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La raposa y el gallinero (adversus Ares)Con este escrito, publicado en El Escéptico Digital he querido comenzar mi serie de críticas sobre algunos textos fundamentales de la Pseudohistoria. En los próximos meses, iremos haciendo lo mismo con los clásicos (Charpentier, Däniken, Charroux...) y con los que tomaron el relevo (Hancock, Bauval...) sin olvidarnos de los escritores patrios (Sierra, Ares...) Espero que esta iniciativa así como la forma de llevarla a cabo sea de su agrado y ya sin más preámbulos, los dejo con el texto: Durante el pasado mes de abril pudimos advertir con profunda inquietud que, como consecuencia de un cambio en la propiedad de la Revista de Arqueología, se había hecho cargo de la dirección de la misma D. Ignacio Ares Regueras. No es voluntad nuestra el cuestionar el derecho de sus anteriores propietarios a vender la revista ni el de sus nuevos editores a adquirirla y poner a su frente a la persona que consideren más adecuada para la defensa de sus intereses económicos. Sin embargo, junto a estos aspectos puramente comerciales existen otros que me gustaría hubieran sido tenidos en cuenta. La Revista de Arqueología, pionera en nuestro país de la divulgación de esta Ciencia, tenía un bien ganado prestigio fruto de años de publicación de artículos de una alta calidad y de un rigor histórico inobjetable. Todo ello ha sido echado por la borda en un solo número, un triste récord digno de figurar en el Libro Guinness. Mentiría si dijera que me ha sorprendido. Al contrario, desde que el arqueólogo, y compañero en esta publicación digital, Julio Arrieta me previno del cambio de director, no esperaba otra cosa. Si bien es cierto que Ignacio Ares es licenciado en Historia Antigua por una de las más prestigiosas Universidades españolas en este campo, la de Valladolid, y que ha publicado algunos artículos en la Revista de Arqueología durante la etapa anterior, para que su curriculum esté completo debemos añadir que es mucho más famoso por su vertiente de escritor esotérico ya que ha colaborado en todas las revistas de este subgénero como Más Allá, Enigmas, Karma 7, Año Cero y Misterios de la Arqueología siempre bajo la firma de Nacho Ares. En esos artículos se ha caracterizado por mantener un supuesto término medio entre la Historia y la Pseudohistoria, que, por desgracia para él, es inexistente. Cuando se hacen citas de autores como Louis Charpentier, Colin Wilson, Graham Hancock... sin advertir a los lectores de que sus afirmaciones han sido rebatidas por diversos historiadores mediante la aportación de pruebas más que suficientes para considerarlas como erróneas, no se está en ningún punto intermedio sino en la adhesión más vehemente. No se puede poner en un mismo plano de validez las afirmaciones sostenidas por pruebas documentales y arqueológicas que aquéllas que sólo son fruto de la fértil imaginación de su autor. El método histórico exige recopilar todas las fuentes que podamos sobre unos acontecimientos, pero no podemos quedarnos en este punto. Sobre esa documentación hay que ejercer la crítica para diferenciar las afirmaciones válidas de las que no lo son. Si obviamos este punto, absolutamente trascendental, no estaremos escribiendo Historia sino pura y simple ficción. Para que puedan comprender mejor a que me refiero, he releído su primer libro ("Egipto el oculto. Enigmas resueltos y pendientes del mundo faraónico" publicado por Ediciones Corona Borealis en 1.998) con el fin de usar las afirmaciones que contiene para ejemplificar el curioso (por no decir algo más fuerte) uso del método histórico que practica Nacho Ares. El primer sobresalto llega nada más comenzar su lectura, en la página de Agradecimientos: "Qué puedo decir de Javier Sierra, subdirector de la revista Más Allá de la Ciencia, amigo y compañero de búsqueda de lo desconocido en el laberíntico mundo en que vivimos." (Pág. 13) Como dice el refrán castellano "Dime con quién andas y te diré quién eres." Sin embargo, aunque sospechoso, tampoco eso por sí sólo quiere decir nada, pero no tardará en confirmar los peores augurios: "Soy una de esas personas que creen a ciencia cierta que toda teoría es válida siempre que se adecue a los requisitos mínimos enmarcados por la razón o la experiencia." (Pág. 15) Es decir, que no sólo considera que la teoría puede ser