El triunfo de Clío

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"Caga el rey, caga el Papa

... en este mundo de mierda, de cagar nadie se escapa" reza un refrán castellano de contenido tan escatológico como real.

Reconozcamos que la evacuación de los excrementos humanos ha sido un problema de difícil solución. Desde las zanjas-letrinas en la Islas Órcadas de hace unos 10.000 años, pasando por los lavabos con agua corriente del palacio de Knossos hasta los retretes actuales el camino ha sido largo aunque hasta el S XIX lo más habitual era vaciar el bacín por la ventana sin otro requisito que el aviso a los viandantes con el tradicional "¡Agua va!", grito de un eufemismo apabullante puesto que lo que iba no era precisamente agua. Como dijo Cervantes en el Quijote "Hueles, y no a ámbar".

Cada pueblo adquirió una etiqueta distinta para las funciones evacuatorias. En Ostia, junto a las Termas, podrán contemplar lo que aparentemente es una sucesión de tronos de piedra. La forma tallada del asiento con su hueco en el interior revela su verdadero uso y la ausencia de separaciones nos hace suponer que la evacuación era pública. Tal vez se hablara de lo divino y de lo humano mientras defecaban y se limpiaban con la spongia, una esponja o unos paños atados a un palo.

Después de la Edad Media, en Europa los manuales de urbanidad aconsejaban no saludar a los conocidos si los encontrábamos en la calle aliviando sus necesidades fisiológicas. Si unimos a esto la costumbre del "¡Agua va!" podemos imaginarnos el aspecto y el olor de aquellas ciudades "paradisíacas" y, por una vez, no había diferencias entre el pueblo y la nobleza como asegura el refrán antedicho. En Versalles no había cuartos de baño. Se consideraba un gran honor el estar con el rey cuando éste empleaba la sillica y durante las fiestas cortesanas las lujosas colgaduras de los salones proporcionaban un espacio adecuado para aliviarse tras ellas.

¿Cuándo empezó a cambiar la situación? Pues el primer intento que se recuerda data de 1596 cuando un Sir inglés, John Harrington, ahijado de la reina Isabel I quiso recuperar el favor de Su Majestad perdido por un asuntillo de distribución de novelas pornográficas en la corte. Al bueno de Sir John se le ocurrió la idea de conectar una sillica con el albañal y con un depósito con agua. Por el simple procedimiento de sacar un tapón de la cisterna, el agua caía en la sillica y vaciaba su contenido. Pese al pomposo nombre del artilugio, Ayax, y a su instalación en el palacio de Richmond la invención de Sir John no tuvo éxito. El único problemilla era que la conexión con el pozo negro se hacía de forma directa lo que suponía que los olores (y no de ámbar) inundaban la habitación en la que se encontraba el artefacto. Sir John se convirtió en motivo de cachondeo y eso resulta fatal para una invención.

Casi 200 años después, en 1775, Alexander Cumming, matemático y relojero, se puso manos a la obra. Su retrete presentaba considerables mejoras sobre la invención de Sir John. Por de pronto, al accionar una palanca se abría el depósito de agua y, simultáneamente, una trampilla que conectaba con el desagüe. Además, y esto era fundamental, la conexión entre el retrete y la cañería no era directa sino que había entre ellos un espacio curvado lleno de agua, el sifón que impedía la entrada de malos olores. Una de las personas que comenzó a instalar los WC de Cumming, Joseph Bramah, decidió que podía mejorar el invento mediante un sistema perfeccionado de válvulas. Lo patentó en 1778. Por cierto, este mismo Bramah reveló ser un inventor imaginativo. Entre otras cosas también creó la prensa hidráulica y las hélices.

Si bien el aspecto evacuatorio ya estaba solucionado no podemos decir lo mismo de la limpieza post-defecativa. El substituto de los trapos o las hojas de papel de diario no llegaría hasta 1857 cuando Joseph C. Gayetty lanzó al mercado su "Papel medicado", hojas de papel manila en paquetes de 500 unidades. No tuvo éxito.

En 1879, Alcock lanzó su propio producto, rollos de papel con perforaciones que facilitaban su corte. Aunque la invención era buena tropezó con los tabúes estúpidos de la sociedad victoriana. Sencillamente no se admitió que algo destinado para ese uso se vendiera en los comercios. Por ello, el éxito popular del papel higiénico correspondió a los hermanos Edward y Clarence Scott (¿a que les suena aún hoy ese apellido?) que, eufemismo mediante, lograron que el "tissue Scott" desterrara el reciclado de papel de periódico.

Otra invención relacionada con la higiene, el bidet o bidé (así llamado por su semejanza con la grupa de una jaca), también tuvo sus propios problemillas. Creado en 1739 por el ebanista Rémy Pèverie se convirtió en un objeto de lujo, fabricado artesanalmente y con materiales nobles. Aunque tuvo entre sus usuarios al rey Luis XV y a las favoritas reales (lo que en España siempre se ha llamado barraganas aunque hoy no sea políticamente correcto) Mme. de Pompadour y Mme. du Barry, la Revolución supuso un golpe al invento de Pèverie. No obstante, su uso por Napoleón I volvió a poner de moda el bidet hasta que se asoció con las casas de prostitución de las que se convirtió en un adminículo imprescindible. Aunque en 1871 comenzó su producción industrial, su uso continuó limitado a la zona parisina hasta su presentación en sociedad en la Exposición Universal de 1900.

Como vemos, nuestros cuartos de baño tienen una historia muy reciente pese a que parezcan haber existido siempre.
16/09/2003 13:29


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