El triunfo de Clío

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Los reyes caóticos

alfonso1_batallador.gif"De Isabel y Fernando, el espíritu impera..." Bla, Bla, bla. No es ningún descubrimiento que las figuras de los Reyes Católicos fueron ensalzadas durante la dictadura fascista del general Franco que se apropió sin ningún rubor del símbolo matrimonial del yugo (por Ysabel) y las flechas (por Fernando) como representación gráfica de la unidad de España. Lo que hay de cierto en esa versión ya lo hablamos en otra ocasión así que no es menester repetirlo.

Si los Reyes Católicos fueron poco menos que canonizados (y si le queda vida suficiente para ello, tal vez tan dudoso honor le corresponda a Juan Pablo II por lo menos en lo que concierne a Isabel, la católica reina que se limitó a expulsar a los judíos en vez de organizar un buen exterminio -espero que se entienda la ironía-) sus predecesores fueron olvidados.

Ah, ¿tuvo precedentes el asunto? Pues sí. En el año 1109 se casaron Urraca I, reina de Castilla y León, y Alfonso I, rey de Aragón y Navarra, alias el Batallador. Para Urraca era su segundo matrimonio ya que previamente se había casado con Raimundo de Borgoña del que tuvo un hijo, Alfonso Raimúndez del que tendremos ocasión de hablar más adelante.

Por las cláusulas matrimoniales, Don Alfonso reinaría de hecho en Castilla y León como ya lo hacía en Aragón y Navarra lo que hubiera supuesto la unificación de casi todo el territorio cristiano con las ventajas que ello supone en una época en la que la Reconquista estaba en pleno desarrollo. Todo ello si el matrimonio hubiera salido bien... que no lo hizo.

La visión histórico-cotilla (más de lo segundo que lo primero) dice que el casamiento no podía salir bien, que la castellana era una mujer de rompe y rasga mientras que el aragonés parece que tenía otras preferencias sexuales (armarios y demás). Sin tener ni idea (ni importarme) lo que pueda haber de cierto o de falso en ello, las razones fueron otras, Doña Urraca mostraba una predilección descarada por la nobleza mientras Don Alfonso se apoyaba en los villanos (dicho sea sin ningún ánimo peyorativo) y ninguno de ellos tenía la menor intención en ceder al otro ninguna parcela en el gobierno de sus respectivos reinos. Vamos, que lo del "Tanto monta..." no funcionó en esta ocasión.

Si las disensiones matrimoniales siempre dan lugar a conflictos, pueden imaginarse cuando, además de marido y mujer, los cónyuges son reyes. Don Alfonso terminó hartándose de su real esposa y concluyó por encerrarla en la fortaleza de Castellar, lo que, evidentemente, no les gustó ni un pelo a los partidarios de Doña Urraca. Los choques entre unos y otros fueron en aumento hasta que el Papa aprovechó que el Pisuerga pasa por Valladolid y anuló el matrimonio en 1114 con la excusa de que ambos eran primos y no habían solicitado la preceptiva dispensa para esa situación. Los cinco años pasados entre el matrimonio y la anulación papal muestra bien a las claras que no era más que un pretexto para impedir que la cosa llegara a mayores.

Claro que no con ello acabaron los conflictos. Si antes fueron entre marido y mujer, ahora iban a ser entre madre e hijo (sí, esto parece un culebrón venezolano). Don Alfonso Bermúdez reinaba en Galicia y pese a los acuerdos con su mamá, ésta no tuvo el menor reparo en invadir el territorio filial con los buenos oficios del obispo Gelmírez. A la muerte de Doña Urraca, su único heredero era, no obstante, el desposeído hijo que pasó a reinar con el nombre de Alfonso VII. ¿Faltaba algo para liar la madeja? Pues sí. Don Alfonso el Batallador pretendió tener derechos a la corona de Castilla con lo que hijo y pseudopadrasto estuvieron a punto de llegar a las manos en Palencia. Por una vez primó la cordura y los buenos oficios de los prelados de ambos reinos consiguieron un acuerdo pacífico con la renuncia del Batallador a sus supuestos derechos sobre Castilla y León.

¿Es posible dar una nueva vuelta de tuerca? Lo es. Don Alfonso el Batallador falleció sin descendencia y su testamento casi logra que le diera un síncope a la nobleza aragonesa y navarra porque cedió su reino a las tres grandes órdenes militares, Santo Sepulcro, Hospitalarios y Templarios. Lógicamente ese deseo se consideró impracticable y los aragoneses eligieron por rey a Ramiro II el Monje y los navarros a García Ramírez el Restaurador. Lo que pudo haber concluido con la mayoría de los reinos cristianos unidos concluyó con una nueva separación. Tal vez por eso, a Franco y su Españaunidaddedestinoenlouniversal no le interesó recuperar la figura histórica de las andanzas de estos reyes.
08/10/2003 18:14


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