El triunfo de Clío

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Elogio de la sencillez

governator.jpg¿Recuerdan el comienzo de "La vida es sueño" de Pedro Calderón de la Barca? Por si no fuera éste el caso, les recuerdo que Rosaura, disfrazada de hombre, comienza a caminar porque su caballo la ha descabalgado mientras declama: "Hipogrifo violento/ que corriste parejas con el viento/..." que, como sabe todo el mundo, son las primeras palabras que se le vienen a uno a la mente cuando la montura te tira por los suelos. En la vida real, tanto caballeros como amazonas suelen referirse a su caballo con distintos epítetos que riman con "melón" y con "ruta" (eso en el caso de que sean capaces de decir algo, claro) y dejarse de florituras mítico-literarias que quedan muy bien sobre el escenario, pero que no hacen buena pareja con un cuerpo magullado.

Pocas cosas resultan más complicadas que la aparente sencillez y la aparente espontaneidad. Normalmente, detrás de un texto aparentemente coloquial hay mucho trabajo, un gran esfuerzo para hacer pasar por tal lo que, en realidad, está muy pensado y muy trabajado. En pocas ocasiones ha quedado esto tan patente como en "Conviértase en brujo, conviértase en sabio" por Henri Broch y Georges Charpak (Traducción de Núria Viver Barri. Colección Sine qua non. Ediciones B. Barcelona, 2003. 229 Págs.).

La idea que genera este texto es tan simple como efectiva. Los autores le van a aconsejar cómo convertirse en una persona dotada de poderes parapsicológicos, en definitiva, en un brujo. Claro que, para ello, no le van a recomendar ayunos, peregrinaciones a santuarios marianos, estancias en monasterios tibetanos, lecturas de libros iniciáticos... ni nada que se le parezca. Sencillamente, le van a contar unos sencillos (cuando uno sabe el secreto) trucos de ilusionismo, le van a desvelar el cómo las leyes de la probabilidad y de la física juegan a favor del "brujo" y todo ello de acuerdo con el más eficaz de los procedimientos: "Compruébelo Vd. mismo".

Pensemos en la eficacia de un horóscopo que casi el 70% de una clase considera que describe perfectamente su persona... antes de descubrir que es exactamente igual al horóscopo que la compañera de al lado que también se considera perfectamente reflejada por el texto pese a ser de un signo astrológico distinto (nada como un buen montón de vaguedades para logarar esta proeza), en conocer los fallos en el funcionamiento de la memoria y de la percepción visual (aún no me he repuesto de ver la imagen de Jesús en la pared en blanco y el cabezón de un extraterrestre verde en la puerta del frigorífico por obra y gracia de la persistencia retiniana), en ser capaz de convencer a una reunión de amigos de mis poderes telepáticos al haber logrado que un amigo lejano recibiera la imagen de la carta extraída de un mazo (esto me permitirán que no les explique como se hace porque alguno de los "engañados" todavía le está dando vueltas a cómo c....s hice el truco), en enderezar clips metálicos (lo de doblar cucharillas está ya muy visto) sin tocar el clip para nada (curiosa propiedad del nitinol)...

Claro que es todavía mejor cuando el "brujo" no tiene que hacer absolutamente nada (salvo echarle teatro y cara al asunto) para que miles de espectadores de un programa de TV sean capaces de fundir bombillas con su poder mental (o eso creerán ellos), de conseguir secuencias de diez caras o diez cruces en diez lanzamientos de monedas... que, sencillamente, es algo que está garantizado por las leyes de la probabilidad.

Una vez completada nuestra iniciación para "brujo", un par de ejemplos bastan para comprobar cómo la gente es capaz de autoconvencerse de la existencia de poderes paranormales cuando la explicación natural es muy sencilla. Las varitas de los zahoríes y el agua milagrosa del sepulcro de Arles-sur-Tech sirven a ese fin.

Por supuesto, a lo largo de ese camino lo que habremos descubierto no es cómo convertirnos en brujos sino en cómo ser capaces de reconocer los errores inconscientes o los fraudes conscientes en afirmaciones del mismo tipo, pero todo ello ¿para qué? Los autores (al contrario que otros en casos similares) no pretenden una demonización de la credulidad. Si alguien necesita creer en algo para ser feliz, mejor es que sea creyente satisfecho que incrédulo desgraciado, pero lo que sí defienden es la necesidad de que ante una toma de decisiones, la gente debe estar bien informada para decidir correctamente. El ejemplo que ponen, es el de la demonización de las radiaciones y, con ellas, de la energía atómica (si los autores fueran españoles, prefiero no pensar lo que podrían decir sobre la "genial" decisión política de paralizar la construcción de nuevas centrales nucleares "gracias" a los esfuerzos de grupos ecologistas tan desinformados como desinformantes que son capaces de inventarse la existencia de peces mutantes para sostener lo malísimas que son las radiaciones). La ignorancia de estos ecologistas es tal que no se enteran (ni quieren enterarse) de cosas como que la radiación cósmica que recibe una persona a nivel del mar es 50 veces mayor que la radiación que recibe esa misma persona como consecuencia de la actividad de las centrales nucleares francesas (y eso suponiendo que no sea el nivel del mar en Bretaña porque entonces sería 100 veces mayor por la radiación natural provocada por la desintegración de elementos como el uranio que forman parte de su composición geológica). A efectos de irradiación, es menor la dosis que se recibe por estar al lado de una central nuclear que por subir a una montaña, pero nada. Se ve que la radiación natural es buenísima y la artificial es mala de toda solemnidad.

Para concluir, una serie de datos como los resultados de la encuesta que Broch hizo a los alumnos de primer ciclo de ciencias de la Universidad de Niza en la que los encuestados (insistimos, universitarios y de "ciencias") consideraron en un 68% de los casos que la afirmación de que es posible doblar cucharas con la fuerza de la mente era un afirmación demostrada y, por tanto, científica mientras que la afirmación de la dilatación relativista del tiempo para la mayoría de ellos (un 52%) era una mera especulación teórica. Éstos y otros resultados de encuestas sobre creencias le sirve a los autores para dar un mentís a la afirmación de que la credulidad es menor cuanto mayor es la formación intelectual (parece que el colectivo menos crédulo es de los agricultores).

Todo ello contado con sencillez, con ideas claras que se exponen con facilidad, con frecuentes llamamientos a que el lector realice una serie de experimentos por sí mismos que demuestren que lo que los autores aseguran es cierto y, además, todo ello contado con una gran dosis de buen humor.

Por poner alguna pega, las fotografías que ilustran el texto tienen una calidad horrorosa y se debería haber cuidado más la corrección del texto lo que hubiera permitido eliminar alguna errata como la datación de la Sindone por C-14: "dio como fecha 1325+-1365, lo cual confirma la datación histórica del siglo XIV" (Pág. 168) (Obviamente, si la datación fuera realmente ésa, la Sindone podría ser auténtica e, incluso, no existir todavía y ser un objeto llegado del futuro (¿la traería consigo Arnold "Governator"?)
12/02/2004 18:44


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