independiente de la realidad sino que ni siquiera tiene que ser racional necesariamente ya que también es igualmente válido el criterio de la experiencia personal. El error metodológico es tan evidente que causa asombro que pudiera llegar a publicar una frase como la antedicha. Continúa con una explicación sobre los problemas de la investigación egiptológica en España como es la que, salvo escasas excepciones, los centros no dispongan de: "una biblioteca mínimamente aceptable para realizar una investigación seria sobre el antiguo Egipto." (Pág. 16) El uso de la palabra "seria" me hizo pensar en la posibilidad de que le hubiera prejuzgado con excesiva dureza. Para confirmarlo me encaminé a la Bibliografía (Pág. 233-241) cuya extensión hacía presagiar lo mejor. Nada más lejos de la realidad. No tanto porque buena parte de ese espacio se destine para recomendar novelas históricas de autores como Pauline Gedge, Christian Jacq, Norman Mailer, Terenci Moix o Philipp Vandenberg cuanto por la inclusión de títulos de escritores pseudohistóricos en confuso revoltillo con obras de renombrados arqueólogos y egiptólogos. Así, podemos encontrar a R. Bauval, G. Hancock, C. Wilson, Z. Sitchin o R. K. G. Temple conviviendo en falaz armonía con Carter, Childe o Lauer. El concepto de "seriedad" de Nacho Ares se me antoja muy similar al de "risible" de los demás egiptólogos. Con esta decepción, volví al punto que había dejado la lectura temiéndome lo peor, sensación que no tardaría en poder confirmar: "... ya que propondremos para algunos problemas soluciones fuera de la ortodoxia de la comunidad científica. Aun así, la exposición de las mismas ha sido realizada de forma bivalente, intentando satisfacer al más experto, a la vez que entusiasmar al principiante." (Pág. 17) Considerando que la "ortodoxia científica" es, sencillamente, la necesidad de que las teorías se realicen conforme al método histórico y la consideración de que no se puede otorgar igual validez a las que cumplan con esta condición y a las que no, no comprendo en que reside la "forma bivalente" ¿Es, por ventura, igualar en cuanto a consideración las teorías que tengan en cuenta cosas como los registros arqueológicos y los datos documentales con las afirmaciones sin evidencias a favor de los escritores esotéricos? Pero, sí así fuera ¿cómo pretende que ese proceder pueda "satisfacer al más experto"? Pese a la contradicción, así es. "Me confirmó que al ser campos en donde no existen fuentes para plantear hipótesis justificables, la especulación está abierta a cualquier teoría, desde la extraterrestre a la de las hordas de miles de esclavos. Esta [sic] es la razón por la que, en ocasiones, algunos problemas serán planteados desde una doble óptica: la "académica" y las de las llamadas despectivamente "paraciencias". Se ha pretendido, en la medida de lo posible, que las dos queden a una misma altura ya que soy de los que piensan que si bien nuestros científicos tienen sus razones en el 90 por ciento de las ocasiones, no menos es verdad que un porcentaje elevado debería ser otorgado a todos aquellos que planteen problemas sin solución." (Pág. 20) Por supuesto, si no existen fuentes de ningún tipo, no cabe más que la especulación pero desde ésta no se pueden elaborar hipótesis sino que debemos quedarnos en el mero campo de la elucubración. Además, ni siquiera las especulaciones son todas igualmente admisibles porque hay un marco general que sí está documentado y que no podemos traspasar sin caer en el ridículo histórico. Por ejemplo, la posibilidad de que las Pirámides fueran edificadas por un guerrero galo que había tomado una poción mágica que le dio una fuerza sobrehumana es inadmisible por cuanto ni existían galos en aquella época ni, cuando los hubo, existieron relaciones entre ambos pueblos por no hablar de la inexistencia de pociones mágicas. Además, aun cuando aceptásemos (que no lo hacemos) la proposición del autor de que hay que otorgar un porcentaje de casos en los que los paracientíficos tienen razón, si el porcentaje de que son los científicos los que aciertan lo ha cifrado en un 90% ¿qué es lo que queda? Pues salvo que las matemáticas hayan cambiado, no resta más que un 10% como máximo ya que habría que considerar la posibilidad de que ambos colectivos estén equivocados. Si ya acepta que el porcentaje es, en el mejor de los casos, de un 