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Endocarpos, pólenes y moais que levitan Bueno. Al segundo intento por fin lo logré y terminé de ver el indocumentado documental de Juan José Benítez sobre la isla de Pascua. Reconozco que mis sensaciones estaban entremezcladas mientras contemplaba las imágenes y oía el discurso del Sr. Benítez. Por un lado, aburrimiento, por otro, diversión. Hastío por la sensación de déjà vu, carcajadas por ver cómo un periodista de temas esotéricos es capaz de seguir repitiendo tópico tras tópico. No puedo decir que me sorprendiera. Al contrario, lo que me hubiera extrañado es lo contrario porque una de las costantes del esoterismo es, precisamente, su admiración por una tradición de iniciados, de "investigadores" que han descubierto esos "misterios" que demuestran la existencia de la Edad de Oro, la creencia de que hubo una época en la que la humanidad estaba más cercana a la Creación y poseía conocimientos extraordinarios después perdidos. Si han leído a Platón esta creencia no les resultará desconocida, claro, y es que el pensamiento esoterista debe mucho a Platón aunque me temo que los esoteristas actuales (en su mayoría) no han leído al filósofo ateniense en su vida ni en bajada.Hasta tal punto llega esta dependencia de "investigadores" anteriores que me he encontrado con que un artículo que escribí hace meses y que fue publicado en El Escéptico nº 16 (invierno 2002-primavera 2003) pp. 62-65 responde perfectamente al posterior documental del Sr. Benítez. Aquí verán a los moais que levitan, la respuesta a la imposibilidad de que los indígenas trasportaran los moais por la inexistencia de madera... En fin, les dejo con el texto. LOS GIGANTES CIEGOS “Apenas podemos concebir cómo estos isleños, desprovistos de cualquier tipo de energía mecánica, pudieron enderezar semejantes estatuas y, más tarde, colocar en lo alto de sus cabezas los enormes bloques cilíndricos de piedra.” (Capitán James Cook) La isla de Pascua, o Rapa Nui según el nombre que la daban sus pobladores, es una pequeña porción de tierra en el océano Pacífico. A más de 2000 kilómetros de la tierra más cercana, la isla de Pitcairn, y más de 3700 de la costa de Sudamérica, tenía casi todas las posibilidades de que no hubiera sido descubierta hasta la época de los grandes viajes de exploración. Sin embargo, cuando los primeros europeos llegaron a ella, no sólo estaba habitada sino repleta de unas grandes esculturas, los moais. Para aumentar el misterio, la pequeña población, su desconocimiento de los metales, la ausencia de animales de carga y la falta de madera hacían aparentemente inexplicable la talla y erección de esas estatuas. Por si hacía falta algo más para incrementar el enigma, en la cantera del volcán Rano Raraku había centenares de esculturas en distintas fases de elaboración, desde las casi terminadas hasta las que sólo eran un esbozo. Algo hizo que se interrumpiera súbitamente el trabajo y así permaneció hasta nuestros días. El hecho era casi perfecto para probar lo que uno quisiera, desde la existencia de la Atlántida (de la que Rapa Nui sería una porción que sobrevivió al cataclismo narrado por Platón), hasta la proliferación de civilizaciones extraordinarias en el pasado y, ¡cómo no! la visita de seres provenientes de otros mundos en una remota antigüedad. Éste es el panorama que muestran centenares de libros esotéricos para los que la isla de Pascua se ha convertido en un filón y sus moais en uno de sus iconos más conocidos. En un libro publicado recientemente en nuestro país, el escritor Graham Hancock dice lo siguiente en el capítulo dedicado a Rapa Nui: “Tal vez existieron civilizaciones que hoy yacen olvidadas en los oscuros valles de nuestro pasado colectivo, borradas por innombrables cataclismos que sucedieron hace millones de años. Tal vez eran capaces de usar técnicas muy avanzadas, muy distintas a las que poseemos hoy en día. Tal vez incluso habían aprendido a ir más allá de las soluciones técnicas y a manipular el mundo físico gracias al poder mental de la concentración, que les permitía realizar tareas tales como el alzamiento y el transporte de enormes bloques de piedra.” [1] Aunque la idea de un moai levitando sostenido por la concentración mental de los habitantes de la isla es de lo más atractiva, la realidad es aparentemente más prosaica. Cuando el aventurero noruego Thor Heyerdahl visitó la cantera de Rano Raraku pudo observar miles de picos de piedra dispersos por ella. Ninguna tecnología misteriosa