esas afirmaciones en solfa por la sencilla razón de que contradicen lo realmente sucedido. No se trata, por supuesto, de negar a esas personas (y a muchísimas otras) el derecho a la evolución política sino a no dejar que reinventen la Historia.

Cuando esa recreación, además de ser aceptada por mucha gente, está extendida por los modernos medios de comunicación, el resultado puede ser demoledor hasta el punto de que cuestionar la veracidad de ese mito parece que fuera la afirmación extraordinaria en vez de ser al revés. Pongamos un ejemplo, la leyenda que comenzó en Dallas el 22 de noviembre de 1963, fecha del asesinato del presidente John F. Kennedy.

Según Oliver Stone en su mentirosa (y magnífica) película JFK la cuestión era muy sencilla. El presidente Kennedy era una "paloma" que iba a retirar a las tropas estadounidenses de Vietnam por lo que fue asesinado por un contubernio de anticastristas, servicios secretos, mafiosos... bajo instigación de los miembros del lobby de fabricantes de armamento que veían como esa decisión iba en contra de sus intereses económicos. Por supuesto, el vicepresidente Lyndon B. Johnson era completamente diferente porque, en caso contrario, el asesinato hubiera sido una pérdida de tiempo.

La realidad era completamente distinta. Vayamos por partes, si el lobby industrial y militar de los EEUU hubiera tomado una actitud con el presidente Kennedy, ésta no hubiera sido la de asesinarle sino la de levantarle un monumento ecuestre en alguna plaza de la capital. Las cifras, al contrario de las personas, tienen una buena costumbre, no reinventan el pasado. El demócrata Kennedy venció al anterior presidente, el republicano Ike Eisenhower, acusándole no de militarista sino de haber mostrado tal debilidad ante la URSS que los EEUU estaban en un inmenso peligro por ser inferiores en submarinos lanzamisiles, en cohetes estratégicos... Por supuesto, cuando Kennedy llegó al poder multiplicó las partidas de fondos dedicadas a Defensa... pese a que no existía tal supuesta inferioridad. Kennedy no dejó nunca de jactarse en sus discursos públicos de la cantidad de misiles estratégicos, de submarinos nucleares, de bombarderos de largo radio de acción´... que se habían construido bajo su mandato. Reconozcámoslo, como "paloma" el presidente Kennedy "sale rana".

¿John F. Kennedy iba a retirar a las tropas estadounidenses de Vietnam del Sur lo que hubiera evitado el desastre que terminó suponiendo? Pues queda muy bonito sobre el papel, pero la verdad tampoco es ésa. Por de pronto, la mayoría de los "asesores" militares estadounidense que estaban entonces en Vietnam del Sur habían sido desplegados por orden del propio Kennedy (el cómo enviar más tropas es la manera de retirar tropas escapa de mi comprensión). Los defensores de tal afirmación se basan en un memorándum de Defensa y en las declaraciones de algunos miembros del gobierno como el Secretario (ministro) de Defensa McNamara. No obstante, tal memorándum sólo contempla la retirada de 1.000 hombres porque supuestamente el ejército sudvietnamita podía hacerse cargo de las tareas que desempeñaban. Otros miembros del Gobierno como Robert Kennedy, hermano del propio John F. más tarde también asesinado, negó en abril de 1964 que su hermano pensara en una retirada de Vietnam ya que tal hecho hubiera supuesto la caída de Vietnam del Sur bajo el gobierno comunista de Vietnam del Norte y, por efecto dominó, de todo el Sudeste asiático.

McNamara continuó siendo Secretario de Defensa con Lyndon B. Johnson y, como tal, apoyó el aumento de la escalada militar en Vietnam (no sólo la apoyó, sino que fue uno de sus principales responsables) hasta 1968 fecha en la que dimitió cuando la guerra se había convertido ya en un desastre que los EEUU no podían ganar. Si hubiera tenido la certeza de que Kennedy sabía en 1963 que los EEUU no debían involucrarse más en Vietnam y debían, por tanto, retirarse ¿por qué hizo él lo contrario? Nuevamente, la autojustificación a posteriori aparece.

Más sobre los mitos del nuevo Camelot. ¿Kennedy se oponía a las intervenciones militares en el extranjero? Pues el que defienda esto va a tener algunos problemas para explicar qué demonios pasó en la Bahía de Cochinos. Recordemos, grupos anticastristas con entrenamiento y financiación de los EEUU invadieron Cuba. Supuestamente, iban a contar con el apoyo aéreo de la USAF pero Kennedy se negó a ello en el último minuto. Posiblemente la invasión hubiera sido un desastre de todos modos, pero así se convirtió en un suicidio, en una matanza que los anticastristas no perdonaron nunca a Kennedy. No obstante, la CIA con conocimiento de Kennedy se dedicó a planear el asesinato de Fidel Castro (con nulo éxito, evidentemente). Pretender que la presidencia de Kennedy fue un periodo de limpieza democrática entre presidentes que emplearon la guerra sucia es para descojonarse de risa.