90% contra un 10% ¿cómo confiere a ambas explicaciones la misma importancia? Ése es un tratamiento que, incluso sin introducir las consideraciones antedichas, pretendiendo ser justo, es, en realidad, sumamente injusto. Con el comienzo del libro en sí, ya que aún no hemos salido de la Introducción, veremos cómo desarrolla estas premisas. Ares comienza por el inicio de la civilización egipcia que ya le plantea un problema cronológico irresoluble: "De ser ciertas, explicarían que el origen de la civilización egipcia no comenzó con un temprano neolítico hacia el 5.000 a. de C. sino que se remontaría ¡a más de 25.000 años atrás!, cronología que se acercaría más a los últimos descubrimientos realizados en la Esfinge y que estudiaremos más detenidamente en su capítulo." (Pág. 32-33) No parece importar que la cronología del antiguo Egipto esté documentada arqueológicamente y sostenida por métodos de datación absoluta como el C-14 o la Termoluminiscencia. Hay que considerar, contra toda evidencia, que la civilización egipcia comenzó 3.000 de lo que dice la Historia "oficial" sencillamente porque a Nacho Ares no le entra en la cabeza una evolución cultural "rápida" que llevara en unos 2.300 años desde el Neolítico a los constructores de pirámides. Quizás tengamos que considerar que los hermanos Wright vivieron en el S IV a. de C. para poder explicar la evolución de la aeronáutica en menos de 50 años desde el primer "cacharro" a los aviones a reacción. Prosigo con la función de las pirámides: "Cuando el neoplatónico Proclo, autor griego del siglo V d. de C., menciona en su comentario al Timeo de Platón que las pirámides egipcias eran observatorios astronómicos, merece ser considerada con el mismo respeto que otra afirmación de cualquier otro autor." (Pág. 58) Pues no. El trabajo de crítica de las fuentes es fundamental en la construcción del discurso histórico. No es importante lo que Proclo dijera sobre las pirámides sino el ver si sus afirmaciones son sostenibles. Entre el filósofo y la construcción de las pirámides han pasado unos 3.000 años por tanto la primera pregunta es ¿qué fuentes utilizó Proclo para su afirmación porque, evidentemente, no se trata de un testimonio directo? ¿Existen fuentes más antiguas que le contradigan? y ¿Esa descripción corresponde a la realidad? La realidad es que una pirámide perfecta, maciza y cerrada es completamente inútil como observatorio astronómico. Sin entrar en otras consideraciones, la afirmación de Proclo es absurda y, por tanto, no es merecedora de ningún respeto. Seguimos con la cronología de las pirámides: "... la Gran Pirámide pudo haber sido construida en el 10.500 a. de C. De esta manera, la cronología del antiguo Egipto tendría que ser revisada de manera inmediata, al igual que las teorías que dan un hipotético salto evolutivo de la mastaba a la pirámide. Si llegara el momento, cosa más que probable..." (Pág. 58-59) Evidentemente, Nacho Ares y yo hablamos idiomas diferentes. La probabilidad de que se confirme la construcción de la Gran Pirámide en el 10.500 a. de C. es nula. Esto es así porque cada nuevo dato que se conoce como la orientación de los puntos cardinales mediante la observación estelar o el descubrimiento del poblado y la necrópolis de los obreros que la edificaron confirma la datación a mediados del III milenio a. de C. Por otra parte, sorprende la manera de jugar con el lenguaje para hacer aparecer como posible lo que es absurdo y, por el contrario, pretender que lo que es probable aparezca como ridículo. Según Ares, es "más que probable" que se confirme una datación en el XI milenio a. de C. cuando ni siquiera había culturas neolíticas en Egipto; pero la evolución desde la mastaba a la pirámide perfecta que presenta la prueba a su favor de que cronológicamente se va produciendo un tránsito desde mastabas simples a mastabas complejas, de ahí a la pirámide escalonada y de ésta a la pirámide perfecta, se queda en un campo meramente "hipotético". Vemos como, pese a la pretensión de equiparar la Ciencia con la Pseudociencia (que ya sería un insulto para la primera) no se da ni siquiera un trato equitativo a ambas explicaciones. Por supuesto, a continuación trata el tema tan caro a los pseudohistoriadores de la forma en que se construyeron las pirámides. Habla de la teoría de las rampas que, pese a ser la única que presenta pruebas arqueológicas