El triunfo de Clío

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De casos y casas

Veo en el telediario que un ilusionista norteamericano se ha encerrado en un cubículo de metacrilato suspendido a no sé cuantos metros de altura en Londres con el propósito (para mí absurdo) de permanecer en él cuarenta y tantos días. Para añadir más "gracia" al asunto, durante ese periodo de tiempo sólo ingerirá líquidos, orinará a través de un tubo y defecará en unos pañales. Una juerga, vamos.

He estado tentado de criticar esas actitudes que suponen ponerse a uno mismo al borde de lo insoportable para superar la plusmarca que alguien estableció con anterioridad. Sin embargo, después he recapacitado. Es su vida y tiene todo el derecho a vivirla como le plazca mientras no haga daño a nadie, como es este caso. Lo que para mí tiene dos componentes, absurdo e insoportable, puede ser percibido por el interesado como un reto apasionante, como una autosuperación personal.

No obstante, prefiero otro tipo de experiencias y eso nos conduce al auténtico motivo de esta historia. Hace unos días comentaba lo engañoso de las consignas de una cierta forma de entender el ecologismo con sus añoranzas de un pasado que nunca fue tan brillante como ellos creen. Esto, unido a las andanzas de un ilusonista americano en Londres (casi me queda como el título de una célebre película de terror) me ha traído al recuerdo un experimento que tuvo lugar en el Reíno Unido hace unos años.

La fórmula era sencilla. Tomemos una familia normal y hagámosla retroceder un siglo en el tiempo. Saquémosles de su rutina de la vida cotidiana en esta época y sustituyámosla por la rutina de la época victoriana. Cambiemos su vivienda habitual por la que hubiera sido su equivalente en la segunda mitad del S XIX y veamos como se comportan estas personas (por supuesto se prestaron voluntarias a la experiencia) ante ese cambio.

Parece idílico ¿verdad? Un retorno al pasado y, además, a un pasado que se dulcificó primero porque no se reconstruyeron las condiciones laborales del padre ni las educativas de los hijos, y, segundo, porque el ambiente que se reprodujo no era el propio de una familia proletaria sino burguesa. Pese a eso, el experimento estaba pensado para un año y la familia abandonó mucho antes de cumplir ese plazo.

¿Qué pasó? Dijo alguien a raíz del asedio de Sarajevo durante las guerras que supusieron el desmembramiento de Yugoslavia que no valoramos realmente lo que supone el abrir un grifo y que salga agua o que demos a un interruptor y se encienda una luz hasta que lo perdemos. Eso es exactamente lo que sucedió. Tal y como estaba planteada la experiencia, el peso de la prueba recayó sobre la madre. Fue ella la que se tuvo que enfrentar a coladas sin lavadora y secadora, a planchados con instrumentos calentados sobre el fuego, a cocinar con carbón, a hacer la compra a diario puesto que no había frigorífico que conservara los alimentos, a elaborar y emplear su propio jabón con las grasas sobrantes de la comida... y todo ello a la luz de los quinqués y mientras el marido intentaba hacer funcionar una calefacción de carbón que resultó ser tan temperamental como algunos ordenadores. Lo que esta familia consideraba al principio como una divertida ruptura de su rutina habitual se convirtió en una inmersión en una rutina mucho más exigente, dura y estresante. Nada de paraísos recobrados ni eras doradas. Se encontraron con una realidad que exigía mucho mayor esfuerzo para vivir con muchas menos comodidades. Lógicamente tiraron la toalla.

Resulta curioso el observar (la experiencia fue filmada y con ella se realizaron un par de documentales) cómo la familia se fue crispando ante carencias que parecen menores pero que, aunque no sean indispensables, han terminado conformando nuestra forma de vida. Por ejemplo, las mujeres no superaron el mal estado de su pelo (intenten lavarse el pelo con una pastilla de jabón realizado con grasas reutilizadas y comprenderán a qué me refiero. El champú es un invento posterior) y el marido tenía ciertos problemillas con el afeitado a navaja (la maquinilla también es invención posterior).

En palabras de mi paisano Jorge Marique citadas abusivamente "Cualquier tiempo pasado fue mejor." olvidando que antes de eso el poeta paredeño escribió "como, a nuestro parecer..." y ésa es precisamente la diferencia entre lo percibido y la realidad. Tendemos a recordar sólo lo bueno y eso concluye por crear un pasado idealizado, desconexo de la realidad. A fin de cuentas, la Historia también es un antídoto contra las añoranzas injustificadas.
09/09/2003 11:45


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