Kennedy, por los norteamericanos siempre será recordado como el gran defensor de los derechos civiles (y esto sí es completamente cierto) mientras su sucesor, el tejano Lyndon B. Johnson siempre será el presidente de la Guerra de Vietnam. Sobre la Guerra de Vietnam (que oficialmente no fue tal porque nunca existió una declaración de guerra) ya hemos hablado. Sobre los derechos civiles, los problemas que tuvo Kennedy con el Congreso le impidieron hacer todo lo que hubiera deseado (tuvo que recurrir a los decretos presidenciales para paliarlo) y fue Johnson el que consiguió en 1964 que se promulgara como ley, con el inmenso respaldo moral de que ésa era la voluntad del presidente asesinado. En realidad, Johnson, tanto para lo bueno como para lo malo, siempre aseguró que él era el continuador de la política de Kennedy. No parece, por tanto, muy justo que para el recuerdo de los estadounidenses uno sea el bueno y otro el malvado de una opereta bufa.

En fin, documentos sobre Kennedy y la participación estadounidense en Vietnam los tienen aquí y aquí.
15/02/2004 20:49 Enlace permanente. Tema: Teoría de la Historia

16/02/2004

El derecho divino

Teta.jpgSe cuenta que en los años 60, cuando empezaron a llegar turistas nórdicas, algunos curas de las poblaciones mediterráneas se sintieron ofendidos por los vestidos que llevaban a la iglesia (ya se sabe que la moral, para algunos, es directamente proporcional a la ropa que lleves). Uno de estos sacerdotes tridentinos apostó al monaguillo en la puerta de la iglesia y le dio las siguientes instrucciones:
-No me dejes entrar a ninguna de las extranjeras que lleguen con poca ropa ¿eh? Faldas por debajo de las rodillas, brazos cubiertos... y si no que se queden en la calle, porque ésta es la casa de Dios y tienen que mostrar un aspecto recatado bla, bla, bla.
El monago cumpló las instrucciones hasta que un día se le acercó una real hembra con un escote de los que no dejan demasiado a la imaginación masculina.
-Perdone, señora, pero aquí no puede entrar con esa ropa.
-¿Y eso?
-Verá, son ódenes del cura. El vestido debe guardar una cierta compostura...
-Entonces, no hay problema. Verás, Su Santidad Juan XXIII me concedió el derecho divino a llevar la ropa que desee en la iglesia por los servicios prestados al papado por mi familia.
-Pues si lo dijo Su Santidad, supongo que no habrá problema. Pase, pase.
Al fin de la misa se le acerca el cura con cara de basilisco enfurecido.
-¿Qué has hecho, desgraciado? ¿No te dije que no dejaras entrar a nadie con esas pintas?
-Pero, padre, me ha dicho que tenía el derecho divino...
-Sí, hijo, el derecho divino y el izquierdo de puta madre; pero aún así...

Obviamente es un chiste (y malo y yo tengo la misma gracia que un funeral de corpore insepulto para estas cosas) pero se me vino a la cabeza al ver el segundo documental (perdón por el uso de esta palabra, pero de alguna forma tengo que definirlo) de la serie "Memoria de España". En una de sus supuestas recostrucciones de la vida neolítica aparecía una señorita realizando un danza en honor de la diosa de la fertilidad a la que, según ellos, adoraban nuestros antepasados. Bailaba con la teta izquierda al aire (y, por cierto, como en el chiste, estaba de puta madre) pero no es eso lo que viene al caso sino ¿de dónde se sacaron los guionistas tal escena? Les juro que no tengo ni idea. ¿Sobrepasa esto el valor de la simple anécdota? Para mí, sí. Nada tengo en contra de que se quiera hacer más atractivo para el gran público un documental de historia (aunque, la verdad, lo de la actriz de buen ver enseñando sus encantos femeninos parece más propio de un anuncio machista de coches que de la disciplina histórica), pero ni lo lograron (enhorabuena, señores guionistas, consiguieron Vds. hacer que uno de los periodos más fascinantes de la prehistoria resultara un latazo insoportable) ni puede uno presentar suposiciones como hechos probados. Cuando estuve a punto del descojono es cuando presentaron la representación gráfica de la diosa porque lo que mostraban era una de las placas de pizarra grabadas conocidas genéricamente como "ídolo-placa alemtejano" por la sencilla razón de que son características del "Neolítico de Pavia" en el Alemtejo portugués. La excavación del sepulcro de corredor de Pedra Branca permite demostrar que formaba parte del ajuar de cada difunto (lo que resulta un tanto curioso para una figura de la "fertilidad"). Dado que el rasgo más destacado en la representación no son los órganos femeninos sino los ojos, la mayoría de los arqueólogos supone que su carácter era apotropaico (palabra que queda muy molona y que significa que tenía un carácter de vigilancia, de protección de los muertos en este caso concreto). Nada que ver con bailes de la fertilidad ni con verduras de las heras.