a su favor (el descubrimiento de restos de tales construcciones), descalifica: "¿Pueden ser considerados unos pequeños montoncitos de escombros en la meseta de Guizeh los restos de las rampas monumentales cuya construcción hubieran superado en tamaño a las propias pirámides?" (Pág. 69) Esta pregunta retórica puesto que tal y como está planteada no tiene más que una respuesta posible es falaz. Las rampas sólo hubieran superado en volumen a las propias pirámides en el caso de que se hubiera construido una única rampa perpendicular, hipótesis que hoy en día no toma en consideración ningún egiptólogo. No sería éste el caso si se hubiera construido una rampa helicoidal que se apoyaría en la propia pirámide. Por otra parte los "pequeños montoncitos de escombros" son, en realidad, cerca de un millón de m³ de cascajos con los que se rellenaron las canteras de Gizeh al terminar su explotación para la construcción de las pirámides. Agotado el tema de las pirámides comenzamos con el de la diorita, tan grato para Nacho Ares que lo ha repetido en varias de sus publicaciones: "Es precisamente, el trabajo de las piedras más duras lo que ha suscitado mayor polémica entre los investigadores. ¿Cómo pudieron trabajar los egipcios piedras tan diamantinas como la diorita, cuya dureza está un punto por debajo de la del propio diamante?" (Pág. 84) Por mucho que se empeñe Ares en repetir lo de la dureza de la diorita como similar a la del propio diamante, no se va a convertir en una verdad. Si dejara de emplear de una vez la escala de dureza de Mohs que se limita a asignar una numeración de 1 a 10 a alguno de los minerales más comunes se daría cuenta de su error. En Mohs corresponde el 1 al talco, el 7 al cuarzo y el 10 al diamante pero no debemos olvidar que no es una escala proporcional es decir que el diamante no es 10 veces más duro que el talco. La dureza de la diorita es inferior a la del cuarzo puesto que es rallada por éste, así que le corresponde un valor cercano pero inferior a 7. Si vamos a una escala proporcional como la de Hertz Auerbach vemos que al cuarzo le corresponde un valor de 308 (el de la diorita será, por tanto, algo inferior) mientras que al diamante le corresponde un valor de 2.500. Lo que Ares suponía una dureza diamantina se queda, en realidad, en que es más de ocho veces más blanda que el diamante. Por supuesto, el hecho de que la diorita se puede pulir con polvo de cuarzo explica el cómo se construyeron estatuas como la de Kefrén, por percusión con piedras como la dolerita y acabado con un pulimentado con polvo de cuarzo. Por cierto, como tiene que reconocer el propio Ares (Pág. 97) también los sumerios realizaron esculturas en diorita con lo que el supuesto misterio pierde mucho de su encanto. Como parece que había que encontrar más enigmas "inexplicables" cita los agujeros realizados en el granito de los que asegura: "Lo asombroso de la perforación reside en el dibujo que dejó el taladro-cilindro hueco a medida que daba vueltas introduciéndose en la piedra, produciendo una muesca en forma de espiral descendente. La diferencia que hay entre vuelta y vuelta es de ¡2,5 milímetros! lo que supone una presión y una dureza descomunal en la punta del taladro." (Pág 98) ¿Qué hay de cierto en esa afirmación? Pues más bien nada. Lo que a principios del S XX se interpretó como la señal dejada por una única broca hoy sabemos que es la espiral creada por los cambios de la cabeza de un taladro manual revestido con polvo de cuarzo. El desgaste de la cabeza, posiblemente de cobre, obligaba a su substitución cada cierto tiempo. La diferencia de tamaño del cabezal y de distribución del polvo de cuarzo es lo que creaba esa espiral. Una observación atenta de las paredes del agujero muestra los pequeños arañazos dejados por el polvo de cuarzo lo que demuestra que no se usó una broca de diamante como sugiere Nacho Ares. Como de piedras hablamos, no podía faltar la referencia a la teoría de Davidovits de que las pirámides se construyeron con una especie de cemento que al secarse imitaba la piedra natural: "...no niega las afirmaciones que realiza sobre los restos de uñas y cabellos humanos en el interior de algunos sillares de las pirámides de Gizeh. Sería muy interesante realizar nuevas investigaciones sobre los restos de piedra aludidos por Davidovits para llegar al final de esta teoría tan sugestiva." (Pág 