El triunfo de Clío

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Un tirón de orejas

farinelli.jpgSoy firme partidario de la sentencia marxista según la cual "La televisión hace mucho por mejorar mi educación. Basta con que alguien la encienda para que me retire a leer un libro." Si D. Groucho ya decía esto cuando la TV no era el culmen de la mal llamada "prensa del corazón" que, como todos sabemos, en realidad suele referirse a los genitales, no sé qué aseguraría hoy. Tal vez se alegrara de que ya le hubieran escrito aquello de "Señora, perdóneme que no me levante" de no ser porque tal epitafio no figura en su lápida.

Cualquier generalización conlleva una cierta injusticia y no todo el espacio de las 625 líneas está ocupado por impresentables presentadores empeñados en contarme detalles que no me importan de la vida de personajes que no me interesan. De vez en cuando hasta hay espacios de contenido cultural. Uno de ellos (y que hoy cumplía 1.500 programas de emisión ¡Felicidades!) es un concurso, "Saber y ganar". Sorprendentemente llega a tal cifra sin necesidad de que los participantes hagan el pino sobre una mano, afeiten trescientas bombillas en tres minutos o sodomicen a un burro que pasaba por allí. Sencillamente, tienen que saber la respuesta a las preguntas de contenido cultural (arte, geografía, historia, literatura, astronomía, física...) que les formulen. Nada más y nada menos.

En este pequeño reducto cultural no es normal que se cuelen meteduras de pata, pero hoy (tenía que ser hoy, en plena celebración de los 1.500 programas) sí se les ha deslizado y hasta el mismísimo corvejón. La cosa fue más o menos así. "Carlo Brosci, más conocido como Farinelli, fue un castrato que alivió con su voz prodigiosa la melancolía de un rey español. ¿Qué rey fue? ¿Fernando VII, Felipe IV o Carlos II?." La respuesta supuestamente válida fue "Felipe IV".

De no haber estado sentado, supongo que me hubiera caído de culo. Carlo Brosci poseía, según las crónicas, una voz prodigiosa. Castrado a los diez años, poseía el timbre de una soprano y la potencia de un tenor, lo que le confirió una gran celebridad. Lo que hasta el momento ignorábamos es que tuviera poderes paranormales porque Farinelli o Farinelo (como se le conocía en España) nació en el reino de Nápoles en 1705 y D. Felipe, cuarto de su nombre, falleció en Madrid en 1665, cuarenta años antes de nacimiento de Brosci que no tuvo más remedio que cantarle a otro rey español o, mejor dicho, a otros reyes españoles porque anduvo en nuestro país durante más de veinte años, de 1737 a 1759 para ser más preciso.

En realidad, el rey al que le cantaba para que pudiera dormirse era Felipe V y su supuesta "melancolía" era un eufemismo para no decir que Su Majestad estaba como una cabra. Después de haber demostrado que como cantante de reales nanas no tenía rival, D. Carlo recibió a título honorífico la Orden de Calatrava así como una importante influencia en la corte que, cosa extraña, no empleó mal ni abusivamente. D. Fernando, sexto de su nombre, también le distinguió con su admiración lo que le permitió seguir viviendo en España y, además, ejercer de innovador empresario teatral. Su figura como promotor es fundamental en la introducción en nuestro país de la ópera contemporánea (contemporánea de entonces, claro) en detrimento de las adocenadas zarzuelas barrocas que tanto gustaban en la corte de los Austrias.

D. Carlos, tercero de su nombre, por contra, tenía algunas diferencias políticas con su homónimo lo que le valió a Farinelli la expulsión del reino (no todo iba a ser expulsar jesuitas). Parece que a D. Carlos III no le hizo ninguna gracia la pasada intercesión del cantante ante Fernando VI en beneficio de unos masones que a Su Majestad le agradaban tanto como la Compañía de Jesús. Ya se sabe que D Carlos III sería muy ilustrado, pero era, también, un déspota de consideración.

Farinelli regresó a Nápoles y allí continuó viviendo rodeado de la admiración popular y de la riqueza adquirida como cantante y empresario. Tal vez recordando sus años de formación musical, se convirtió en protector de jóvenes promesas del canto sin importarle las clases sociales o las circunstancias personales.

Los castrati siguieron existiendo hasta finales del S XIX cuando el Papado consideró esta práctica como contraria a la dignidad humana. No está mal, sólo llegaron con doscientos años de retraso. Ni la RENFE (de antes) lo hubiera hecho peor...
03/12/2003 18:27


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