Pudieron hacerlo mejor mostrando como ejemplo de la supuesta diosa de la fertilidad a las llamadas "Venus" de Chatal Hüyük claro que, entonces, hubieran debido explicar porqué la supuesta diosa de la fertilidad aparece representada a veces como una joven y a veces como una anciana (por cierto, también aparecen en el mismo yacimiento estatuillas masculinas asociadas a cornamentas de toros). En realidad, lo de la diosa de la fertilidad Neolítica es altamente especulativo ya que sólo en algunos yacimientos aparecen estatuillas femeninas (y sólo femeninas) relacionadas con la función de maternidad (uno de ellos, Hacilar). En otros, como hemos visto, aparecen estatuillas masculinas y femeninas o femeninas que no están relacionadas claramente con la función de madres sino, por ejemplo, con animales (una de las esculturas de Chatal Hüyük muestra a la divinidad femenina anciana junto a un ave de rapaz) o con funciones de vigilancia y protección (caso de las figuras del Alemtejo). Por descontado, si no podemos estar seguros de qué representaban, mucho menos de los rituales propiciatorios que se les dedicaran. Podían bailar las mujeres con la teta izquierda al aire, los hombres con el cojón derecho descubierto o unos y otros matarse a polvos... (claro que dado el extraño rasero de la moral predominante, éstas dos últimas probabilidades no se hubieran considerado escenas aptas para menores).

Por si fuera poco, cuando le llegó el turno a los comienzos del Neolítico se marcaron la explicación de una presión demográfica siguiendo la teoría de K. Flannery. El problema, claro, es que no está claro que existiera un gran aumento de la población en estas fechas. Hoy por hoy, la teoría más aceptada para explicar la revolución neolítica es la de Braidwood. De un estadio de aprovechamiento sin cultivo de las plantas silvestres de cereales como el trigo y la cebada en el Mesolítico, se pasó a su cultivo en el Neolítico. Esta secuencia cultural está documentada en el área de Palestina con la cultura mesolítica conocida como Natufiense que enlaza sin solución de continuidad con el Neolítico Precerámico A de Jericó. En el mismo área y también en el Mesolítico aparece la llamada cultura Khianiense en la que no aparecen las hojas de hoz del Natufiense sino una caza selectiva de cabras lo que se interpreta como un estadio pre-ganadero que evoluciona en el Neolítico a la llamada cultura Prototahuniense en la que se documenta (de forma nada sorpresiva) la preponderancia de los elementos pastoriles. Esta diversificación y perfeccionamiento de los recursos de recolección (que terminan por convertirse en producción) frente a los de caza fue lo que motivó el aumento de la población. El aumento demográfico sería, pues, la consecuencia y no la causa de la revolución neolítica. En los antiguos yacimientos Neolíticos como Jericó Precerámico A o Jarmo sigue apareciendo la actividad de la caza. No hubo pues ninguna ruptura abrupta que obligue a buscar causas extraordinarias.

Por cierto, la denominación de Precerámico les hará suponer acertadamente que el Neolítico no suposo la aparición inmediata de la cerámica pese a que en el documental lo presentaran como hechos inmediatos al menos de forma general ya que sí hay un Neolítico inicial con restos de cerámica en Mureybet (Siria) pero no se extendería hasta fines del VII Milenio (el Neolítico precerámico A de Jericó se inicia a fines del IX Milenio) tanto bajo la forma de cerámica cardial (decorada con impresiones de conchas, yacimiento de Mersin), cordada (decorada con impresiones de una cuerda, yacimiento de Biblos) o lisa en el área mediterránea y decorada con pintura en las zonas interiores (yacimientos del área de Kermanshah).

En fin. Otra oportunidad desperdiciada. Veremos qué pasa con el tercer capítulo dedicado a Tartessos (miedo me das, Satanás. ¿La sombra de Schulten será alargada?). Temo lo peor.
16/02/2004 19:23 Enlace permanente. Tema: Divulgación

18/02/2004

All´ alba vincerò!

melendez1.jpgSi Luis Meléndez hubiera conocido la ópera Turandot (lo que no fue posible por la sencilla razón de que murió ciento y pico años antes de que la compusiera Puccini) tal vez le hubiera venido a la mente este verso. Razones no le hubieran faltado para ello.

Luis Meléndez nació en 1716 en Nápoles y murió, pobre y olvidado, en Madrid en 1780. Hijo del miniaturista Francisco Antonio Meléndez comenzó en este campo su aprendizaje que amplió después como ayudante de Louis-Michel van Loo, pintor de cámara de Felipe V. Aunque siempre quiso gozar de la misma consideración que van Loo, no lo logró jamás. Los reyes españoles de la época prefirieron a pintores como el bohemio Mengs o el español Maella.

