El triunfo de ClíoBlog sobre Historia y sobre historia de la Historia. Se permite la libre reproducción de todos los contenidos con el único requisito de citar la procedencia.
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La sangre, los fulares, el código y algunas cosas más La literatura histórica es (debería ser) por encima de cualquier otra consideración, pura y simple literatura. Es muy conocida la anécdota de Alejandro Dumas según la cual contestó a un crítico que le echaba en cara que violaba la historia: "En efecto, la violo, pero la hago unos hijos hermosos." Y, en efecto, todavía hoy disfrutamos con aquellos hijos hermosos como "Los tres mosqueteros", "Veinte años después" y "El vizconde de Bragelonne" aunque, todo hay que decirlo, de esa violación sistemática también nacieron engendros tan olvidados como olvidables.No obstante, la postura de Dumas no es la única que existe entre los escritores de literatura histórica. Simplificando la cuestión, hay tres tendencias, la de aquéllos que toman como base de su ficción hechos y personajes reales con un respeto escrupuloso al marco histórico, la de aquéllos que sobre una base real inventan una trama ficticia, y la de aquéllos a los que les importa la historia un bledo y se inventan todo salvo un par de nombres reales. Tomemos varios ejemplos de novelas históricas recientes (olvídense, por tanto, de que hable del infumable pestiño "El doncel de don Enrique el Doliente" puesto de moda por algo que hace que cada día me alegre más de ser republicano), "Sangre romana" por Steven Saylor (Traducción de Damián Alou. Emecé editores. Barcelona, 1996. 382 Págs), "Los fulares rojos" por Frédéric H. Fajardie (Traducción de Mari Carmen Llerena. Editorial Edhasa. Barcelona, 2003. 558 Págs.), "Apocalipsis" por Joaquín de Saint-Aymour (Círculo de Lectores. Barcelona, 2002. 477 Págs.) y "El código da Vinci" por Dan Brown (Traducción de Juanjo Estrella. Círculo de Lectores. Barcelona, 2003. 477 Págs.) para comprobar las diferencias en el tratamiento histórico por parte de los diversos autores. Steven Saylor parte de un hecho real, la defensa que Marco Tulio Cicerón hizo de Sexto Rocio acusado del delito de parricidio bajo la dictadura de Sila. Se conserva el discurso que Cicerón realizó en pro de su cliente (sin duda no es exactamente el que pronunció el escritor romano sino una revisión posterior, el "Pro Sextio Rocio") así como también hay varias fuentes para Sila. Sobre estos hechos reales, Saylor inventa una ficción basada en que Cicerón recurre a una especia de detective privado llamado Gordiano y apodado el Sabueso para que investigue el supuesto parricidio para exculpar a su cliente. Si bien no hay realidad, sí hay verosimilitud. Saylor, historiador y buen conocedor de la Roma clásica, no abandona nunca el marco histórico. Si Gordiano nunca existió, el mundo del hampa romano y de las intrigas políticas por los que se mueve sí nos resultan conocidos por obras de la antigüedad clásica. Su visión es tan iconoclasta, tan alejada de los "peplum" al uso, como real. Fajardie (pseudónimo que ignoro qué identidad real oculta) ambienta su novela en las Frondas, las revueltas contra el cardenal Mazzarino que pusieron en peligro el reinado de Luis XIV al igual que hizo Dumas en "Veinte años después". Sobre la anécdota real, Fajardie se inventa casi todo (al igual que hizo Dumas). El diestro espadachín y teniente general de artillería Loup de Pomonne, conde de Nissac, se encuentra con el encargo cardenalicio de salvar el reino, de destruir las Frondas. Para ello, formará un grupo de comandos con varios de sus hombres y con prisioneros liberados de sus condenas a galeras que usarán la señal distintiva de cubrirse el rostro con pañuelos rojos en sus golpes de mano. El uso de personajes reales como Mazzarino, Ana de Austria, Luis XIV, Condé... no impide que la novela vaya de lo irreal a lo inverosímil con suma facilidad, comenzando por el propio protagonista, el conde de Nissac que es algo así como una mezcla de d´Artagnan y un masón prerrevolucionario que si acepta el encargo de Mazzarino es por su convencimiento de que una derrota del cardenal (y con ella de Luis XIV) supondría un retraso en sus sueños democráticos. El que en esta empresa le apoye el general de los jesuitas (también hay un personaje de gran fuerza física para casi completar las equivalencias con los mosqueteros de Dumas de los que