El triunfo de Clío

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El avispero (III)

justiniano.jpgEs sabido que en el 395 a la muerte de Teodosio el Grande, el Imperio Romano se divide entre sus dos hijos, Arcadio recibe el Imperio de Oriente con capital en Constantinopla y Honorio el de Occidente con capital en Rávena desde el 404. Es sabido, igualmente, que el Imperio de Occidente no sobrevivió demasiado a la división. En 476 es depuesto el emperador Rómulo Augústulo lo que cierra definitivamente (en realidad, sólo evidenció lo que ya estaba claro, que el Imperio de Occidente era un inmenso cadáver desde hacía tiempo) la historia del Imperio Romano en Occidente.

Tal vez la idea de la historiografía romántica (Gibbon) de que el Imperio de Oriente sólo fue una perduración de la decadencia del Imperio Romano haya creado demasiados prejuicios que, en algún caso, todavía hoy perduran. Sin embargo, la constatación de que pervivió durante mil años más (con crisis y resurgimientos que veremos a continuación) obliga a poner en solfa esa interpretación. Si Occidente sucumbió a las "invasiones bárbaras" Oriente supo capear las invasiones gracias a una diplomacia hábil. Por ejemplo, Zenón cuando vio amenazado el Imperio Romano de Oriente (que desde ahora llamaremos Imperio Bizantino) por los ostrogodos (que se habían establecido en Panonia al ser destruido su reino -situado originariamente a orillas del mar Negro- por los hunos de un tal Atila) de Teodorico (488) nombró a éste magister militum (señor del ejército) y cónsul y lo envió a Italia donde fundó el reino ostrogodo de Italia después de vencer a Odoacro y tomar la capital de Rávena. Si los bizantinos consiguieron superar este obtáculo tuvieron, por contra, un problema que, con diversas variantes, les perseguirá a lo largo de toda su historia, la religión. La ortodoxia cristiana fijada en el concilio de Nicea fue la favorecida por Teodosio II, pero fue criticada por Nestorio que, de las dos naturalezas que la Iglesia cree que se reúnen en Cristo (humana y divina), ponía énfasis en la naturaleza humana. El tercer concilio de Éfeso (431) condenó esta doctrina nestoriana, pero no por ello desapareció. No sólo siguió existiendo en algunas provincias del imperio sino que cristianos nestorianos fueron acogidas en el imperio rival de Bizancio, el Persa de los Sasánidas por aquello de que "los enemigos de mi enemigo son mis amigos." Si la "herejía" nestoriana causó problemas, aún más graves fueron los ocasionados por la "herejía" contraria, el monofisismo (es decir, que en Cristo sólo hay una naturaleza real mecla de humana y divina). Muy extendida en Egipto y Siria pese a la condena del cuarto concilio de Calcedonia (451), su persecución causaría un permanente resentimiento contra Constatinopla en ambas provincias.

Pocas veces quedan más palpables estas diferencias entre religión estatal y religión real que bajo el reinado de Justiniano, el más "romanista" de los emperadores bizantinos. Es sabido que recopiló el derecho civil romano en el Corpus iuris civilis, que intentó reconstruir el Imperio Romano de Occidente mediante conquistas en el Norte de África (destrucción del reino Vándalo en la batalla de Tricamerón -533-), del reino ostrogodo de Italia vencido por el general Belisario (539) que, posteriormente, fue derrotado por un reconstruido ejército ostrogodo que fue definitivamente derrotado por el general Narsés (552), y en la España visigoda (551) aunque ninguna de estas conquistas fuera más allá -salvo en Italia- de la posesión de algunos enclaves porque Bizancio tenía problemas en Oriente tanto con el Imperio Persa que atacó Siria (la paz sólo se logró con el pago de un cuantioso tributo) como con pueblos "bárbaros" que habían ocupado las tierras abandonadas por los godos, visigodos, ostrogodos, francos, alanos... cuando invadieron el Imperio Romano. Uno de esos pueblos eran los eslavos. Esa política "romanista" tuvo su reflejo en la religión con el cierre de la escuela de Atenas (uno de los últimos reductos del "paganismo") y con el compromiso firmado con el Papa (529) de persegir las herejías existentes en Bizancio. Si Justiniano pensaba en la persecución de los herejes (fundamentalmente los monofisitas) su mujer, la emperatriz Teodora, creía lo contrario. Se daba cuenta de que la persecución acarreaba problemas en una provincia amenaada como Siria y que, por tanto, lo mejor era llegar a algún tipo de acuerdo con los "herejes". La política religiosa cambiante de Justiniano ocasionó que en occidente se viera a Bizancio como sospechoso de tibieza religiosa. Esa interpretación tendría consecuencias más adelante.