Tal vez no sea ajeno a esa menor valoración de Meléndez frente a sus contemporáneos el que éste se especializase en la pintura de bodegones, género "menor" frente al retratismo o las composiciones de cualquier tipo con figuras. En este campo concreto si tuvo el reconocimiento real plasmado en el contrato para que realizase cuarenta y cuatro bodegones con destino al Palacio Real de Aranjuez y que se conservan, en parte, en el Museo del Prado.

Hoy, en cambio, su obra se ha revalorizado hasta considerarle uno de los grandes pintores del XVIII, una de las figuras que, junto al ya citado Maella, Luis Paret y los hermanos Bayeu, cubren el periodo entre Velázquez y Goya, un paréntesis que no fue, bajo ningún concepto, un desierto para la pintura española. Nada hay más propio de la pintura española que las naturalezas muertas, un género creado por Sánchez Cotán, cultivado por Felipe Ramírez (del que sólo se conserva un único bodegón, pero de calidad extraordinaria), perfeccionado por Juan van der Hamen y León y llevado a su perfección por Zurbarán. Por descontado, no sólo en España tuvo éxito esta plasmación de la belleza, de la poesía de lo cotidiano. Holanda, por ejemplo, tiene también su propia escuela de bodegonistas, con figuras como Pieter Claesz, Willem Claesz Heda y Jan Davidsz de Heem que tienden a composiciones más recargadas de elementos y a representar objetos lujosos (en especial, los dos últimos) frente a la sobriedad española. No obstante, el final del bárroco supone una vuelta a la simplicidad ejemplificada por el francés Chardin.

Esta misma sencillez es la que alienta a Meléndez. Nada más simple, aparentemente, que sus composiciones elaboradas con objetos y alimentos cotidianos como puede apreciarse por los títulos: Besugo y naranjas, Cantarilla y pan, Plato de cerezas y queso..., pero todo ello perfectamente captado en sus texturas, sus brillos, sus colores... con una técnica perfecta ante la que referirse a esos cuadros como naturalezas muertas parece un insulto porque respladecen de vida, de realidad.

Hoy, cuando el género de los bodegones ha sido reivindicado por movimientos como el cubismo, Meléndez no parece inferior a nadie. Tal vez por ello, para paliar una injusticia artística, el museo del Prado después de la muestra dedicada a Manet no ha encontrado mejor sucesor que la exposición temporal de obras de Meléndez. Cuarenta bodegones (16 de los conservados en la pinacoteca madrileña y 24 procedentes de otros museos y colecciones privadas) muestran la perfección alcanzada por el pintor español. Junto a los lienzos se exponen objetos semejantes a los plasmados por Meléndez, cerámicas, chocolateras... de forman que permiten la comparación entre la realidad y su representación artística. Un auténtico goce para los sentidos.
18/02/2004 19:00 Enlace permanente. Tema: Cajón de sastre

19/02/2004

Lo que las tijeras no pueden cortar

pornografia.jpgEl poeta checo Jaroslav Seifert escribió:
"Alguna vez nos atan los recuerdos
y no hay tijeras que puedan cortar
hilos tan fuertes
¡O cuerdas!"

Que vivimos en un mundo en el que la hipocresía campa por doquier no es ningún secreto para nadie, que la misma gente que no toleraría intromisiones en su vida privada adquiere publicaciones dedicadas a fisgar los secretos ajenos, que la misma iglesia que pone el grito en el cielo por la posibilidad de que se permita contraer matrimonio e incluso adoptar hijos a las parejas homosexuales (¿en qué siglo creerá que estamos, en el XXI o en el IX?) tiene un comportamiento bien distinto cuando uno de sus ministros se encuentra acusado de pederastia, que... (prosigan Vds. mismos la relación poniendo los casos que se les ocurra).

Todo esto se le debe haber venido encima a la nueva musa del cine alemán, Sibel Kekilli, protagonista de la película "Contra la pared", triunfadora en el reciente festival de cine de Berlín. Esto fue la semana pasada y ya parece viejo, que la interpretación de Kekilli sea memorable según las personas que han visto la película (que no es mi caso) parece ser una menudencia porque lo que realmente interesa hoy es el descubrimiento de que Sibel Kekilli actuaba antes con el nombre artístico de Dilara en películas de porno puro y duro. Escándalo hipócrita habemus (y van...) comenzando por un papá de la criatura que se muestra avergonzado por el pasado de su hija y que declara que no quiere volver a verla (si este argumento lo pillara Calderón haría un maravilloso drama sobre el honor entendido como mantener el coño alejado de sospechas). Todo esto me da un tufo a naftalina rancia que hace que me plantee en qué quedan, en realidad, los avances en materia de libertad sexual en el siglo pasado. Si eres homosexual no puedes casarte, no puedes adoptar hijos, si eres actriz porno no puedes ser buena actriz (como ya tuvo ocasión de comprobar Ginger Lynn), si te gusta que una señorita te haga un buen francés se te puede custionar como presidente de los EEUU, si tienes una supuesta amante puede que no seas un buen candidato demócrata... como si la añeja concepción del honor del Siglo de Oro español nos atara más que las libertades individuales (entre las que figura las de vivir la sexualidad cómo y con quién nos dé la gana mientras no se haga daño a nadie).