sólo falta Athos) es aún más delirante. Todo ellos sería perdonable si además de los homenajes formales a la obra de Dumas hubiera en "Los Fulares rojos" algo de la complejidad, del desencanto, de la sensación de decadencia de "Veinte años después". Por desgracia no es el caso. En dos palabras, lineal, previsible. Saint-Aymour (tal vez sea un nuevo pseudónimo de Juan Eslava Galán) en su (supuestamente) primera novela se mete de lleno en un subgénero de la novela histórica de gran éxito (para mí de forma inexplicable) popular, el de la antigua conspiración que llega hasta el presente para atrapar a personajes en apariencia inocentes que se verán obligados a desentrañarla si quieren salvar su vida y su amor (parece que el añadir a las cuitas del protagonista la necesidad de cuidar de su enamorada es ya un tópico). En este caso concreto, la conspiración está aderezada de neotemplarios que se ocultan en las alcantarillas madrileñas, de neonazis, de reliquias como la lanza de Longinos y la cruz de Caravaca, de edificios como la iglesia de la Vera Cruz de Segovia... y todo ello desencadenado por la búsqueda del cuerpo de Velázquez. Un disparate histórico de principio a fin que si se salva por algo es por el conocimiento del oficio de escritor de su autor que consigue hacer que esa mezcolanza de tópicos resulte entretenida. Dan Brown repite el esquema conspiranoico de Saint-Aymour pero sin lograr que su texto (llamarlo novela sería concederle una calificación que le vendría grande) sea, ni siquiera, entretenido. En esta ocasión el lugar de los neotemplarios está ocupado por el inexistente Priorato de Sión y también aparecerá en el caos narrativo el Opus Dei, las obras de Leonardo da Vinci... Todo ello mezclado de forma infumable con los cátaros, el secreto del Linaje de Cristo, la capilla de Rosslyn y muchos más tópicos que no tienen nada de originales a poco que conozcan disparates pseudohistóricos como "El grial secreto de los cátaros" de Javaloys o "El enigma sagrado" de Baigent, Leigh y Lincoln. No obstante, según me dicen los que se preocupan de estas cosas, este título de Brown lleva semanas como el más vendido en nuestro país lo que supone una explicación del porqué la telebasura tiene tanto éxito. Después de la televisión hecha por y para gente con encefalograma plano, tenía que darse el mismo caso en la literatura (y perdón por incluir en este campo a la obra de Brown cuyo mejor uso sería el dedicarla a estercolar los campos de cultivo). Un texto de diseño, concebido para ser un best-seller ("A la gente le encantan las conspiraciones" dice uno de los personajes -Pág. 400- y es cierto) con sus gotas de aparente osadía (la crítica a la Iglesia Católica y en especial al Opus Dei) y que en realidad acaba de forma políticamente correcta (Aviso: Si no han leído aún este engendro y piensan hacerlo, salten hasta el final del párrafo) cuando se descubre que el "malo" no es el cardenal del Opus sino un investigador que quiere hacer público el secreto del Linaje de Cristo. Este final en el que el malvado es el que quiere revelar la "verdad" pone el necesario toque "carca" después de sostener tonterías históricas como la relación entre el linaje merovingio y los descendientes de Jesús y María Magdalena. Como vemos, y con independencia de sus valores literarios (si me permiten el inciso, sólo les recomendaría el libro de Saylor y el de Saint-Aymour. Los otros dos son perfectamente prescindibles) el tratamiento histórico es muy diferente, desde el respeto escrupuloso a la invención más delirante. Por supuesto, eso es un derecho de los escritores de ficción pero, a la larga, tal vez no sea del todo inocente. Supongamos que un lector cualquiera lee "Sangre romana" y aprecia una notable reconstrucción de la Roma pre-imperial (lo que es totalmente cierto). A continuación lee "El código da Vinci". Aunque las andanzas del profesor Langdon y de Sophie Saunière (por cierto, ¿se han dado cuenta de la "coincidencia" entre el apellido de la protagonista y el del párroco de Rennes-le-Château, Berénger Saunière tan famoso por las obras pseudohistóricas de Gérard de Sède?) sean una (mala) ficción ¿no acabará el lector pensando que algo de cierto debe haber en la existencia del Priorato de Sión, del Linaje de Cristo... cuando está leyendo lo mismo una y otra vez en el mismo género de novelas? 10/03/2004 18:39 |
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