También lo tendría la propia estructura militar y económica de Bizancio a partir de Heraclio (610-641). Si Justiniano había seguido pretendiendo que el Imperio Bizantino era la prolongación del Romano, Heraclio heleniza el imperio. Al título de imperator le sustituye por el de basileus. Enfrentado a la amenaza persa que había conquistado casi toda Siria responde con una ofensiva militar en la que obtiene las victorias de Nínive y Ctesifonte además de rechazar un doble ataque contra Constantinopla de ávaros y eslavos por un lado y persas por otro (626). Al centrarse en la defensa del propio territorio sus últimas guarniciones son expulsadas de España en el 624 (en el 568 ya habían perdido casi toda Italia -excepto Rávena, el sur de la Península y algunos enclaves en Sicilia- a manos de los lombardos que Narsés había llevado allí como tropas mercenarias) mientras ávaros y eslavos atacan la frontera norte del Imperio. Aún peor, la derrota de la Persia sasánida favorece la llegada de un nuevo enemigo, los árabes. Su victoria en Yermuck (636) supuso la pérdida para Bizancio de las provincias de Siria y Egipto, auténticos graneros del Imperio. Para intentar impedir el desastre, se permite a las tribus eslavas la ocupación de los Balkanes a cambio de su fidelidad al basileus bajo el reinado de Constatino II Pogonatos (641-668) y, por supuesto, de su ayuda militar aunque lo que salvó a Bizancio fueron las guerras civiles que estallaron entre los árabes en la segunda mitad del S VII y que concluyeron con la confirmación de la dinastía Omeya en el trono. Heraclio procede a reorganizar el imperio. Lo divide en temas (o themas) provincias tanto políticas como militares bajo el mando de estrategas (o stratigos) que dependen directamente del basileus. Se asientan en ellas colonos-militares, los stratiotas, que reciben tierras suficientes para su sustento y para el armamento. Estas tierras eran trasmisibles por herencia. Al menos en Bitinia, los stratiotas eran de origen eslavo y posiblemente lo fueron en más casos dado que se produjo una crisis demográfica como consecuencia de las campañas militares y la pérdida de las ricas provincias de Siria y Egipto. Como consecuencia de esta reorganización, tanto los stratiotas como los campesinos libres se ven vinculados a los latifundios lo que terminará generando la existencia de una nobleza militar-campesina que entrará en conflicto permanente con la nobleza burocrática (aunque hablemos de nobleza burocrática, debe entenderse en un sentido muy particular porque los altos cargos -salvo el de basileus, claro- no eran hereditarios). Así mismo, Heraclio procede a intentar zanjar, de una vez por todas, las querellas religiosas mediante el documento "Ectesis" en el que se reconoce la doble naturaleza de Cristo, pero como concesión a los monofisitas, se afirma una única voluntad y energía. Es el llamado monotelismo. También intenta revitalizar la agricultura protegiendo los derechos de los agricultores con el Código Rural y el comercio mediante el Código Naval Rodio. Todas estas reformas parecen tener efecto cuando entre 674-678 se rechazan intentos árabes de conquistar Constantinopla. Sin embargo, Justiniano II sufre una gran derrota en Sebastópolis (692) que supone la pérdida de todo el norte de África y que permitirá a los árabes su paso a la Península Ibérica destruyendo el reino visigodo (711).

El Imperio Biantino estaba nuevamente amenazado. En 717 accede al trono una nueva dinastía con la coronación del general (buena señal de como andaba el patio) León I Isáurico (con mucha originalidad, la dinastía es conocida como dinastía isáurica). Su primer logro fue derrotar a los árabes que sitiaban Constantinopla (717-718). No obstante, en esa situación de lucha por la supervivencia, Bizancio vuelve a enzarzarse en una nueva guerra religiosa, la querella iconoclasta (es decir, la supresión de las imágenes religiosas). Las razones que se dan para esta querella son variadas, desde un intento del basileus de depurar la religión para convertirla en un arma frente a la amenaza árabe, a la influencia de las religiones anicónicas judía y árabe (la dinastía isáurica procede de Siria) a, posiblemente la explicación más creíble, un intento por parte del poder real de poner coto al monacato que empleaba las imágenes religiosas para su propaganda. Dado que las tierras de los monasterios no tributaban y que los monjes estaban exentos de prestar servicio militar, un auge de la vida monástica como el que se producía en aquella época significaba menos ingresos para el estado y menos soldados. Por las razones que fueran (tal vez por una mezcla de las tres antedichas) León III y el clero secular formaron el bando iconoclasta mientras el clero monacal formaba el bando iconódulo lo que suponía, también, una doble división territorial, las ciudades favorables a la eliminación de las imágenes religiosas y el campo en su contra, pero también Asia Menor (zona en la que el monacato tenía menor influencia) a favor de la iconoclastia mientras Grecia y los Balkanes estaban por la iconodulia. Como quién manda, manda, León III prohíbe las imágenes en las iglesias (726) y, por si alguien no se había enterado, en 730 decreta la pena de muerte para los que veneren imágenes religiosas. Aparte del desastre artístico que esto supuso, el poder real sufrió una merma de su prestigio precisamente en los ámbitos en los que ya aparecía más mermado y en el ámbito internacional, la querella iconoclasta supuso que el Papado (que apoyaba a los iconódulos) confirmara sus sospechas sobre el Imperio Bizantino. Aunque la primera querella iconoclasta acaba con el victoria iconódula con el Concilio de Nicea del 787 reunido a instancias de la emperatriz Irene, el Papado mira ya a Occidente y en el año 800 la coronación de Carlomagno crea un fuerte vínculo entre los francos y el Papa. Todavía entre el 815 y el 843 se produce la segunda querella iconoclasta aunque el cambio de dinastía en el 820 (a los isáuricos les suceden los armorianos de origen macedónico y, por tanto, favorables a los iconódulos) termina con la querella, aunque el deterioro de relaciones entre el papado y el clero secular bizantino es ya irreversible y tendrá consecuencias muy pronto.