Con perdón, cuánta mierda y cuánta hipocresía. No estamos atados al pasado, podemos aprender de él pero esto no nos niega la libertad de elección. Podemos (y debemos) revelarnos contra consideraciones trasnochadas. Sólo así podemos avanzar como sociedad en la dirección correcta, en la de un aumento de las libertades individuales y de su libre ejercicio.

24/02/2004

Todo lo que Vd. siempre quiso saber sobre el método histórico...

arostegui.jpg... y nunca se atrevió a preguntar podría ser el título de esta magnífica obra de Julio Aróstegui. El autor, no obstante, ha optado por algo más académico y sin tantas resonancias allenianas: La investigación histórica: Teoría y método. (Ed. Crítica. Barcelona, 2001. 455 Pág.).

En estos tiempos de Historia en potitos (es decir, en la que toda obra histórica parece que debe ser escrita para tontos por aquello de facilitar su digestión mental -si lo dudan. observen lo que están publicando La esfera de los libros, Planeta...-) ya era hora de que alguien rompiera esa baraja de simplificaciones excesivas. "La investigación histórica..." no es una obra de fácil lectura ni tampoco es aconsejable para quién no tenga ni idea de la metodología de la Historia. Por el contrario, es una obra ardua, que obliga a ir pensando en cada momento qué es lo que ha querido expresar el autor (si desean un texto de carácter más divulgativo pueden empezar con Introducción a la Historia Antigua por J. M. Roldán Hervás. Ed. Istmo. Madrid, 1975. 296 Págs.)

El Sr. Aróstegui divide su obra en tres secciones, Teoría, Historia e historiografía (La naturaleza de la disciplina historiográfica); La teoría de la historiografía (La construcción del conocimiento historiográfico); y Los instrumentos del análisis histórico (El método de la Historiografía) de complejidad creciente. Partiendo de una cita demoledora de Henri Berr: "La crisis de la Historia... el estado inorgánico de los estudios hitóricos... proviene de que un excesivo número de historiadores jamás reflexionaron sobre la naturaleza de su ciencia." algo que es tan cierto hoy como en la fecha en la que lo escribió el autor francés (en la década de 1950), D. Julio pretende paliar esa ignorancia extendida incluso entre sus propios profesionales sobre el método histórico (si me permiten un apunte personal, un servidor no llegó a tener conocimiento en sus años de estudiante ya no de la metodología histórica sino, ni siquiera, de que tal cosa existiera) partiendo desde el principio, la compleja definición de Historia. Compleja porque un mismo término tiene dos significados distintos, la Historia es tanto la realidad en la que el ser humano vive (o ha vivido); pero también la disciplina que intenta el conocimiento y explicación de esa realidad.

Esta ambivalencia del término puede parecer trivial pero crea problemas epistemológicos porque un mismo término no debe hacer referencia al objeto estudiado y a su estudio. Por ello, se emplea para lo primero el término Historia y para el segundo el término historiografía.

Aclarados los términos generales, el autor reflexiona sobre el lenguaje historiográfico. Si cualquier disciplina emplea (en mayor o menor medida) un lenguaje específico, la historiografía no lo hace. El uso, además, de metáforas como "ocaso" o "florecimiento" crea una confusión entre la literatura y la historiografía a la que no es ajeno el origen de ésta como una forma literaria más. No obstante, cuando ese origen común evolucionó en dos formas muy distintas, el nacimiento de un lenguaje historiográfico específico hubiera debido ser una necesidad que, no obstante, jamás se ha cumplido. Sólo ahora (y más por una influencia de las demás "ciencias sociales" que por creación propia) aparecen términos como "microhistoria".

Si esto sucede con el lenguaje, no es de extrañar que la propia metodología (para algunos historiadores) siga anclada en el pasado de la historiografía concebida como una narración cronológica en medio de un desinterés epistemológico que ha sido denunciado, entre otros por Carlo Cipolla: "los historiadores se han preocupado muy pocas veces de explicar, no sólo frente a los demás, sino también para sí mismos, la teoría a partir de la cual recomponían los datos básicos recogidos." Como señala correctamente el Sr. Aróstegui esa despreocupación metodológica tiene una explicación en la manipulación de la historiografía. Si ésta es el discurso creado para complacer a una élite, para pretender demostrar la superioridad de una ideología social, religiosa, política o de cualquier otro tipo, si la historiografía era interesada no tenía ningún sentido buscar una justificación teórica desinteresada. No obstante, y frente a esta consideración tradicional de que la Historia la escriben los vencedores, ya desde finales del S XIX se defendió que al igual que la Ciencia es el empleo del método científico, la historiografía es el empleo del método histórico.