106-107) Pues la teoría ya había llegado a su final cinco años antes de la publicación del libro que nos ocupa cuando Harrell y Penrod publicaron "The Great Pyramid debate. Evidence from the lauer sample." Journal of Geological Education, vol. 41, 1.993. Sencillamente, no encontraron ninguna de las evidencias de restos orgánicos que Davidovits pretendió haber localizado. Puesto a no dejar piedra sin remover (y nunca mejor dicho), prosigue con el problema del traslado de esculturas monumentales y obeliscos. Pese a que Ares tiene que reconocer que existen representaciones de ese transporte por medios completamente convencionales, aun así se le presentan problemas: "Si los propios cruceros modernos diseñados para navegar por el Nilo, en ocasiones encallan por la escasa profundidad del río, no nos explicamos cómo un barco de papiro pudo navegar hacia nadie sabe dónde con esa mole en su cubierta." (Pág. 111) Esta frase consigue el más difícil todavía, batir la plusmarca mundial de errores por centímetro lineal. Por partes, la razón de la escasa profundidad actual del Nilo es, sencillamente, la regulación que hace de su caudal la presa de Assuán que, aparte de innegables ventajas, también ha ocasionado el problema de impedir la tradicional crecida anual del Nilo en la que aumentaban las posibilidades de navegación de éste. Por otra parte, los egipcios conocían la construcción de barcos de madera como se demuestra por las "barcas solares" encontradas junto a la pirámide de Keops, así que no tenía porqué ser una barca de papiros. Lo de la navegación hacia no se sabe dónde la verdad es que me hace mucha gracia. Las canteras de granito estaban en Assuán en el curso alto del Nilo por lo que la navegación se reducía a ir río abajo hasta el punto más cercano al lugar en que se iban a colocar los obeliscos o los colosos. La posibilidad de perderse era más bien escasa. Para terminar, los obeliscos no iban en cubierta de un barco normal sino de una gran barcaza que, a su vez, iba empujada por otros barcos o, al menos, es así como se lo representa en el relieve del templo de la reina Hatshepsut. No se vayan todavía que aún hay más, una conexión entre Marte y Gizeh: "Este conjunto tan enigmático desde el mismo momento de ver la luz, fue identificado con las pirámides y la Esfinge de la meseta de Gizeh." (Pág. 141) En realidad, nuevas fotografías de la zona de Cydonia en Marte (que es a la que se refiere Ares) obtenidas con una resolución mayor demuestran que la "Cara" no es ninguna construcción artificial sino una formación montañosa que creó un juego de luces y sombras que, algunos, con más imaginación que rigor interpretaron como una escultura colosal. Puesto que no hay tal Esfinge, la identificación con Gizeh es una buena muestra de la afirmación sin evidencias a que tan aficionado se muestra Nacho Ares. Todavía podríamos seguir con más fragmentos criticables como las supuestas relaciones entre América y Egipto, pero con lo dicho creemos que es más que suficiente para comprender la extraña teoría historiográfica de Ares. Pese a todo lo antedicho, a esta persona es a quién se le concedió el honor de dirigir la Revista de Arqueología y el resultado ha sido el previsible. Una pérdida de calidad en su contenido y en su presentación que resulta tanto más sorprendente cuanto que la revista correspondiente a mayo ha salido en el mes de junio. Las razones para ese retraso sólo podemos conjeturarlas, pero si observamos que se han metido artículos de relleno que nada tienen que ver con la Arqueología como el firmado por Cebrián, amigo de Ares, que hay un artículo firmado como K. Arnold, (el nombre de la persona que vio unas luces en el cielo que describió como en forma de plato dando origen a la Ufología) lo que hace pensar en otro miembro del círculo de amistades de Nacho Ares, que se hace una crítica de la última novela de Javier Sierra... todo hace pensar que la revista la han tenido que hacer entre pocas personas. Por ello, pese a que se siga editando la publicación, el espíritu pionero de aquella Revista de Arqueología que sirvió de referente a toda una generación de aficionados y profesionales está muerto. Éste es el resultado lógico de meter un gato en el palomar o como decimos en Castilla, de poner la raposa a cuidar el gallinero. 23/08/2003 11:12 |
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