El triunfo de ClíoBlog sobre Historia y sobre historia de la Historia. Se permite la libre reproducción de todos los contenidos con el único requisito de citar la procedencia.
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Todos iguales Pocos cuadros resultan más desoladores que "El Triunfo de la Muerte" de Pieter Brueghel . Ese ejército de perros, caballos y hombres reducidos a esqueletos que se arrojan sobre los vivos para llevarlos consigo supone la constatación de una verdad evidente, ante la muerte todos somos iguales. Hombres, mujeres, un rey, soldados, un bufón... todos son avasallados por las hordas esqueléticas. Las distintas actitudes de los personajes, el hombre que desafiante desenvaina la espada, el bufón que se esconde bajo una mesa, la mujer que intenta huir, la que se agarra la cabeza entre las manos... son igualmente inútiles. Sólo una pareja de enamorados parecen ajenos a la atroz escena... hasta que advertimos que sobre la cabeza de la mujer aparece un esqueleto burlón tañendo un instrumento musical. Ni siquiera el amor confiere algún tipo de esperanza, éste es el desolador mensaje de esta vanitas. Ante la muerte, todos quedamos igualados, pero ¿y hasta entonces?"Todos somos iguales, pero algunos somos más iguales que otros" es una frase que se ha hecho famosa. Voy a contarles una leyenda (reitero que es eso). Friburgo, 1312. Los asistentes a los servicios religiosos de la catedral escuchan un estruendo. Al princio piensan en un trueno, pero pronto la gente comienza a dirigirse hacia el monasterio de San Martín en donde parece haberse originado la explosión. El prior explica a la multitud que un extraño accidente ha sucedido cuando el fraile Berthold Schwarz estaba triturando "sal pétrea". La humareda y el olor a azufre que llenaban la sala en la que realizaba sus experimentos muestran la intervención del demonio. Después se aclara que el fraile había mezclado y machacado en un almirez "sal pétrea", azufre y carbón vegetal y que sobre el polvo resultante había caído una chispa ocasionando la terrible explosión que había conmocionado Friburgo. Fray Berthold acababa de inventar la pólvora. Esta leyenda (en realidad la pólvora fue introducida en Europa por los árabes) no obstante, es interesante por una causa, desde muy pronto la pólvora se considera una invención demoníaca. ¿Por qué? Podemos pensar en que la respuesta es obvia, la pólvora es peligrosa. Se emplea en la guerra y mata. ¿Por qué, entonces, la pólvora se demoniza y el arco no? Bueno, el olor a azufre que deja su uso hace pensar en las calderas de Pedro Botero. Es una posibilidad, pero hay otra arma cuyo uso se prohibió en las guerras entre cristianos (en la guerra con los musulmanes sí podía usarse) pese a que no dejaba olores sospechosos, la ballesta. ¿Qué tienen en común ambas? Que hacían que los participantes en una batalla igualaran sus posibilidades de morir. Temo que la idea que tenemos de un combate medieval están distorsionadas por películas made in "Jolibú". Pensemos en un caballero medieval de finales de la Edad Media. Acudía a la guerra montado en un caballo de batalla (es decir, más alto y robusto de los habituales para los usos pacíficos). Iba acorazado de la cabeza a los pies y tenía otra ventaja, toda su vida se había entrenado para la lucha. Frente a él se encontraban otros caballeros como él y sus mesnadas. Olvídense de cualquier representación moderna de infantes uniformados, capaces de realizar acciones coordinadas, con armas más o menos decentes... porque la mayoría eran campesinos sin instrucción militar alguna y mal equipados (las armas costaban muy caras). Unamos a ello que los caballeros tenían más interés en capturar a sus iguales enemigos que en matarlos (por un cadáver no se pagaba rescate) y tendrán una imagen bastante más realista de lo que pasaba. Un caballero tenía muchas menos posibilidades de morir en combate que los infantes. Sólo había un arma capaz (y eso con suerte) de igualar las tornas, el arco largo; pero su uso preciso requería años de entrenamiento. Sólo en Inglaterra y Gales se practicaba su uso con frecuencia. A poco que pensemos en esa situación nos daremos cuenta de sus consecuencias, los caballeros (que pertenecían a