Como vemos, muchas propuestas para la reflexión, muchas llamadas a la autocrítica y estamos sólo en la etapa inicial de plantear los problemas (todo esto está contenido en el primer capítulo de la primera sección). La respuesta a estos problemas, las posibles soluciones que se han dado históricamente, las distintas corrientes, tendencias... son, a continuación, analizadas en profundidad. La diferencia entre ciencias naturales y ciencias sociales, las dificultades derivadas de la aplicación del método histórico, los problemas de fuentes, la cronología, la globalidad, la influencia de las diversas corrientes filosóficas desde el marxismo a la postmodernidad en la Historiografía... llenan la primera sección para dar un marco histórico a la sección segunda ¿cómo se construye un discurso historiográfico? y a la tercera ¿qué es el método historiográfico?.

Un libro difícil, complejo, pero muy necesario que, por desgracia, ni va a ser conocido por muchos estudiantes ni, pero aún, por demasiados historiadores. Así nos va la fiesta como nos va, con libros de Historia que parecen novelas de caballerías y documentales históricos que parecen "peplum" de serie B.
24/02/2004 20:05 Enlace permanente. Tema: Teoría de la Historia

27/02/2004

¿Conoces mi método, Watson? (I)

historiador.jpg¿Por qué es fundamental el conocimiento del método historiográfico? Tomemos dos libros sobre Historia. En uno de ellos se pretende (por poner un ejemplo) que los moais de la isla de Pascua fueron construidos por extraterrestres del planeta Raticulín de Abajo. En otro, que son fruto de la civilización humana que floreció en esa isla entre los siglos XI-XIV. Evidentemente y a priori pueden estar ambos equivocados (por ejemplo, si los moais los hubieran erigidos, en realidad, atlantes del XI milenio A. de C.), tener razón uno u otro; pero no pueden tener razón ambos de forma simultánea. Así pues, imaginemos un lector completamente libre de prejuicios que se pregunta ¿cómo puedo saber cuál de estas dos hipótesis es más digna de crédito?

Por supuesto, lo que no deberíamos hacer es pensar "¿Extraterrestres escultores? Este autor debe haberse escapado del pabellón psiquiátrico Hannibal Lecter o fumarse toda la María de West Side Story." ni "¿Extraterrestres escultores? Sí, esta es una teoría que me gusta, heterodoxa, rompedora..." (y digo que no deberíamos porque soy demasiado viejo como para ignorar que eso es, precisamente, lo que suele hacerse incluso en los "respetables" ambientes académicos). La prueba del nueve consiste en ver cuál de esos autores ha escrito su obra de acuerdo con el método historiográfico. Para ello, claro, hay qué saber qué es eso.

Prescindamos del primer paso del investigador histórico que es, por supuesto, determinar qué tema va a tratar, qué teoría tiene en principio, qué considera necesario para probar su teoría (o para olvidarla)... ya que lo que nos interesa es la capacidad como lectores para juzgar si uno de esos dos libros es un discurso histórico o si ninguno cumple con esa calificación.

Una vez que el autor ha considerado esos puntos preliminares, debe ponerse manos a la obra. Su paso inicial es la búsqueda de fuentes (y olvídense de contratar a un zahorí porque no van por ahí los tiros). En metodología histórica una fuente es: "Todo aquel objeto material, instrumento o herramienta, símbolo o discurso intelectual, que procede de la creatividad humana, a cuyo través puede inferirse algo acerca de una determinada situación social en el tiempo." (La definición es de D. Julio Aróstegui en la obra citada en el anterior artículo, Pág. 380).

Como vemos, dentro de esa definición entra casi cualquier cosa (y eso aconseja que la formación de un historiador debiera ser plural tanto en contenidos de lo que popularmente llamanos "letras" como de "ciencias". Al menos se lo aconseja a cualquier persona que tenga un poco más de inteligencia que los ministros de Educación españoles). Para poner algo de orden, se proponen diversos criterios para su ordenación, para su taxonomía, entre los que hay cuatro criterios básicos, posicional, intencional, cualitativo, formal-cuantitativo.

El criterio posicional divide las fuentes históricas en directas e indirectas. Todo ello parece bastante complicado, pero en realidad es bastante sencillo. Supongamos que estamos ante un texto que describe la ejecución en la guillotina de Luis XVI. Será una fuente directa si procede de un testigo presencial del hecho e indirecta si no es ése el caso.