ni ningún arcano conocimiento tallaron los moais, sólo fueron fruto del trabajo y esfuerzo humano lo que, lejos de desvirtuar la importancia de sus logros, los hacen más admirables. Comencemos por el principio. ¿Cómo se esculpían? Dado que, como dijimos, en la cantera hay centenares en distintas fases de realización, es muy sencilla la reconstrucción del proceso. Primero se esculpía la cara y la parte delantera de la figura, después se delimitaba la forma de las orejas y los brazos con unas trincheras que se extenderían hacia la parte inferior de la escultura hasta que sólo quedase unida a la roca por un delgado espolón. A continuación se remataban los detalles (excepto los ojos) mediante su pulido. Ya sólo era necesario calzar la imagen con maderos y romper el espolón. Parece muy sencillo, pero encontramos varios problemas. Desde siempre se ha dicho que la toba volcánica en que están tallados los moais es muy dura ¿cuánto se tardaría en este proceso con un útil tan primitivo como un pico de piedra? y ¿de dónde salió la madera si hemos dicho que es inexistente en la isla y las tierras más cercanas están a más de 2000 kilómetros? La respuesta a ésta pregunta es que sí la hubo. Los estudios palinológicos (es decir, del polen que existe en los distintos estratos) de John Flenley han permitido determinar que gran parte de la isla estuvo cubierta de grandes palmeras autóctonas aunque emparentadas con la palma chilena. También se han encontrado restos de endocarpos (frutos) que han podido datarse en el S XIII d. de C. La contestación al primer interrogante es que la roca de Rano Raraku es muy dura... hasta que se quita la capa superficial. Una vez eliminada ésta es mucho más fácil de trabajar. Heyerdhal hizo la prueba con varios indígenas armados con los mismos picos de piedra abandonados en la cantera. Por el progreso en el trabajo, calculó que cada seis hombres podían tallar un moai en un año. El problema mayor, no obstante es el transporte a veces a una distancia de varios kilómetros y la erección de la estatua sobre el ahu, una plataforma de cascajos revestida de sillares y, en especial, la colocación sobre el moai del pukao, un cilindro de escoria rojiza proveniente de la cantera de Puna Pau. Aunque, como de costumbre, se exagera su peso (el mayor de los moais es el conocido como Paro, de menos de 10 metros de altura y con un peso de unas 80 toneladas. El llamado El Gigante, de 20 metros y 270 toneladas nunca llegó a ser concluido y permanece inacabado en Rano Raraku) no tuvo que ser una tarea sencilla. Tanto es así que al lado de los antiguos senderos de la isla hay moais que se partieron durante el transporte. El uso de cuerdas y trineos de madera parece ser el medio empleado tanto más cuando recientemente se han encontrado una especie de raíles lignarios en uno de los caminos por los que se condujeron las esculturas. Heyerdahl hizo que ciento ochenta indígenas arrastraran un moai auténtico subido a un tronco ahuecado. No sólo demostró que era posible, sino que el traslado se hizo a una velocidad muy elevada. Tampoco hay que desdeñar la posibilidad de que parte del trayecto se llevara a cabo por vía marítima mediante balsas. Pero ¿cómo se irguieron? Heyerdahl realizó una nueva prueba con el mayor de los moais caídos en Anakena, una escultura de casi treinta toneladas. Para su asombro, un grupo de doce indígenas, entre los cuáles había uno que aseguraba conocer el secreto por tradición familiar, lo consiguieron en sólo dieciocho días sin el empleo de otros útiles que palancas de madera, piedras y cuerdas. El trabajo se realizó de la siguiente manera, se introdujeron tres palancas bajo el moai y cuatro hombres hicieron fuerza en cada una de ellas provocando la elevación de la estatua. Se introdujeron piedras debajo de ella para calzarla. Este procedimiento se fue repitiendo hasta que la figura quedó a un metro del suelo sostenida sobre un montón de guijarros. Entonces se redujeron las palancas a dos que se iban colocando alternativamente a derecha e izquierda del moai mientras se seguían añadiendo piedras. Cuando la altura lo permitió, los indígenas se colgaron de las pértigas mediante cuerdas. Al décimo día, la escultura estaba al nivel del ahu. Entonces, se comenzó a levantar sólo la parte de la cara y el pecho. Al decimoséptimo día, se colocó una maroma alrededor de la frente de la estatua y se clavó en el suelo. El último día, se orientó la caída con el añadido de nuevas sogas y se elevó un poco más la imagen. El moai resbaló