la nobleza feudal) tenían los privilegios y tenían el poder militar. Cualquier revuelta campesina podía ser aplastada sin demasiada dificultad y sin excesivo derramamiento de sangre... azul. En realidad, el mayor peligro que corría un caballero era el verse descabalgado. El peso de la armadura le inmovilizaba dejándole indefenso y a merced de una daga insertada a través de las articulaciones de la coraza o de un pico de guerra clavado en las ranuras del yelmo para permitir la visión. Sin embargo, ese orden se vio perturbado por la ballesta, cuyos virotes podían atravesar una coraza y que no precisaba el continuo entrenamiento de los arcos. No obstante, tenía dos problemas. El primero es que conforme aumentaba la resistencia de las armaduras se tuvo que incrementar la potencia de las ballestas. La verga (es decir, el arco) metálica fue la solución, pero trajo aparejada una nueva complicación. La fuerza necesaria para tensar la cuerda era considerable, tanto que era difícil hacerlo a mano pese al añadido de un estribo en la boca de la ballesta que servía para sujetarla con el pie mientras se empleaban ambas manos para hacer retroceder la cuerda. Un nuevo artilugio hizo su aparición, el armatoste, un conjunto de manivelas y poleas que permitían armar la ballesta. Si consideramos el significado que terminó adquiriendo en español la palabra armatoste (algo aparatoso y de poca utilidad) tendremos una idea aproximada del tiempo que se precisaba para hacer un disparo. El segundo problema es que la humedad afecta a la cuerda destensándola (de ahí deriva la expresión "mear las cuerdas" como sinónimo de estropearle a alguien un negocio) y si armar una ballesta no es algo fácil, cambiar la cuerda es aún peor. Pese a todo ello, con una ballesta en las manos un ganapán podía enviar a un caballero a reunirse con sus antepasados. La respuesta, claro, fue prohibir su uso militar entre cristianos, aunque el éxito que tuvo en actividades venatorias permitió su difusión. Los caballeros dejaron de estar tan seguros como antes. Si la ballesta les puso en peligro, las armas de fuego terminaron por convertir la caballería acorazada en una reliquia del pasado. Por supuesto, no fue algo rápido. Las primeras armas de fuego hacían más ruido que daño. Pesadas e imprecisas (no sólo las primeras fórmulas de pólvora eran poco potentes por la inadecuada proporción de los componentes sino que además el salitre -o sal pétrea- solía obtenerse rascando las paredes con lo que era más impuro que los pensamientos de un adolescente), mostraban, además, cierta peligrosa tendencia a explotar. Hay un manuscrito miniado inglés de 1326 (De officiis regum de Walter de Milimete) que muestra una escena que habla por sí misma. Una bombarda dispuesta sobre unos caballetes y un artillero (con loriga) que la dispara mediante un largo palo con una mecha en su extremo. Como todo progresa en este mundo (especialmente si se trata de medios para matar más y mejor al enemigo) las armas de fuego se hicieron portátiles (bueno, o algo así porque la considerada como arma de fuego portátil más antigua conservada, la bombardilla de Loshult -hacia 1350 y que se expone en el Museo Histórico de Estocolmo- pesa algo más de 9 kilos). De fecha posterior en unos cuarenta años en el mismo museo se conserva un trueno de mano cuyo peso no llega al kilogramo. No obstante, seguían sin ser armas demasiado útiles. Las prácticas realizadas empleando réplicas y pólvora similar a la de la época dejan su empleo efectivo reducido a menos de 50 metros. No obstante eran armas fáciles de fabricar y mucho más baratas que los pertrechos de un caballero. El perfeccionamiento de las armas con gancho (en alemán, haken-büchse) así llamadas por tener un gancho en el cañón que se sujetaba en un parapeto para limitar el retroceso, daría lugar a un arma mucho más temible, el arcabuz. El empleo de arcabuceros combinados con artillería supondría el fin de una forma de combatir. La caballería acorazada desaparece y esa eliminación tendría consecuencias sociales obvias. El papel de la infantería se vuelve decisivo y con ello comienza el declive de los privilegios nobiliarios. 16/04/2004 02:20 |
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