El triunfo de ClíoBlog sobre Historia y sobre historia de la Historia. Se permite la libre reproducción de todos los contenidos con el único requisito de citar la procedencia.
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Ejemplificando que es gerundio Bueno, ya les he aburrido en demasía con la teoría (necesaria, pero tan apasionante como un programa doble con películas de Antonioni y de Bertolucci) así que pasemos a la práctica. Ya saben que el rigor metodológico no debe relajarse por el nombre del autor, porque compartamos las conclusiones de una obra... ni por ningún otro motivo.Tomemos, por ejemplo, el comienzo de una obra recién aparecida, con un autor muy conocido en España, sin ninguna vinculación con el esoterismo... es decir, con todas los predicamentos para que nadie proteste por ella, para que nadie señale que es tan pseudohistoriográfica como un texto del Sr. Benítez (por citar a un autor que no es santo de mi devoción) ya que hace el mismo caso a los requerimientos del método historiográfico que el ufólogo navarro: "En los márgenes de aquella obra teatral que Galdós estrenara en 1901, Electra de tempestad y ceniza, Electra de rayo y melancolía, resuenan aún los gritos no temperados, los vivas, los mueras, las creencias indomables extendidas sobre los corazones, la prensa incendiada de progreso y sotana, los parlamentarios disfrazados de frailes y demonios, los edificios, años después, atravesados de llamas, agonizantes... Aquella obra, Electra de cabellos de fuegos, Electra de primavera y de humo, tenía, como los libros canonizados por los jóvenes intelectuales de la época, un ala de moralidad y otro de caos." ("Los mitos de la historia de España" por Fernando García de Cortázar. Ed. Planeta. Barcelona, 2003. Pág. 15.) Pos fale, pos mu potito; pero ¿dónde están las fuentes para hacer todas esas afirmaciones? ¿Dónde el análisis documental...? ¿Dónde, en suma, todo eso que convierte la historiografía en una disciplina metódica y no en una de las Bellas Letras? Misterio. Debe haber sido abducido todo ello en el Triángulo de las Bermudas o en el Cuadrado de las Bahamas. Decía Moore en sus Principia Ethica que ante las afirmaciones contenidas en una obra de ética le impostaba un bledo quién lo dijera o lo que dijera, que lo que le interesaba es comprobar la argumentación que sustentara sus juicios. Esa máxima es perfectamente aplicable a las demás disciplinas, historiografía incluida. Pues no hay manera de que algo tan sencillo les entre en la cabeza a algunos historiadores. Como ellos conocen las fuentes para asegurar algo lo hacen, se comen la argumentación para sustentar sus afirmaciones y esperan que sus lectores acepten su palabra y den por bueno lo que tengan a bien escribir, que para eso son historiadores serios (no me río lo más mínimo con ellos) y conocidos (lo de reconocidos es harina de otro costal). El que con esas mañas, la historiografía retroceda a los tiempos de Herodoto les importa un bledo aunque después no pierdan ocasión de asegurar que la Historia es una ciencia. Obviamente, así está la historiografía española como está, con textos que parecen las Cuentas del Gran Capitán en vez de una publicación rigurosa. Después, cuando los lectores son incapaces de saber si una obra es histórica o pseudohistórica que no se quejen porque son estos polvos lo que traen aquellos lodos. 03/03/2004 01:03 |
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