sobre la pirámide de cascotes y quedó de pie sobre el ahu, sin sufrir el menor percance. El pukao se colocaría en su sitio aprovechando la torre de piedras empleada para erguir la estatua. Su peso es, además, muy inferior. El más grande de ellos no llega a las 10 toneladas. El último paso era pintar los ojos de blanco (con coral) y rojo (con escoria de Puna Pau) y retirar la montaña de pedruscos. No obstante, ¿cómo adquirieron la habilidad para estos trabajos? Pese a que los esoteristas sean capaces de hablar de civilizaciones de hace millones de años, la población de la isla de Pascua se produjo en tiempos relativamente recientes (S IV-V d. de C.). Por otra parte, aunque los moais hayan eclipsado toda la restante arqueología de Rapa Nui, se conservan esculturas de menor tamaño realizadas en distintos materiales como toba roja o basalto. El hecho de que restos de estas esculturas se emplearan como material de relleno en los ahus demuestra que fueron realizadas con anterioridad a los moais aunque presentan diversas coincidencias estilísticas con éstos como las manos cruzadas sobre el vientre. Si en lo que concierne a la parte material, no hay el menor misterio más allá de la laboriosidad e ingenio humanos, la parte ideológica presenta algunas dudas. Tanto trabajo tuvo que tener una finalidad ¿cuál fue ésta? El primer visitante europeo conocido fue el capitán holandés Roggeveen en 1722. Según asegura, los indígenas encendían hogueras ante ellos y realizaban una especie de ritual, sentados en cuclillas y con la vista baja, unían la palma de sus manos y las levantaban y bajaban. Uno de los tripulantes declaró que, antes del amanecer, los indígenas encendieron cientos de hogueras y comenzaron a adorar al nuevo día. Los holandeses interpretaron que aquellas figuras gigantescas eran la representación de sus dioses. No obstante, cuando en 1774 llegó a la isla el capitán Cook, éste venía acompañado por un intérprete polinesio que, con dificultades, consiguió entender algo del dialecto de Pascua. Según le dijeron, los moais eran representaciones funerarias de personas que se habían destacado dentro de la comunidad por diversos motivos. Esta explicación es la que resulta más coherente con los descubrimientos de esqueletos en los ahus y con el hecho de que algunas esculturas están concluidas y en su lugar de destino, pero nunca se las pintaron los ojos. Pudiera ser que se realizaran, en algunos casos, en vida de la persona que se quisiera honrar, pero que permanecieran ciegas hasta su fallecimiento. Esto, por otra parte, tampoco es contradictorio con los relatos de los holandeses ya que el supuesto culto solar podría estar relacionado con la vida de ultratumba aunque su grado de veracidad se puede comprobar por su declaración de que las esculturas estaban hechas de arcilla. El gran misterio de Rapa Nui es porqué esos moais permanecieron ciegos, mientras otros quedaban definitivamente inconclusos en Rano Raraku. Sea lo que fuere, tuvo que suceder súbita y traumáticamente y en torno a los S XVI-XVII d. de C. Se barajan fundamentalmente dos hipótesis, el agotamiento de la madera por sobreexplotación de este recurso necesario para el transporte y erección de los moais o el inicio de una guerra civil de la que emergió una nueva sociedad que no pudo o no quiso continuar las tradiciones ancestrales. Si la primera teoría presenta la prueba de la rápida deforestación de la isla, la segunda se sustenta en las tradiciones locales. Personalmente me inclino por ésta. El fin de los palmerales pudo acabar con la fabricación de nuevas imágenes, pero difícilmente con la rapidez con la que cesó el trabajo en Rano Raraku. Tampoco explica el que no se llegaran a pintar los ojos de algunas esculturas. Esos gigantes ciegos quizás sean la prueba de que todo paraíso oculta su propia serpiente. NOTA: [1] El espejo del paraíso. Graham Hancock. Traducción de Toni Hill. Colección Huellas Perdidas, editorial Grijalbo. Barcelona, 2001. BIBLIOGRAFÍA: Heyerdhal, Thor. Aku-Aku. El secreto de la isla de Pascua. Traducción de Antonio Ribera. Editorial Juventud. Barcelona, 1958. Renfrew, Colin & Bahn, Paul. Arqueología, Teoría, Métodos y Práctica. Traducción de María Jesús Mosquera Rial. Ediciones Akal, 1998. Scarre, Chris. Las setenta maravillas del mundo antiguo. Los grandes monumentos y cómo se construyeron. Traducción de Jorge González Batlle & Cristina Rodríguez Castillo. Círculo de Lectores. China, 2001. 14/10/2003 11:11 |
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