El triunfo de ClíoBlog sobre Historia y sobre historia de la Historia. Se permite la libre reproducción de todos los contenidos con el único requisito de citar la procedencia.
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All´ alba vincerò! Si Luis Meléndez hubiera conocido la ópera Turandot (lo que no fue posible por la sencilla razón de que murió ciento y pico años antes de que la compusiera Puccini) tal vez le hubiera venido a la mente este verso. Razones no le hubieran faltado para ello.Luis Meléndez nació en 1716 en Nápoles y murió, pobre y olvidado, en Madrid en 1780. Hijo del miniaturista Francisco Antonio Meléndez comenzó en este campo su aprendizaje que amplió después como ayudante de Louis-Michel van Loo, pintor de cámara de Felipe V. Aunque siempre quiso gozar de la misma consideración que van Loo, no lo logró jamás. Los reyes españoles de la época prefirieron a pintores como el bohemio Mengs o el español Maella. Tal vez no sea ajeno a esa menor valoración de Meléndez frente a sus contemporáneos el que éste se especializase en la pintura de bodegones, género "menor" frente al retratismo o las composiciones de cualquier tipo con figuras. En este campo concreto si tuvo el reconocimiento real plasmado en el contrato para que realizase cuarenta y cuatro bodegones con destino al Palacio Real de Aranjuez y que se conservan, en parte, en el Museo del Prado. Hoy, en cambio, su obra se ha revalorizado hasta considerarle uno de los grandes pintores del XVIII, una de las figuras que, junto al ya citado Maella, Luis Paret y los hermanos Bayeu, cubren el periodo entre Velázquez y Goya, un paréntesis que no fue, bajo ningún concepto, un desierto para la pintura española. Nada hay más propio de la pintura española que las naturalezas muertas, un género creado por Sánchez Cotán, cultivado por Felipe Ramírez (del que sólo se conserva un único bodegón, pero de calidad extraordinaria), perfeccionado por Juan van der Hamen y León y llevado a su perfección por Zurbarán. Por descontado, no sólo en España tuvo éxito esta plasmación de la belleza, de la poesía de lo cotidiano. Holanda, por ejemplo, tiene también su propia escuela de bodegonistas, con figuras como Pieter Claesz, Willem Claesz Heda y Jan Davidsz de Heem que tienden a composiciones más recargadas de elementos y a representar objetos lujosos (en especial, los dos últimos) frente a la sobriedad española. No obstante, el final del bárroco supone una vuelta a la simplicidad ejemplificada por el francés Chardin. Esta misma sencillez es la que alienta a Meléndez. Nada más simple, aparentemente, que sus composiciones elaboradas con objetos y alimentos cotidianos como puede apreciarse por los títulos: Besugo y naranjas, Cantarilla y pan, Plato de cerezas y queso..., pero todo ello perfectamente captado en sus texturas, sus brillos, sus colores... con una técnica perfecta ante la que referirse a esos cuadros como naturalezas muertas parece un insulto porque respladecen de vida, de realidad. Hoy, cuando el género de los bodegones ha sido reivindicado por movimientos como el cubismo, Meléndez no parece inferior a nadie. Tal vez por ello, para paliar una injusticia artística, el museo del Prado después de la muestra dedicada a Manet no ha encontrado mejor sucesor que la exposición temporal de obras de Meléndez. Cuarenta bodegones (16 de los conservados en la pinacoteca madrileña y 24 procedentes de otros museos y colecciones privadas) muestran la perfección alcanzada por el pintor español. Junto a los lienzos se exponen objetos semejantes a los plasmados por Meléndez, cerámicas, chocolateras... de forman que permiten la comparación entre la realidad y su representación artística. Un auténtico goce para los sentidos. 18/02/2004 19:00 |
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