Sorprende que entre tanto problema interno, la victoria sobre los árabes en Akroinos (740) y de las campañas de Constatino V (741-775) supusieran un respiro para la supervivencia del Imperio Bizantino aunque en 751 pierden una de sus últimas posesiones en Italia, la antigua capital de Rávena. Con posterioridad perderán también la isla de Creta que se convierte en un centro dedicado a la piratería que pone en peligro el tráfico mercante hacia Europa Occidental.

Con Miguel III (842-867) se produce la evangeliación de los eslavos por Cirilo y Metodio que adoptarán un alfabeto derivado del griego, el cirílico. En 865 se bautiza el kan búlgaro Boris que reconoce su dependencia del patriarcado bizantino. En 867 vuelve a producirse un cambio dinástico. Comienza a reinar la dinastía macedónica con la llegada al poder de Basilio I que, en realidad, tenía orígenes armenios no macedónicos, pero en fin... En cualquier caso, desde el S IX al XI Bizancio vive un renacimiento. Las victorias militares de Romano I Lacapeno (derrota a los búlgaros, a los rusos y a los árabes), Nicéforo II Focas (reconquista Creta, Aleppo, Chipre y Cilicia), Juan I Tzimiskés (vence a los rusos y a los búlgaros y reconquista Siria y Palestina), Basilio II (vence a los búlgaros y se alía con los rusos) y la emperatriz Zoé (anexión de Armenia) suponen un considerable aumento territorial. Para ello se había producido una nueva reforma del Imperio con una revisión del código justiniano (textos del Pochiron, Epanagogué y las Basílicas), reglamentación económica y admimistrativa (Libro del Prefecto) así como una serie de medidas que intentaban impedir la concentración de latifundios en perjuicio de los pequeños propietarios, el Tratado Fiscal. Sin embargo, la tendencia a los latifundios es imparable y a partir de 1025 se concede la inmunidad fiscal a los latifundistas y se establece la pronoia (usufructo de tierras como recompensa a los servicios prestados) y el sistema cariscatario (cesión de bienes monacales a laicos). Esto supone un abierto enfrentamiento entre la nobleza burocrática y la nobleza militar terrateniente (1056) cuando fallece Teodora, hermana de la emperatriz Zoé y último miembro de la dinastía macedónica. En la lucha por la sucesión, el general Isaac Comneno derroca a Miguel Stratiótico y es derrocado, a su vez, por el tesorero del Imperio Constatino X que inicia la dinastía de los Ducas que supone el triunfo del bando de la casta burocrática. No obstante, la serie de desastres militares como la derrota ante los turcos selyúcidas de Manzicerta (1071), la toma de Bari por los normandos (1071)... suponen que en 20 años pierden muchas de las conquistas realizadas por la dinastía macedónica. Alejo I Comneno (miembro de la nobleza militar) derroca a Miguel VII e instaura la nueva dinastía de los Comneno pero la situación es ya desesperada y Alejo I debe recurrir a la ayuda exterior. Contra los normandos solicita la ayuda de Venecia, auxilio que debe pagar con la exención de impuestos a los comerciantes venecianos (crisóbula de 1082) y que supondrá una hipoteca permanente en la economía bizantina.

Por otra parte, las relaciones exteriores de Bizancio estaban en un mal momento por los cismas entre el Papado y la Iglesia bizantina. Si hubo un primer cisma en 867, el segundo de 1054 fue mucho más grave. El detonante (las causas profundas ya las hemos ido viendo) fue la pretensión del patriarca Miguel Cerulario de que los latinos de Constatinopla siguieran el rito griego, además de plantear la vieja cuestión del "filioque". Tal falta de tacto se vio correspondida con creces por el enviado del Papa León IX, cardenal Humberto, y ambos acabaron excomulgándose mutuamente. Además de las causas de desencuentro ya apuntadas, hay que señalar que tanto el basileus como el Papa pretendían ser el árbitro válido de las disputas teológicas (que proliferaban especialmente en la Iglesia Oriental mucho más dada a la expeculación teológica que la Iglesia Romana), la progresiva dependencia del emperador de Occidente del Papado, la autocefalia de la Iglesia de Oriente... Alejo I se dio cuenta del peligro e intentó limar asperezas para conseguir la ayuda occidental contra los turcos selyúcidas. Cuando la obtuvo, en vez de ser un factor de unidad supuso nuevos motivos para el desencuentro porque Occidente entendió la ayuda de una forma particular, en forma de la I Cruzada.
22/03/2004 20:36


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