El triunfo de ClíoBlog sobre Historia y sobre historia de la Historia. Se permite la libre reproducción de todos los contenidos con el único requisito de citar la procedencia.
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Palabras ¿inocentes?El reciente ataque de un hacker contra un blog que se había caracterizado por sus ácidas críticas a otras bitácoras, me ha traído al recuerdo unos hechos históricos no del todo bien conocidos. Recuerdo que al estudiar historia en el Instituto llegamos a la Alemania hitleriana. El profesor nos fue exponiendo la serie de causas que explicaban cómo ese horror pudo llegar no sólo a producirse sino a llegar al poder por medios democráticos, es decir, con el apoyo del pueblo alemán. Por supuesto, hablamos del desencanto por la derrota alemana durante la I Guerra Mundial y la consiguiente humillación nacional del Tratado de Versalles; de la grave crisis económica que se produjo como consecuencia de la quiebra bursátil de 1.929; del miedo a una nueva revolución comunista como la frustrada intentona de Rosa Luxemburgo; del supuesto agotamiento de las fórmulas democráticas de la República de Weimar... y del nazismo como redención de todo ello. Sin embargo, ya entonces pensé que eso explicaba muchas cosas, pero no todo. Por ejemplo, ¿por qué el antisemitismo visceral del nazismo que condujo a los abyectos campos de exterminio? Así lo pregunté y el profesor me explicó que la vox populi (que no siempre es vox dei y no lo fue en este caso) achacaba a los judíos todos los males. Si Alemania había sido derrotada en la I Guerra Mundial es porque los judíos la habían traicionado, los judíos eran los principales propagandistas del comunismo, los banqueros judíos eran los responsables de la grave crisis económica... así hasta ad infinitum o, mejor dicho, ad nauseam. Entonces era más conformista y la pregunta que hubiera debido de formular no me vino entonces a la mente. Por supuesto esa cuestión hubiera debido ser ¿por qué la opinión pública alemana señalaba a los judíos como culpables de esos males? No fue hasta años más tarde cuando me di cuenta de los paralelismos entre el antisemitismo nazi y el affaire Dreyfus, el capitán francés (y judío) falsamente acusado de espionaje a favor de Alemania y condenado, por ello, a reclusión en la Isla del Diablo. Los judíos alemanes (y después los austríacos, los polacos, los holandeses, los rusos...) y el capitán francés fueron perfectos chivos expiatorios que podían ser conducidos al sacrificio puesto que existía una nada soterrada corriente de antisemistismo no sólo en Alemania, sino en toda Europa. Un judío era mucho más fácil de ser aceptado como culpable puesto que todos sabían la capacidad de traición, de venderse al mejor postor... de los miembros de su "raza". Como siempre en Historia, cada nueva respuesta lleva implícita una pregunta ¿por qué ese antisemitismo generalizado? La primera respuesta que encontré fue "Los Protocolos de los Sabios de Sión" una supuesta descripción del plan de los judíos para hacerse con el gobierno mundial y que había alimentado el odio antisemita desde su publicación en la Rusia zarista. El que su lectura hoy en día suponga el asombro de que tal sarta de imbecilidades pudiera ser tomada en consideración por alguien no quita que en su día fuera aceptado como auténtica. No obstante, lo burdo de tal discurso hizo que me planteara si realmente "Los Protocolos..." habían sido causa del antisemitismo o una consecuencia que había retroalimentado el odio del que nacieron. La historia europea ilustra una larga serie de pogromos, de expulsiones, de medidas contrarias a los judíos... mucho antes de que se publicaran "Los Protocolos..." y, por supuesto, mucho antes de que existiera un tal Hitler. Las razones para ello son complejas. Está la consideración del extraño como una amenaza; pero también el cristianismo colaboró de forma decisiva con ese antisemitismo. Los relatos evangélicos (aunque con diferencias en el grado) responsabilizan al pueblo judío ni más ni menos que del asesinato del, para ellos, Hijo de Dios mientras presentan al "gobernador" (en realidad, prefecto)romano Poncio Pilato como favorable a su perdón. Lo del Caiga su sangre sobre nuestra cabeza y la de nuestros hijos tendría repercusiones a lo largo de muchos siglos. De hecho, hasta fechas muy recientes los católicos rezaban por el perdón de la "perfidia judaica" todavía en recuerdo de aquellos supuestos "hechos". No obstante, a la vez que veía similitudes entre el antisemitismo nazi y el antisemitismo tradicional, veía también sus diferencias. La principal es que en el antisemitismo tradicional el judío es despreciable por ser miembro del pueblo que había asesinado al Hijo de Dios. En el antisemitismo nazi, el judío es despreciable por no ser miembro de la raza superior, los arios. ¿Por qué esa diferencia? La respuesta está en un obscuro escrito austríaco, un ex-monje cisterciense de la Abadía de la Santa Cruz de Viena llamado Adolfo José Lanz, que recibió en ellas clases de Nivard Schögl, un notorio antisemita que achacaba a los judíos el sentirse el pueblo elegido por Dios y, como tales, superiores a los otros pueblos. Lanz recibió esa doctrina y realizó una confusa mezcolanza entre ese antisemitismo y las leyendas medievales del Grial y de la historia de las Órdenes Militares con la antigua mitología nórdica. Cuando abandonó el convento por amor a una dama apellidada von Liebenfels, se hizo llamar doctor Georg Lancz von Liebenfels y comenzó a propagar una nueva justificación para el antisemitismo. Había dos clases de hombres, los Asings (nombre tomado de los Edda) o Arios y los Simiescos. Ambos procedían de evoluciones diversas y se distinguían por el aspecto físico. Los Asings eran altos, de pelo rubio y ojos azules y, por descontando, eran superiores a los Simescos. La mezcla de ambas razas sólo podía causar perjuicios a los Asings y por tanto había que evitar la mezcla de sangre incluso mediante la castración de los Simiescos. Pretendió la creación de una nueva orden militar sólo para Asings, la Orden del Templo Nuevo que liberaría el cristianismo de las influencias judías y crearía una nueva raza pura. Como emblema de esa Orden eligió la cruz gamada. Plasmó sus ideas en una publicación periódica "Los cuadernos de la Ostara", una biblioteca para hombres rubios y de ojos azules. En 1909, un joven de aspecto desastrado le visitó en su vivienda. Era un ferviente admirador de "Los cuadernos..." y de su ideario; pero le faltaban unos números que no había podido conseguir en el quiosco cercano a su pensión. Lanz sintió lástima de aquel joven y le regaló las revistas atrasadas. Aquel joven se llamaba Adolf Hitler. Las tesis de Lanz eran ridículas (tanto es así que Hitler le devolvió el favor 30 años después prohibiéndole publicar sus ideas y no mencionándole en ninguno de sus escritos) pero encontraron eco en aquel joven y, a través de él, en una sociedad ya predispuesta por un antisemitismo secular. Lanz no mató a ningún judío; pero ¿era completamente inocente del Holocausto? La respuesta a esa pregunta supera el cometido de la Historia; pero, como hombre, cuando se siembran odios, cuando se crea el caldo de cultivo contra alguien mediante insultos y falsedades siempre se corre el peligro de que alguien ponga en práctica lo que antes sólo eran palabras. Para saber más: Andics, Hellmunt. Historia del antisemitismo. Ibérico Europea de Ediciones S.A. Colección Nuestro Siglo. Bilbao, 1969. 29/08/2003 19:50 |
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