El criterio intencional divide las fuentes históricas en testimoniales y no testimoniales. Las primeras serán aquéllas que nacen de la voluntad de pervivencia, de ser un testimonio para el presente y el futuro. Las segundas son las que nacen fruto de un acto inintencionado (por supuesto, entiéndase que inintencionado para que constituyan un testimonio). Nuevamente, parece esto más complejo de lo que es. Pensemos en el político X que escribe un artículo titulado "El chapapote del Prestige embellece las costas de Finisterre" en el que defiende su propia actuación en el caso. Estamos ante una fuente histórica testimonial (por cierto, y si no lo sabían, el que algo sea considerado "fuente histórica" no implica que sea cierto, pero esto lo veremos en el siguiente artículo. De momento, valga el apunte). Pensemos, por contra, en un escribano de la Edad Media que señala que el 16 de agosto de 1357 el precio del pan en Medina del Campo era de medio madaverí la hogaza grande. Estamos ante una fuente no testimonial aunque parezca lo contrario (recuérdese que hablamos de intencional e inintencional en el sentido de que constituya o no un testimonio de cara al presente y al futuro). Dentro de cada una de estas categorías de fuentes testimoniales y no testimoniales se distinguen dos subcategorías, materiales y culturales. Por ejemplo, son fuentes testimoniales materiales las estelas conmemorativas y funerarias, las esculturas erigidas en recuerdo de un hecho... son fuentes testimoniales culturales las crónicas, las memorias, las epopeyas, las tradiciones orales... son fuentes no testimoniales materiales los útiles, el menaje, las monedas no conmemorativas, la arquitectura no suntuaria... son fuentes no testimoniales culturales los documentos administrativos, económicos y jurídicos.

El criterio cualitativo divide las fuentes históricas en materiales y culturales. Por ejemplo, una raedera paleolítica es una fuente material, un documento jurídico es una fuente cultural. Simplificando, si en la fuente lo importante es el objeto estaremos ante una fuente material. Si lo significativo es lo que dice, estaremos ante una fuente cultural (y es una simplificación porque hay fuentes que participan de ambas consideraciones). Dentro de las fuentes culturales se distinguen fuentes culturales narrativas (por ejemplo, una biografía) y no narrativas (por ejemplo, un documento económico).

El criterio formal-cuantitativo divide las fuentes históricas en seriables y no seriables. Por fuente históricas seriable se entiende aquellas que: "está compuesta de muchas unidades o elementos homogéneos, susceptibles de ser ordenados, numéricamente o no." (Nuevamente, la definición es del Sr. Aróstegui. Op. cit. Pág. 389). Ojo, por criterio cuantitativo no se entiende tanto el que haya varias fuentes como el que los datos dentro de la fuente sobre un mismo hecho sean coherentes entre sí.

Bueno, ya tenemos localizadas y organizadas las fuentes históricas (lo que se conoce como heurística) ¿Qué hacemos ahora con ella? La respuesta, después de la publicidad, digo, en el próximo artículo.
27/02/2004 03:44 Enlace permanente. Tema: Teoría de la Historia

29/02/2004

¿Conoces mi método, Watson? (II)

critico.gifBueno, supongamos que ya tenemos un montón de fuentes históricas localizadas y ordenadas. ¿Qué hacemos ahora? Proceder a la crítica fontal (no me he comido una "r", es fontal de fuente no frontal de frente), al análisis documental que debe tener una doble orientación, análisis de fiabilidad y análisis de adecuación.

Como casi siempre, esto queda muy bonito sobre el papel (o sobre la pantalla con sus electrones cien por cien reciclables), pero hay algún problema que no debe ser olvidado. El primero es que los hechos históricos son inferidos desde los restos (materiales, culturales...) que haya dejado, es decir, que inferimos los hechos desde las fuentes pero las fuentes pueden presentar una versión distorsionada (voluntaria o involuntariamente) del hecho (por eso la necesidad de la crítica fontal). Un segundo problema que ya habrán podido advertir por el anterior artículo es la pluralidad de las fuentes (documentos de todo tipo, restos materiales, tradiciones orales, creaciones artísticas...) muchos de los cuales presentan problemas específicos, emplean convenciones propias que no debemos perder nunca de vista. Añadamos que, como fruto de ambos problemas, es muy frecuente que nos encontremos con fuentes que apuntan en direcciones contrarias para comenzar a comprender las dificultades que plantea el análisis fontal.

Dificultad que, no obstante, no es insalvable puesto que es superable con conocimiento y sentido común. Comencemos con el análisis de fiabilidad o lo que es lo mismo ¿hasta qué punto es fiable una fuente histórica? Esta pregunta plantea un doble problema ¿la fuente es auténtica? Si lo es ¿es creíble? En la contestación a la primera pregunta la Ciencia ha echado una mano importantísima a la historiografía. No sólo por las técnicas de datación como el Carbono 14 o la Termoluminiscencia sino también por los análisis químicos de tintas, pigmentos... que han permitido que algunas fuentes históricas hayan pasado a la categoría de falsificaciones. No obstante, permítanme una advertencia. Durante mucho tiempo se ha considerado que el objetivo de la crítica fontal era extraer de las diversas fuentes sólo aquéllas que reunieran criterios de autenticidad, veracidad y objetividad. Hoy no subscribiría esa opinión. Entiéndanme, no es que el investigador histórico se pueda permitir el lujo de comulgar con piedras de molino (notoriamente indigestas), de confundir a Dios con un zapato (según un dicho popular que me encanta), de equiparar falsificaciones y tergiversaciones con fuentes auténticas, veraces y objetivas; sino que de las tergiversaciones y falsificaciones también pueden extraerse conclusiones válidas en forma de respuesta a las preguntas ¿por qué alguien se molestó en falsificar y/o tergiversar una fuente? ¿Por qué la falsificó y/o tergiversó en ese sentido determinado y en no en otro de los posibles?

La respuesta a la segunda pregunta ¿hasta qué punto es creíble una fuente? debe contestarse desde la coherencia interna y externa. Coherencia interna porque en una fuente auténtica puede haber interpolaciones posteriores (un ejemplo de ello lo vimos, si lo recuerdan, cuando revisamos las fuentes para la leyenda de la papisa Juana; otro, fue el desopilante error de Íker Jiménez con su "investigación" sobre el llamado hombre-pez de Liérganes). Coherencia externa porque, con frecuencia, las fuentes no son coincidentes y ello supone que hay que establecer una jerarquización, pero ¿cómo determinar qué fuentes son las que ocuparán los puestos más altos en la jerarquía? Pues muchas veces es una mera cuestión de sentido común. Pongamos un ejemplo ficticio. Supongamos que encontramos una estela del rey neobabilonio Nabucodonorsocito IX "Zampabollos" con la narración de su gran victoria sobre el ejército asirio de Salsipuedes IV "Bestiajo" lo que plantea el problema de que ya era conocida otra estela asiria coetánea en la que Salsipuedes IV conmemoraba su victoria sobre los ejércitos neobabilonios. Supongamos, también, que en la misma época en que se erigen ambas estelas, se documenta una destrucción rápida y violenta de diversas ciudades neobabilonias y un florecimiento de las asirias, que en ellas se encuentran diversos objetos preciosos de factura neobabilónica... Si fueran Vds. historiadores ¿a qué fuente considerarían fiable y a cuál no? La respuesta está bastante clara. Puesto que la estela asiria es coherente con los demás hechos conocidos mientras la neobabilónica no lo es, es aquélla la que es fiable y ésta la que es mendaz. No obstante, en otros casos la jerarquización de fuentes no es tan clara por escasez de fuentes, por falta de investigaciones que conformen un marco de referencia para evaluar la coherencia de una fuente en concreto...

En resumen, el análisis de fiabilidad de las fuentes debería contemplar procesos como:

"Autenticidad:
Técnicas de datación (estratificación, radiactividad, comprobación de dataciones explícitas).
Técnicas lingüísticas (lexicografía, análisis del de la lengua), erudición literaria y crítica histórica.
Análisis de la historia de la fuente.

Depuración de la información:
Coherencia interna de la fuente (rastreo de interpolaciones).
Comprobación externa de la información.
Investigación por encuesta o cuestionarios comparativos.

Contextualización:
Técnicas de clasificación documental.
Análisis de o de documentos.
Comparación de fuentes diversas." (Cita del Sr. Aróstegui, Op. cit. Págs. 394-395).

El análisis de adecuación supone la respuesta a otra pregunta bien distinta ¿qué puedo inferir y qué no de las fuentes históricas tanto de forma directa como indirecta? Cualquier búsqueda de fuentes viene precedida por un deseo del investigador histórico de estudiar unos procesos sobre los que formula una hipótesis previa. El investigador debe establecer un mínimo de fuentes (mínimo tanto en términos cualitativos como cuantitativos) que le permitan seguir manteniendo la hipótesis de partida y que, en caso de no alcanzar, debe ser desechada. Estas fuentes deben poder ser contrastadas y comparadas con otras fuentes. Es decir, las fuentes son adecuadas "cuando pasado ese umbral mínimo a que aludimos de relación entre lo que se pretende preguntar y a qué o a quién se le pregunta , hay de ellas suficiente calidad y variedad -formal y de contenidos- y cuando han superado una suficiente evaluación de su fiabilidad" (Cita del Sr. Aróstegui, Op. cit. Pág. 396).

Ya tenemos un criterio para saber si una obra determinada puede ser calificada como historiográfica, como historiografía patológica o como pseudohistoria: ¿El autor ha efectuado una correcta crítica fontal tanto por análisis de fiabilidad como por análisis de adecuación (en cuyo caso sería una obra historiográfica), no incluye más que la fuentes que confirman su hipótesis excluyendo injustificadamente las que la niegan (en cuyo caso sería una muestra de historiografía patológica) o, sencillamente, se pasa las crítica fontal por el "arco del triunfo" (en cuyo caso estaríamos ante una obra pseudohistórica)?

No obstante, no debemos detenernos aquí porque la necesaria crítica fontal no es la escritura de una obra historiográfica sino su paso previo. Dado que ya les he aburrido bastante por hoy, la pregunta ¿cómo se debe escribir una obra historiográfica? será contestada en el siguiente artículo de la serie.
29/02/2004 03:25 Enlace permanente. Tema: Teoría de la Historia


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